lunes, 27 de febrero de 2012

Nombrad a los muertos (relato clásico, 5)

(Ir a la cuarta parte)

Los girocópteros picaron desde las alturas. Un chorro de vapor hirviente diezmó a las dotaciones de los mosquetes jezzail y envió a los superviviente de regreso a las profundidades de las que no debían haber salido. El piloto del segundo girocóptero llevó su aparato alrededor de la línea y sobrevoló el ejército skaven de lado a lado, recorriendo la línea de batalla del flanco derecho al izquierdo. Su bomba rebotó, fallando por poco en alcanzar al Vidente Gris, explotando entre las compactas masas de guerreros rata y causando grandes bajas. El último girocóptero, que había bombardeado el centro de la línea de batalla de los skaven, giró y se lanzó en vuelo rasante hacia la retaguardia del ejército skaven. Con un siseo, una gran nube de vapor llenó el aire. Los gritos de las ratas quemadas por el calor retumbaron en el techo abovedado.

Los hechizos ensuciaron el aire entre los dos ejércitos; el Vidente Gris intentaba frenéticamente recuperar el control sobre sus ratas ogro. Cuando la nube de energía descendió una vez más sobre las criaturas del clan Moulder, la Runa Magistral de Valaya brilló de nuevo, neutralizando las energías malignas. Los rayos del yunque de Kragg atravesaron entonces a la dotación del lanzallamas de disformidad y a otro de los escasos lanzadores de viento envenenado supervivientes. La distancia era ya tan corta entre ambas vanguardias que la barba de Thorgrim se erizó, y parecía como si los pelos de su barba fuesen a ponerse tiesos como los de los matatrolls.



Había llegado el punto crítico de la batalla. Los veloces skaven habían llegado a distancia de carga. El general de los hombres rata aullaba sus órdenes. Los desesperados skaven se lanzaron hacia adelante.

Thorgrim cerró de un golpe el Dammaz-Kron. El momento de recordar el pasado ya había pasado. Ahora era el momento de saldar con sangre viejas deudas. La visión de la gran oleada de ratas de tamaño humano que cargaban hacia él, con las fauces abiertas para morder mientras agitaban sus colas, era de pesadilla. La fuerza de la primera oleada de guerreros skaven se estrelló contra el muro de acero de los enanos y estuvo a punto de romper su línea. Pero no lo consiguió. Los enanos se mantuvieron firmes como rocas contra las que había chocado una marea de muerte de pelaje negro.

Un vil y terrible olor llenó el aire. Thorgrim gritó a sus tropas que contuvieran la respiración. Se trataba del terrible viento envenenado por el que sus lanzadores eran justamente temidos y odiados. Hubo un destello de fuego en el flanco derecho. Al principio Thorgrim pensó que el cañón lanzallamas había explotado, pero pronto se dio cuenta de que el fuego era de distinto color, teñido de púrpura y de un color casi negro nada natural. El olor a carne quemada y a grasa hirviendo inundó el aire. No había duda de que la descarga de un lanzallamas de disformidad había alcanzado a los atronadores.

La lucha se resolvía ahora en un despiadado combate cuerpo a cuerpo en el que los guerreros skaven de músculos de acero golpeaban con sus espadas curvas a los guerreros enanos. Para hacer las cosas peores, los mortíferos asesinos skaven armados con armas ponzoñosas surgían de repente de entre las filas de los guerreros skaven y mataban a los oficiales enanos. Thorgrim vio al propio Guttri caer: su arma rúnica se desprendió de sus dedos sin vida. Otra anotación para el libro, pensó. mientras se enfrentaba a la gran rata ogro y al general skaven. El impacto de la lanza del general casi le clavó en el Trono, pero la antigua armadura de sus antepasados desvió el golpe. Ignorando las motas de colores que saltaban ante sus ojos, el rey enano se preparó para responder al ataque.

Azuzadas por sus amos, las mortíferas bestias se abalanzaron sobre los porteadores del trono de Thorgrim. Las poderosas garras golpearon, abriendo las armaduras de gromril como si fueran de papel y provocando profundas heridas en los costados de los enanos. Thorgrim vio por un instante un destello blanco de puro hueso a través de la rosada carne de las costillas de Grimli, que habían sido desgarradas por el ataque. Entonces, el Trono liberó todo su poder y Thorgrim se estremeció. La carne de Grimli cicatrizó y una nueva piel sonrosada reemplazó a la que había sido arrancada.

Una salvaje exultación inundó a Thorgrim. El Hacha de Grimnir vibró inquieta en sus manos. Se sintió invencible como un dios, mortífero. Un guerrero menor se habría acobardado al ver a una máquina de matar viviente como esa rata ogro. Sin embargo, Thorgrim juró que el monstruo no escaparía con vida. Abriendo las piernas para afianzarse sobre el Trono, atacó con el hacha. Las ancestrales runas del arma liberaron destellos como llamas al hundirse en el costado de la rata ogro, partiendo sus costillas como si fueran de madera podrida. Su segundo golpe de hacha partió la espina dorsal del monstruo y lo envió volando al suelo en dos mitades separadas. Un choro de sangre y entrañas procedente de su montura llovió sobre el general skaven, cegándole momentáneamente. Thorgrim aprovecho esta distracción para enterrar su hacha en la cabeza del hombre rata, partiéndola prácticamente en dos.

Grimli y los demás porteadores del Trono golpeaban con sus hachas, empujando y abriéndose camino entre las ratas ogro. Las bestias gigantes gruñían ferozmente al desplomarse heridas de muerte. Ni la muerte parecía extinguir su irracional odio contra todos los seres vivos.

(mañana la conclusión)

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