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lunes, 12 de octubre de 2015

WFB Collector's Guides: Skaven, Elven, Empire y Lizardmen

 NUEVO ENLACE: EL VIEJO WARHAMMER EN UN TORRENT

Durante el mes de agosto estuve recopilando todos los manuales existentes en castellano de la sexta edición de Warhammer Fantasy Battles para ponerlo a disposición de todos aquellos jugadores y jugadoras que quisieran probar una de las mejores ediciones de este juego. Además de eso, también me propuse incluir todo aquel material de consulta o de trasfondo, estuviera o no traducido a nuestro idioma. En cuanto a este tema, las Guías del Coleccionista o Collector's Guides siempre me habían traído de cabeza.


Estos libros no sirven para otra cosa que para realizar un profundo repaso a la gran mayoría de miniaturas que habían salido de cada uno de los ejércitos hasta la fecha de su publicación. Puede que para muchos jugadores este tipo de material le resulte de poca utilidad, pero a mi en particular siempre me gusta echarles un vistazo para conocer miniaturas antiguas, ver dioramas o tomar ideas para futuras conversiones. Además pueden ayudarnos a reconocer y situar dentro de un marco esas miniaturas que en alguna ocasión hemos comprado o vendido como parte de un lote y no sabíamos muy bien lo que era. Por lo demás y dada su escasa utilidad práctica en los campos de batalla, resultaba ser un material de poco interés y relativamente difícil de encontrar.


Desde hace mucho tiempo pululan vía torrent los Collector's Guides de Orcos y Goblins, de Caos, de Monstruos y Mercenarios, de Enanos y de No Muertos. Tiempo más adelante me encontré por los mismos cauces un escaneo del Collector's Guide de Bretonia que rápidamente incluí en la carpeta de la sexta edición. Pero hasta ahí pude encontrar, el resto de libros (Skavens, Elfos, Imperio y Hombres Lagarto) no aparecían por ninguna parte.


Sin embargo, ha sido ahora que dos compañeros de Wargamez, Albertutxo y Emilio, se pusieron con la labor de escanear estos manuales para compartirlos con la comunidad. Es gracias a ellos que he podido añadirlos por fin a la carpeta de la sexta edición de Warhammer Fantasy Battles para compartirlo con vosotros, y con esto dar finalmente por terminada la labor de recopilar todo el material oficial existente sobre esta edición.

 NUEVO ENLACE: EL VIEJO WARHAMMER EN UN TORRENT


Por último y de nuevo, quiero dar las gracias tanto a Albertutxo como a Emilio y en general a las comunidades de Wargamez y Middlehammer España que tan magnífica labor han realizado, así como a Yibrael y Ragnor, y a otras personas que, de manera anónima o no, tanto se han movido y nos han ayudado a todos los jugadores para poder disfrutar de todo este material con el que realizar nuestras partidas.

¿Y esta foto? Pues por lo que mola.

viernes, 9 de octubre de 2015

Guardián del Honor (Capítulo 8, 2/2)


Capítulo 8
Destino inexorable (segunda parte)

IR A CAPÍTULO 8 (1/2) / Continuará...




"Los elgi son tenaces, eso se lo concedo", pensaba Morek, a regañadientes.

Era el quinto día de reuniones sobre el tratado comercial, y el quinto día que el capitán de la guardia real aguardaba en silencio tras los portones de oropel de la Cámara de los Ancestros mientras que Bagrik deliberaba con los elfos. La Cámara de los Ancestros era el lugar donde todos los reyes de Karak Ungor, Bagrik incluido, celebraban sus consejos. Era un lugar de deliberación y de majestuosidad, con la atmósfera cargada con la pesadez de la historia y la expectación de su legado en su interior.

En comparación a las otras muchas salas y estancias de las bodegas, estaba remarcada con columnas cuadradas sencillas, con runas grabadas pero sin oro ni piedras preciosas. La austeridad se pasó por la mente de todos cuantos se encontraban en su interior, y la severidad con la que los enanos atribuían el peso de las decisiones al rey y a su consejo. Morek lo había visto muchas veces, pero sólo cuando en él se consideraban asuntos de guerra o de defensa. Hoy había una importante asamblea de enanos. Morek los había observado apiñándose en la habitación uno tras otro, con comportamientos que iban desde la brusca indiferencia a las miradas de sospecha.

El grupo que se había adentrado era muy fino y nunca había estado reunido, con charlatanes maestros de gremio como el Jefe Maestro Cervecero Heganbour, cuyas trenzas y hebillas estaban adornadas con barriletes, cañeros y jarras; Agrin Centrorrobusto, Señor de las Runas de Karak Ungor hizo su entrada con sus brazos como el cuero al descubierto, mostrando los tatuajes con runas y sigilos de poder; y Kozdokk,  maestro y jefe del Gremio de Mineros, con sus siempre presentes ojeras cubiertas de hollín y una gran variedad de velas y faroles colocados sobre su casco. Además de ser los maestros de gremio también se trataban de los venerables Barbaslargas del Consejo de Ancianos de Bagrik, aquellos cuya sabiduría valía más que el oro.

El rey había incluido a Nagrim, su hijo, en esta clase de actuaciones. Morek consideró este gesto como prudente, pues sería Nagrim quien gobernara el asentamiento cuando su padre se dirigiese al Salón de los Ancestrales. Rugnir, el capitán de la guardia real no había sido invitado, lo cual estaba bien también. Al igual que Bagrik, cuya asociación de ese "wanaz" con el príncipe también estaba mal vista. Kandor, por supuesto, era el primero en estar sentado en la mesa junto al rey, vestido con su mejor túnica y pavoneando su barba como el ufdi que era. Junto a él estaba su mentor, Thegg el Avaro, que era tan astuto y cascarrabias como cualquier enano.

Los últimos en llegar fueron los elfos, y tarde, como siempre. Morek apretó los labios detrás de su barba mientras el príncipe elfo llegaba a la Cámara de los Ancianos, ignorante de la tremenda importancia de la estancia en la que se había adentrado. El embajador elfo, y el otro lacayo de melena oscura le seguían a remolque. Eran seguidos por una cuadrilla de sirvientes que por sus pintas parecían tesoreros, herreros o comerciantes.

Los sirvientes de los huéspedes fueron despachados antes de que el consejo comenzara la sesión, no sin antes dejar sedas, especias y plateados metales forjados en puntas de flecha y cuchillos romos, águilas y halcones encadenados y hasta pájaros cantores, unas cuantas tentaciones con las que los elfos pretendían impresionar a sus anfitriones. Qué clase de enano necesitaba de aquellos objetos era algo que Morek no lograba discernir. Tal vez hubiera un número mayor de ufdis en Karak Ungor de lo que él había sospechado. Sin embargo, ese tipo de cosas no eran la preocupación del capitán. Morek simplemente realizaba su deber como el rey esperaba que lo hiciera. Una vez los buenos y justos entraron, el capitán de la guardia real cerró los portones de oro, y no permitiría la entrada a nadie hasta que las negociaciones hubieran concluido.

Le irritaba haber sido degradado a ser el guardián de la puerta, mientras que Kandor, que se pavoneaba presumido había sido incluido a las conversaciones. Aunque a regañadientes, le concedió al barón comerciante el hecho de tener mejor tacto para las negociaciones. A pesar de su camaradería y buen carácter con los elfos, Kandor había tomado fuera las conversaciones con los elfos deliberadamente. Se trataba de una táctica enana bien conocida, diseñada para desgastar a la otra parte y así obtener el mayor beneficio para el rey y sus dominios. Para su sorpresa, los elfos habían demostrado bastante resistencia y ahora debía capitular, si es que el curso de las negociaciones podía medirse con algún barómetro.

Fue entonces, mientras Morek continuaba hablando sobre los méritos de una unión con los elfos, aunque sólo sobre el comercio, que Haggar apareció al final del amplio pasillo que conducía a la Cámara de los Ancianos. El joven barón estaba cargado de propósitos mientras marchaba hacia el capitán de la guardia real, con su casco sujeto bajo el brazo y le tendió su mano con runas a Agrin Centrorrobusto mientras con la otra sujetaba el pomo de su martillo sujeto al cinturón.

- Gnollengrom, Noble Martillopétreo, - entonó Haggar, inclinándose tan bajo como pudo hasta que parecía que iba a perder el equilibrio y caer.

Morek notó que usó el saludo formal, generalmente reservado sólo para ancianos.

- Yo no soy tan viejo como para que "tromm" sea suficiente, - gruñó el capitán de la guardia real.

La mirada de Morek se quedó fija por un momento en la mano con runas grabadas, un simulacro de una de carne y sangre que se había forjado para el joven barón el viejo mismo Agrin. Haggar proviene del largo y noble linaje del clan Skengdrang, su actual denominación estaba presente en el objeto que tenía por mano. Era gracias a su elevado estatus que se le había otorgado. Aunque, lamentablemente, había una mancha sobre orgulloso linaje. Morek lo vio ocasionalmente cuando el joven enano creía que nadie lo estaba mirando, una fugaz sombra detrás de sus ojos, un semblante severo en su rostro. El capitán de la guardia real se entristeció al verlo, y esperaba que algún día Haggar pudiera expiar la deshonra de su antecesor. 

- Y llámeme Morek, joven Haggar, - dijo, mientras sentía desgarrarse en el recuerdo. - Es mi nombre después de todo, y servirá muy bien. -

El otro noble se enrojeció por la leve amonestación de los enanos mayores y por el embarazoso silencio que siguió a aquel momento.

- Creía al principio que eras una estatua, - dijo Haggar como un intento de iniciar una conversación. - En tres días que he pasado, tres días que no te has movido ni un ápice, - añadió, intentando relajar al capitán.

- Han sido cinco, - le corrigió Morek, - cinco días y continuando. -

Morek inspiró con despreocupación y entonces aclaró la garganta, mientras comenzó a recitar.

- Un enano debe saber cuándo debe aguantar, muchacho, - le dijo. - Una vez, cuando estaba cazando en los bosques del sur, tres leguas al norte de las Aguas Negras, en la época en la que Brondrik apenas tenía barba, me topé con una manada de hruk salvajes. Las bestias estaban en temporada, rampantes y amorosas como sólo los hruk pueden ser. - Los ojos de Morek se abrieron como platos. - Habían captado mi olor, y sabía que estaba en gran peligro. No podía matar a las bestias; los cuidadores enviarían rastreadores. No podía escapar de ellos. Así que, durante siete días y siete noches me quedé quieto, esperando a que los hruk se marchasen para que yo pudiera regresar a la fortaleza. Aquel día aprendí el valor de la paciencia, - concluyó Morek.

Haggar asintió, aceptando la sabiduría que estaba compartiendo.

- Ahora, dime una cosa, - dijo Morek.

- Cualquier cosa, Noble Martillopétreo, - dijo con su rostro perdido de concentración, con su atención puesta por completo en el capitán de la guardia real.

Morek suspiró antes de hablar. - ¿Qué estás haciendo aquí? -

- Ah, es fácil, - dijo, y su rostro se iluminó tan pronto se dio cuenta de que sabía la respuesta. - El Rey Bagrik me ha ordenado esperarle aquí hasta que las negociaciones concluyan. Voy a acompañar a Kandor hasta el asentamiento de los elfos, tomar posesión de los bienes prometidos y regresar con ellos a la fortaleza. -

Morek no podía ocultar su preocupación ante este hecho. ¿Por qué el rey le había encomendado tal deber a Haggar, y no a él? ¿Acaso no era el jefe de los guerreros del rey, aparte quizás de Grikk que ostentó la misma categoría en Ungrin Ankor? ¿Qué ocurriría si Bagrik descubriera su reunión con Brunvilda en las catacumbas? El rey se sentiría tremendamente disgustado si se enterase de que se lo ha ocultado. Aun así, Bagrik no era de los que dejaban las cosas sin hablar...

- Es una lástima que abandonases la fiesta tan temprano, - dijo Haggar para sacar al capitán de sus pensamientos cuando le notó el ceño fruncido e intentó cambiar de tema. - Te perdiste unos finos entretenimientos. Grikk realizó un gran despliegue y la damas elgi era... - Haggar se distrajo en la nostalgia al recordarla.

- ¿Estaba allí Grikk? - preguntó Morek con disimulado interés, ignorando los comentarios sobre los elfos.

- Su manejo del hacha es digna de las sagas de la antigüedad, - aduló Haggar.

- Ya veo... - dijo Morek en voz baja, y añadió, - bueno, nunca superará mi lanzamiento de martillo, no hay enano que... -

Antes de que Haggar pudiera interrumpirle con una pregunta, los enanos fueron interrumpidos con el clamor de las armaduras emanando desde el fondo del pasillo. Seis guerreros de la guardia real emergieron en la línea de visión de los enanos, avanzando en formación hacia ellos. una séptima figura, un elfo, y no de los del grupo de Ithalred, caminaba entre ellos.

- ¡Guardia Real, explíquese! - bramó Morek al primero de los guerreros que se le aproximó, un veterano guardián de las puertas.

- Capitán, - dijo el enano al frente, golpeando su pecho en señal de saludo, - Este elgi afirma que debe hablar con su príncipe de inmediato. Pensé que lo mejor era conducirlo al salón de salida directamente. - En respuesta al gesto del guarda, el elfo, que llevaba una malla plateada y un manto de helechos de olivo, se adelantó. Se quitó la capucha, y los ojos del elfo brillaron con vehemencia.

- Mi nombre es Ethandril, soy un guardabosques de Tor Eorfith y debo ver príncipe Ithalred sobre un asunto de extrema importancia. -

Morek levantó una ceja, y señaló que el elfo todavía estaba armado. Lanzó una mirada de reproche al soldado veterano, quien mostró sus manos en un gesto de contrición.

- No hubo tiempo para convocarle, señor, - suplicó el veterano.

Morek le ignoró; ya habría tiempo para ello más tarde, y volvió su atención hacia el elfo.

- Deposita tus armas; tal vez entonces puedas ver a tu príncipe, - le dijo.

El elfo parecía reacio pero obviamente estaba agotado y no estaba de humor para regatear, así que le entregó su arco, un carcaj solo medio lleno de flechas y una daga curva larga.

- Por favor, - le imploró una vez había concluido, - dejadme ver al príncipe. -

Morek fingió inspeccionar las armas del elfo por última vez, echó una mirada de reojo sobre el laxo veterano, que evitó la mirada de su capitán, antes de que Morek murmurase en voz baja y se volviera hacia los dorados portones. Haggar se apartó a un lado. Se trataba exclusivamente del "honor" del capitán.

- No le va a gustar esto, - murmuró Morek, antes de respirar profundamente y empujar las puertas.

Las puertas doradas de la Cámara de los Ancianos relumbraron y resonaron cuando Morek las abrió. Todos los ojos se volvieron hacia el capitán de la guardia real, quien contempló a los cinceladores del rey grabando una placa de granito. Él sabía que esto era la escritura de un acuerdo. Se debía llegar a un acuerdo con los elfos y ahora las condiciones estaban grabadas en piedra.

Kandor y Thegg el Avaro estaban situados frente a la obra de los cinceladores, inspeccionando cada golpe, cada corte, cada sutileza de la escritura. Kozdokk levantó una jaula con un jilguero en su interior. Lo que fuese que acabara de decirle al cetrero elfo había conseguido que su semblante se empalideciera. El venerable minero miró al pájaro con interés, mientras él lo levantaba hacia la luz. Morek aprendería más tarde que el jefe del Gremio de Mineros había propuesto el uso de las aves para advertir a los trabajadores de emanaciones de gases peligrosos en las minas. Dada la tasa de mortalidad de esta ocupación, Kozdokk había sugerido al rey Bagrik que negociara varios cientos de aves. Evidentemente, esto había ofendido los sentimientos menos pragmáticos del elfo.

Varios de los barbaslargas, desplomados en sillones de felpa, se habían quedado dormidos. Uno de los ancianos venerables apareció casi en estado de coma y durante un breve instante, Morek temía que estuviera muerto. Sin embargo, un tic nervioso de la ceja lo delató. Agrin Centrorrobusto era uno de los enanos sonámbulas, roncando en una esquina. La pipa curvada del Señor de las Runas soplaba anillos de humo perfectos mientras exhalaba.  Nagrim parecía interminable aburrido, masticando su barba, y limpiando sus dientes con un palillo. Los elfos parecían desgastados de las deliberaciones, añadiendo credibilidad a la estrategia de Kandor de la negociación por desgaste. Malbeth, el embajador elfo, se había remangado, teniendo ahora un aspecto un tanto andrajoso.

Todos estaban apiñados alrededor de una gran mesa de losa, su superficie de piedra inscrita con efigies de Grungni y Valaya ensalzando las virtudes de la sabiduría y la templanza. Sobre la mesa había un enorme par de escamas de bronce, cuyo uso y significado es esotérico para los elfos. Este arcaico dispositivo había existido desde los primeros días de Karak Ungor. Se formó en la figura en cuclillas de un Maestro del Oro enano, con las palmas de sus manos abiertas y planas y sus brazos extendidos. Sólo unos selectos miembros del consejo de ancianos estaban al tanto de su significado.

Toso esto fue lo que Morek vio tras abrir las puertas y contemplar la escena. Su mirada, como era de esperar, se posó sobre Bagrik en último lugar. 

- ¿Qué significa esto? - gritó el rey desde lo alto de su trono sobre un zócalo de piedra con vistas a la Cámara de los Ancianos. Se inclinó hacia adelante mientras ladraba hacia Morek, con la saliva volando de sus labios. No era prudente interrumpir al rey durante sus deliberaciones, pero el capitán de la guardia real tenía la sospecha de que el guardabosques de Tor Eorfith traía malas noticias, y eso significaba la salida de los elfos de Karak Ungor. Morek no veía que eso fuese a pasar tan pronto como quisiera. En su opinión, valía la pena arriesgarse a la ira de Bagrik.

- Disculpe la intromisión, mi Rey, - declaró Morek, inclinándose con cortesía como deferencia. - No podía esperar. -

La severa expresión de Bagrik le dio la impresión de que dudaba.

- Un elfo, procedente de Tor Eorfith, busca audiencia con el príncipe Ithalred. - Morek no pudo mantener el ceño fruncido de su rostro cuando mencionó al noble elfo por su nombre. Se hizo a un lado, lo que permitió la entrada al guardabosques. El elfo se inclinó rígidamente.

- Traed cerveza, - ordenó Bagrik. - Por su mirada, nuestro visitante ha tenido un duro viaje, y necesita fortalecerse. - Uno de los guardias reales que estaba pululando por la cámara junto a Haggar se apresuró a encontrar un sirviente.

- Eres bienvenido, elgi, - le dijo al guardabosques.

Morek se irritó por la amabilidad de su rey, pero su ánimo se agrió aún más cuando el Rey continuó.

- Tú, Morek, no lo eres, Grumkaz, marca el nombre del capitán de la guardia real en el kron. -

El Maestro de Agravios, su siempre presente sombra, comenzó a moverse desde el fóndo de la cámara, tan quieto y gris hasta entonces que parecía parte de la roca, pero animado por la licitación de Bagrik. El rasgueo de la pluma contra el pergamino recorrió la espalda de Morek, haciéndole sacar una mueca de dolor.

- Ethandril
, - continuó el príncipe elfo. El elfo de cabellos negros comenzó a avanzar, despreocupado de cualquier etiqueta real que debiera mostrar al adentrarse en la estancia. Ethandril así lo hizo, con suavidad, hablando en voz baja y en su lengua materna. El rostro de Morek enrojeció en lo que era un subterfugio deliberado en sus ojos, desesperado por hablar en contra de él y de la demanda que los elfos habían abierto en presencia del rey. Pero ya se había enfrentado a Bagrik una vez, e incluso a pesar de que la expresión del rey le decía que no estaba impresionado, Morek contuvo su lengua.

Lethralmir entonces se dirigió al Príncipe Ithalred, relatando las noticias de una manera similar a la anterior. Al mismo tiempo, los enanos observaban en silencio sepulcral, el roncar de Agrin era la única contribución al susurro de conversación entre los elfos.

El rostro de Ithalred había oscurecido al tiempo que Lethralmir terminaba. Se volvió abruptamente hacia el rey y dijo; - Con pesar, y nuestra majestad, tenemos que irnos. En seguida. -

La frente de Bagrik se arrugó.

- ¿Todo está bien, no es así? - dijo, probando su tono.

- Sí, - respondió Ithalred, - pero ha surgido un asunto de urgencia en Tor Eorfith que requiere de mi personal atención. Supongo que lo entiende. -

- Por supuesto, - dijo el rey, pese a que sus ojos indicaban todo lo contrario. Luego posó su mirada sobre Kandor, quien observaba a los cinceladores terminar su trabajo.

-La escritura está hecha. Todo está en orden - le dijo el noble mercader a Bagrik, mientras levantaba la vista.

El rey asintió, satisfecho de los negocios realizados, a pesar del cierre tan poco convencional y la agitación subsiguiente.

- Os doy permiso para regresar a vuestro asentamiento, Príncipe Ithalred, - dijo Bagrik tras volver a depositar su atención en el elfo, aunque Ithalred dio la impresión de que no necesitaba ni ni la apreciación ni la sanción del rey enano. - Según nuestro acuerdo, - continuó el rey, - Kandor Barbadeplata y Haggar Puñoyunque os acompañarán como mis representantes. - Haggar entraba en la estancia en ese momento, y se inclinó ante al oír mencionar su nombre. - Tomarán de mis bóvedas las mercancías acordadas y se harán cargo de lo ofrecido a cambio por ustedes a su regreso. -

- De acuerdo, - espetó Ithalred, obviamente distraído mientras giraba sobre sus talones y salía de la Cámara de los Ancianos. Lethralmir lo siguió, enfrascado en una conversación clandestina con Ethandril.

Morek les observó marcharse. No podía comprender sus palabras, pero estuvo bastante seguro de captar la tensión de las mismas. La expresión del guardabosques en el momento de ser llevado ante el capitán de la guardia real hablaba por si sola. Los elfos estaban ocultando algo. Morek no podía imaginarse de qué se trataba.

Al salir, un jadeante sirviente enano se precipitó en el interior de la cámara, con una jarra espumosa en equilibrio sobre un plato de madera.

- ¡La cerveza, mi señor! - dijo con humildad, lanzando su mirada en busca de aquel que la necesitaba.

- Tráela aquí, zagal, - dijo Bagrik, quien bebió la cerveza prodigiosamente, con su acerada mirada posada sobre los elfos que marchaban mientras se limpiaba la boca con desdén.

- ¡Haggar! - bramó el rey, intentando reservar su ira para sus anteriores invitados. El portaestandarte se golpeó la coraza de su armadura a modo de saludo. - Tened preparada para partir una cohorte de la guardia real, marcharéis con los elfos.  ¡Tú también, Kandor, así que date prisa! - 

El mercader asintió y comenzó a recoger sus pertrechos mientras murmuraba sus respetos a los maestros y salió corriendo detrás de los elfos. Haggar se giró y estaba a punto de unirse a la marcha cuando Morek le agarró del brazo.

- Abre bien los ojos, muchacho, - le dijo guiñándole un ojo. - Ojos bien abiertos. -

Haggar asintió solemne, y volvió a ponerse en marcha de inmediato. Él también había visto lo que quiera que fuese que molestaba a los elfos.

Bagrik observaba desde la rendija escarpada del Diente del Dragón, la más alta torre de vigilancia de Karak Ungor, la aguja rocosa por la que todos los antiguos puentes de los cielos estaban conectados. Su expresión era severa mientras contemplaba la pista de carros enanos y mulas, adentrándose en los puertos de montaña. Vio las largas filas de la expedición de los elfos que habían llegado a su hogar, y la cohorte de veinte guerreros de guardia real liderados por Haggar y acompañados de Kandor. Los enanos lideraban la expedición mientras abrían el camino de la ruta de comercio hacia Tor Eorfith, pues su conocimiento de las rutas secretas del Fin del Mundo hacía la travesía más segura y más conveniente.

Un fuerte viento soplaba desde el norte, perturbando los picos colmados de nieve y enviando su espesor a través de los árboles y caminos de las tierras bajas. Bramaba a través del punto de visión de la torre de vigilancia, insinuando su camino a través de las pieles y la túnica de Bagrik, el cual lo hacía escalofriarse. Reprimió un estremecimiento y su mirada se endureció. Había olor de metal y humo en la brisa. No es un buen augurio.

- No hay mejor punto de vista sobre el extremo norte del Fin del Mundo que el Colmillo, mi señor. -

Bagrik no se volvió para comprobar quién hablaba. Él se limitó a suspirar, pues su ira anterior hace tiempo que huyó para ser sustituido por la preocupación y la duda.

- En efecto, Morek, y también es un lugar en el que un rey puede encontrar algo de soledad. - Había pasado mucho tiempo desde que Bagrik dejó a un lado las riñas patrullando el Colmillo de Dragón junto a la guardia real que lo había conducido a la torre de vigilancia.

- Disculpadme, mi Rey, pero la Reina Brunvilda os está buscando, - dijo Morek, moviéndose a un lado de Bagrik, con lo que también tuvo la vista de las alturas del asentamiento.

- Una razón más para mí de permanecer aquí, - murmuró Bagrik, con una nota de tensión crepitando en su voz.

- El viento procedente del norte es áspero, - dijo el rey tras un momento de silencio, tan solo interrumpido por el rumor de la brisa. - Siento la llegada del invierno, Morek, - confesó, pero ya no hablaba del clima. Ni siquiera puedo alcanzar la cúspide de mis torres sin ayuda, y todas mis grandes hazañas están eclipsadas en el recuerdo, desgastadas en el polvo de los tiempos, pronto olvidadas. -

Morek mantuvo silencio por un tiempo, lo cual permitió que la atmósfera sentimental se diluyera un poco antes de hablar.

- Es el amanecer de Nagrim, - respondió Morek, atrayendo la mirada del rey. - Él es su legado, mi señor. Con él el futuro de Karak Ungor está grabado en piedra. -

Bagrik sonrió, pese a que sus ojos aún estaban tristes. Se sintió más viejo en ese momento.

- Sí, tienes razón, - dijo, volviendo su vista a los puertos de montaña. - Nagrim es el futuro. -

- Una cosa de la que no estoy tan seguro, - gruñó Morek, mientras observaba desde la torre a las mulas desaparecer de su vista en la lejanía, - son esos elgi. Para ser una raza que ha vivido más que los enanos, tienen un peculiar concepto de la paciencia. -

- Ciertamente, - dijo Bagrik, estrechando sus párpados. La vieja herida que le propinó un jabalí le dolía. Era una señal segura de que iba a haber problemas. - Lo tienen, - concluyó.

lunes, 22 de junio de 2015

Testeando en la Alfombra del Caos

Hoy es lunes y todo se hace un poco tedioso al empezar la semana; no como los fines de semana, en los cuales suelen ocurrir cosas divertidas, o cuanto menos, interesantes. Y es que ha sido este fin de semana que hemos podido dedicar tiempo a jugar una partida a Warhammer en la ya conocida como "Alfombra del Caos" de Elric. Pero... ¿a qué edición? Pues tengo el honor de anunciar una exclusiva, y es que Yibrael y Ragnor llevan meses trabajando en lo que pretenden que sea la versión definitiva de Warhammer.

¿Con que la Era de Sigmar, eh? Pues pienso crear mi propio Warhammer...

Sin que pueda avanzar mucha más información, el asunto es que estuvimos realizando el primer "playtesting", ya no sólo de los ejércitos sino del sistema en general. Personalmente me ocurrió que, como siempre que les da por enredar en algo, acabo encantado del resultado. Llevamos listas de lo más variopintas, con la intención de probar cuantas más opciones nos fuesen posibles.



La alianza Altos Elfos-Enanos de Elric y Butterflanks acabó con la coalición Goblin Silvanos-Skaven de Yibrael y un servidor. Es lo de menos, pero es todo cuanto puedo ir diciendo pues todavía queda mucho trabajo por realizar y será Yibrael quien os explique cuando pueda sus impresiones.








martes, 24 de febrero de 2015

Guardián del Honor (Capítulo 7, 2/2)


Capítulo 7
Oscuros secretos (segunda parte)

IR A CAPÍTULO 7 (1/2) / Continuará...


Sangre. Sangre sin fin. El campo de batalla estaba empapado de ella, una isla de polvo teñida de carmesí. Estandartes rasgados ondeaban ante una brisa irregular que apestaba a cobre y el humo de las ciudades en llamas cubría los cuerpos arruinados por la carnicería. El aire rancio estaba colmado de gritos sordos de súplica y el entrechocar del metal y el aire caliente lo arrastraba al interior de un remolino y susurraba... muerte...

Malbeth despertó empapado en sudor. Se levantó con rapidez, como si el lecho en el que yacía fuese una cama de pinchos y hubiese sentido el primer pinchazo. su mente se encontraba nadando entre visiones que iban y venían; una guerra contra criaturas que no eran de este mundo, gritando de terror y un dios de manos sangrientas exultante en la masacre. En su memoria le hablaba de metal y fuego, y el hedor del humo persistía de manera imposible en el olfato de Malbeth.

El frío de la roca enana que penetraba incluso en el acolchado suelo de su tienda lo atrajo de vuelta. A su cuerpo se aferraban unas sábanas empapadas, y Malbeth las apartó como si se tratasen de las cadenas que lo aferraban a ese sueño. El siempre presente martilleo sordo y resonante de las forjas enanas que trabajaban día y noche le recordó de nuevo el campo de batalla mientras Malbeth se perdía una vez más en recuerdos que quería olvidar.

Una humeante espada de ruina ensartada en un yunque negro. Demonios de fauces hambrientas, postrados ante un terrorífico altar. El mundo acababa en derramamiento de sangre y oscuridad.

Malbeth sacudió la cabeza las ensoñaciones que le provocaban fiebre, mientras miraba de reojo como una víbora. No eran sus recuerdos. Se trataba de la Isla Marchita y el lugar de descanso final de la espada de Khaine, el más maldito de todos los artefactos, clavada en el yunque negro por Aenarion el Defensor, el primer Rey Fénix, y posiblemente el más grande y el más trágico de todos ellos. Tras empuñar la espada, había abrazado a Khaine por completo. Al convertirse en un dios cercano, había salvado a la raza de los Altos Elfos, pero al mismo tiempo, sus acciones los habían condenado.

Malbeth se puso de pie, disfrutando de la frescura de su cuerpo desnudo mientras el sudor se evaporaba y lo refrescaba, y caminó hacia el santuario dedicado a la diosa Lileath. Era un monumento sencillo, una estatua situada sobre un estrado elevado, colocado de manera inofensiva en una de las antecámaras de la tienda. El corazón le latía con más fuerza mientras contemplaba la efigie de plata, a la vez que estiraba los brazos con las palmas hacia arriba en señal de aceptación.

Malbeth levantó la efigie de su pedestal de plata con gemas engarzadas y la colocó con reverencia a su lado. Después, con ambas manos desencajó un disco del propio pedestal, revelando un pequeño compartimento que albergaba un pequeño cofre de madera en su interior. Sacó el cofre, lo colocó en el suelo y luego se sentó enfrente de piernas cruzadas. Estaba cerrado, pero Malbeth llevaba la llave colgada en el cuello - una pequeña runa dorada, elthrai, enganchada a una cadena. Significa "esperanza", pero como tantas otras cosas en élfico tiene un contra-significado que podría interpretarse como "condenación".

Mientras abría el cofre, a Malbeth volvió a invadirle ese sentimiento de rabia, el ansia por matar, aunque de forma cási catártica, de su sueño. La verosimilitud del campo de batalla todavía era fuerte. Había dieciseis viales en su interior, no más largos que un dedo que contenían un líquido verde pálido y lechoso. Con mano temblorosa, Malbeth sacó uno de ellos, lo descorchó y lo bebió con suavidad. Un riachuelo de fluido espeso se escurrió por sus labios y Malbeth se lo limpió con el dorso de la mano. Relajó su respiración y la agitación de su corazón, el deseo de violencia disminuyó y Malbeth comenzó a sentirse mejor.

Algo se había roto en su interior el día que Elethya murió. Se encontró en la soledad de la furia y la muerte, abrazando la voluntad de Khaine. Todos los Asur guardaban estos rasgos consagrados por el Dios de la Mano Sangrienta. Muerte, odio, guerra y destrucción; todas parte de la psique élfica, como la impasibilidad, la tozudez y la búsqueda de más oro lo son de los enanos. Pero habían sido templados, por la paz, el amor y el orden - la filosofía élfica de que un elemento no puede existir sin su opuesto. Malbeth no poseía el mismo equilibrio que la mayoría de elfos de Ulthuan. En su mente, el estaba maldito, y el derramamiento de sangre y el saqueo en su juventud, apenas justificables y unas manchas eternas en su alma.

Malbeth devolvió el cofre a su escondite y reconstruyó su santuario. Se puso de rodillas y rezó con fervor a Lileath para que lo perdonara. Brotaron lágrimas de sus ojos cuando finalizó. Se puso de pie con cansancio y se puso una bata y unas botas cómodas antes de deslizarse fuera de su tienda sin hacer ruido.

Afuera, Korhvale era el único que seguía despierto. Estaba examinando de manera furtiva algo que se había reflejado en el tímido brillo de las misteriosas linternas y no se percató de que Malbeth había salido en silencio.
Malbeth pensaba que aquella noche no iba a encontrar más descanso, mientras salía del Salón de Belgrad hacia el asentamiento.

***

Los gestos y giros de la escritura élfica eran aplicados con el mayor cuidado y atención. A Korhvale le supuso un gran dolor el ser exacto y claro en cada detalle. la tinta húmeda brillaba con el relumbrar de la lámpara, los pigmentos reaccionaban con la aceitosa luminiscencia que colmaba el Salón de Belgrad. Las brillantes runas le recordaban a la luz de sus ojos y entonces dio lugar a que recordara sus labios, a su brillante cascada de pelo dorado.

Había amado a Arthelas desde el momento en que la conoció. Un encuentro casual con el Príncipe Ithalred mientras estaba cazando águilas en las Montañas Annuli al norte de Cracia había llevado a Korhvale a su servicio como guía, y con el tiempo, a guardaespaldas. Fue entonces cuando conoció a Arthelas, fue entonces cuando su corazón se perdió.

Korhvale no tenía el ingenio o el encanto de Lethralmir, ni la inteligencia de Malbeth; se trataba de un alma intensa y melancólica, pero debajo de eso había un artista que deseaba ser libre. Mientras estaba sentado sobre una butaca de madera blanca, rascaba con una pluma de águila una hoja de pergamino, una de las muchas que había llenado mientras crecía su oda hacia Arthelas. Se trataba de un trabajo en progreso, necesitado de mucha revisión. No se atrevía a expresar sus sentimientos en alto; hacerlo sería revelar lo inadecuado de su lengua y su falta de elocuencia y encanto. Sentía que solo por escrito podía expresar la profundidad de sus emociones. Una vez acabara, solo le restaría tener el valor necesario para enseñárselo a ella...

Los finos roces del cuero contra la piedra llamaron la atención del León Blanco, que dejó de escribir de inmediato y guardó las hojas de pergamino en una mochila cercana. Se puso en pie, oteando la oscuridad ante cualquier presencia.

Un enano, el capitán de la guardia real si la memoria de Korhvale no le fallaba, apareció en el Salón de Belgrad, sujetando una linterna.

- Hacendo guardia hasta tarde, ¿eh? - dijo Morek, adentrándose en la luz.

Korhvale se percató inmediatamente del hacha que llevaba anudada al cinto.

- Yo no duermo, - respondió en Khazalid, formando las palabras con crudeza.

- Debe ser agotador, - replicó Morek mientras miraba hacia la cámara de manera ociosa. La expresión del enano se endureció al observar las tiendas, la decoración élfica y la consecuente obliteración de cualquier signo de cultura enana.

- Solo necesito meditar, - respondió Korhvale. Morek refunfuñó en voz baja, antes de decir, - todo está bien entonces. -

- Todo está bien. -

- Todo está bien, - repitió el enano, pero como si se dijera esas palabras a sí mismo y con un aire de especulación.

El silencio cayó, mientras el elfo y el enano se encontraban el uno frente al otro de manera incómoda. Tras un momento,  Morek bajó la mirada y se dio la vuelta hacia fuera de la estancia, con la linterna cimbreando levemente mientras se marchaba.

Tras caminar a través de los túneles, pasando galerías, cocinas y almacenes, los pasos de Malbeth lo condujeron a una enorme cámara abovedada. La habitación brillaba con la luz de estrellas, que se reflejaba desde el mundo superior. Los diferentes cañones de luz eran desviados a través de una serie de espejos que hacían converger la luz hacia ese lugar, bañándolo en plata. El efecto era maravilloso, con los diamantes engastados en torno a las seis paredes de la habitación brillando como los cuerpos celestes cuya luz refractaban; líneas de oro brillaban con liquidez y había runas grabadas que brillaban de poder.

A pesar de todo, lo más impresionante era una monolítica estatua que dominaba el centro de la cámara hexagonal. Se trataba de una mujer enana, tallada en la piedra. estaba ataviada con ropajes sencillos; sus manos reposaban con serenidad sobre su cuerpo, su rostro era benevolente y sabio, aunque poseía un sentido de fortaleza sin edad.

Tras estudiarla, Malbeth concluyó que se trataba de Valaya, uno de los dioses ancestrales de los enanos, con aspecto de madre y maestra. Las gravitas invertidas en el templo, en la estatua en sí resultaban humillantes. Malbeth sintió finalmente la paz reinante, y le susurró una bendición a la efigie de su benefactor.

- Los elgi tenéis el sueño ligero - se quejó una voz tras el, interrumpiendo sus pensamientos.

Malbeth se giró y vio a Morek, uno de los capitanes reales, mirándolo con severidad.

- ¿O simplemente "meditabas"? - dijo mientras se acercaba a la misma estatua.

Malbeth lo observó perplejo, y decidió ignorar el comentario. -Elgi... - dijo finalmente. - He oído esa palabra muchas veces. ¿Qué significa? - preguntó con un buen Khazalid.

Si Morek apreció el gesto no dio muestra de ello.

- Tiene dos significados; "elfo" es uno de ellos, - respondió.

Malbeth siguió la mirada del enano hacia la estatua.

- Valaya, - dijo cambiando de tema pero confirmando la sospecha inicial de Malbeth. - Es la esposa de Grungni, diosa del Corazón y el Hogar, uno de nuestros mayores ancestros. - Su actitud se relajó un poco, como si el poder de la diosa estuviera afectando al pugnaz enano incluso a través de su mera presencia en el templo.

- Grungni enseñó a los dawi el modo de dar al metal forma de arma, cómo luchar cuando las tierras están anegadas de oscuridad, antes de que llegaran los elfos. - Morek casi estuvo a punto de escupir una última palabra, pero la influencia de Valaya se hizo presente durante un fugaz instante. - Es un lugar sagrado, - añadió, endureciendo sus palabras para no dejar duda alguna de su allanamiento.

- No era mi intención ofender, - se excusó Malbeth. Morek gruñó de nuevo y se dio la vuelta. - Dijiste que "elgi" tenía dos significados, - dijo el embajador. - ¿Cuál es el otro? -

Morek lo observó brevemente, con el ceño fruncido. - Débil. -

El enano salió con paso tranquilo, esperando que Malbeth lo siguiera. El elfo no era el único que daba un paseo en secreto aquella noche, otros más familiarizados con los innumerables pasadizos secretos y salones antiguos cubiertos de polvo de Karak Ungor se movían con clandestinidad entre las sombras.

- Te imploro, Reina Brunvilda, que lo reconsideréis, - suplicó Grikk, quien sujetaba una linterna en una mano y su hacha de Rompehierros en la otra.

- Si el rey se enterara de esto, le diré que lo hice aquí a mi manera, - respondió Brunvilda, devolviendo su mirada a los enanos con armaduras mientras Grikk los conducía a través de las catacumbas de la bodega.

- En efecto, mi reina, y entonces me afeitará la barba por permitir que vaya a la Carretera Gris sola. -

Algunos enanos parecían poco complacidos, pensó Brunvilda mientras continuaba su camino. Estas bóvedas, como se las conocía, rara vez eran atravesadas. Parecía como si el polvo se hubiese depositado durante eones formando una penetrante pátina que lo cubría todo, y de ahí el nombre que le dieron los rompehierros; la Carretera Gris. Cada rincón, cada estatua en ruinas, cada tumba y relicario destrozados estaban cubiertos por un velo grisáceo.

Conocido también como Asentamiento Ahondado, Karak Ungor era el más profundo de todos los reinos de Karaz Ankor. Aquí, en los niveles habitables más bajos era como si el tiempo se ralentizara, como un hombre en brea. Aquí abajo, solos los fantasmas y sus susurros frecuentaban aquellos solitarios corredores.

Aunque estaban muy por debajo de las salas de los clanes y los aposentos del Rey, Brunvilda se estremecía cada vez que escuchaba el sonido metálico que producían las botas chapadas de Grikk. El eco resultaba casi grosero, como si el silencio se sintiera ofendido por la perturbación. También la oscuridad, que retrocedía a regañadientes ante la luz de la linterna como si le ofendiera su presencia. Había sensibilidad en aquellas paredes. Los enanos vivieron allí hacía tiempo, miles de años atrás. Ellos habían minado la roca y construido sublimes cámaras Hasta que se agotaron los minerales, y continuaron. Sólo había persistido el recuerdo. Era un mal presentimiento... y Bagrik también lo sabía. Era una de las razones por las cuales fue encarcelado aquí, pero era algo que Brunvilda también estaba dispuesta a soportar.

Una figura fuera de filas pasó de manera fugaz al fondo del largo y oscuro corredor. Olía a amarga humedad, lo que hacia que le picara la nariz a Brunvilda.

- Permanezca a mi lado, mi Reina, - dijo Grikk, bajando el volumen a medida que giraba su cabeza lentamente para otear el camino frente a ellos. - Uno de los portones caídos hacia Ungdrin Ankor está cerca, - le dijo en susurros.

El camino subterráneo, la carretera bajo la tierra que conectaba todos los asentamientos enanos en las Montañas del Fin del Mundo, estaba dividida por una serie de portones; portales custodiados y patrullados por Rompehierros. Aunque se consideran seguros, algunos de los portones han caído. Las oscuras criaturas que vivían bajo la tierra y que competían con los enanos por la dominación de los reinos subterráneos los habían destruido. Dichos portones se quedaban solos en ocasiones,  en lugar de retomarlas, los mineros enanos las despachaban mediante derrumbes controlados. No todos los portones permanecían cerrados, y Grikk siempre fue consciente de los que no lo estaban.

Brunvilda apretó el paso mientras observaba a izquierda y derecha las columnas derribadas que revelaba la luz de la linterna a su paso, junto con restos óseos y trozos de mecha quemada. Ella permanecía muy cerca de Grikk, con su atención tan fija a su alrededor que cuando el enano se detuvo, ella chocó contra él. Grikk la disculpó profusamente, con sus ojos llenos de vergüenza bajo su casco de gromril. Ella lo dejó pasar con buen humor, confesando que fue culpa suya mientras alisaba sus ropajes e intentaba animar al desolado enano.

- Aquí estamos, mi Reina, - dijo finalmente Grikk, una vez acabó de disculparse.

- Gracias, Grikk. Puedo realizar el resto del viaje yo misma, - dijo ella.

- ¡Pero mi Reina!, - comenzó a protestar.

- Capitán, esto no es una petición. Estaré bien a partir de aquí. Debes regresar a tus quehaceres. Si el Rey descubre que te has ausentado, sabrá que algo va mal. Ya me he arriesgado a sufrir su rabia una vez hoy; que no haya una segunda. - Brunvilda posó su mano sobre su hombrera. - Vuestra preocupación es conmovedora, de verdad, - le dijo con sinceridad, - pero debes dejarme ahora, Grikk.-

el capitán de los rompehierros obedeció a regañadientes, marchándose por donde había venido. Brunvilda estuvo observándolo todo el camino hasta que desapareció tras una esquina. Satisfecha al verse cumplida su petición, comprobó la bolsa de su hombro y entonces tomó aire para avanzar a toda prisa con la linterna hacia su destino.

Otro rompehierros saludó a Brunvilda en cuanto fue alcanzado por el resplandor de su linterna. Estaba firme frente a una robusta puerta de roble rematada en hierro y con bisagras que llevaban la figura de Grimnir. El enano pareció asombrado cuando reconoció a la reina aproximándose junto al brillo.

- ¡Reina Brunvilda! - dijo casi dejando caer su linterna. - Se supone que no debe estar aquí. -

- Lo sé, rompehierro, - respondió. - Ahora ábreme paso. -

- No.. puedo, mi Reina. El Rey lo ha prohibido, - respondió el enano con nerviosismo.

- Bagrik no está aquí, pero yo si, y como tu Reina te exijo que me dejes pasar, - dijo con tono firme.

Miraba con severidad al enano y encontró una grieta en su determinación, y dio un paso adelante.

- No puedo, mi señora. Mi deber es vigilar esta puerta. Nadie puede entrar sin el permiso del Rey, lo he jurado. - A pesar de sus protestas, el enano reculó medio paso ante el avance de Brunvilda.

- Incluso así, déjame pasar, - reafirmó con calma. - Tengo aquí comida que se va a desperdiciar. -

El enano se detuvo, con un dilema que le hizo enmudecerse.

- Déjame pasar y nunca llegará a oídos del Rey. Tienes mi palabra, - dijo mientras daba otro paso al frente. - Soy la Reina de Karak Ungor, - dijo mientras el rompehierros mantenía su silencio, - y no se me va a negar nada en mi propio hogar. -

El rompehierros vaciló mientras luchaba entre las órdenes de su Rey y los deseos de su Reina.

- Ya ha sido alimentado, - dijo finalmente.

Fue una mala elección de palabras que el enano lamentó al instante.

- Es mi hijo de quien estás hablando, - espetó Brunvilda.

- Por supuesto, mi Reina, yo no quería... yo solamente... no puedo permitirle pasar, - respondió finalmente con un tono de súplica en sus palabras. Sin embargo, no cedió.

- ¿Me consideras débil, rompehierros? - dijo Brunvilda pasado un momento.

- Mi Reina, yo solamente... -

- Te lo preguntaré otra vez, - dijo la Reina, cortando sus palabras. - ¿Me consideras una Reina débil? -

- No, - respondió con humildad, - por supuesto que no. -

- Entonces imaginarás que no me voy a ir de aquí sin ver a mi hijo. -

La Reina Brunvilda llegó hasta que su barbilla casi tocaba al guerrero con armadura. A pesar de tener sus buenos quince centímetros más de altura, el rompehierros parecía empequeñecer ante su formidable presencia.

- Déjame pasar. Ahora, - dijo firmemente.

El rompehierros solo pudo sostener la mirada por un momento, tras lo que asintió con rapidez y se volvió hacia la puerta que estaba tras él. Usando una gruesa llave de bronce que llevaba atada a su cuello con una fina cadena, abrió la puerta con un sonoro chasquido metálico.

El olor a sudor y carne vieja asaltó a la vez a Brunvilda. Competían con el hedor del agua estancada y el hidromiel pasado. Entró, no sin antes echarle una mirada mordaz al rompehierros, tras lo que cerró la puerta.

Al frente había una pequeña cámara toscamente tallada, con antorchas fijas a intervalos sobre paredes que poco hacían por reflejar la luz y aliviar la penumbra. No había estatuas aquí, ni restos de antiguos de antiguos héroes o días pasados. Era húmedo y estéril. La única característica de la habitación era un agujero en el centro de la estancia, como un pozo crudo. Su propósito era evidente, pese a que Bagrik y los rompehierros dijeran lo contrario; era una cárcel.

Brunvilda se contuvo, tratando de dominar sus emociones a la vez que avanzaba soportando el hedor que emanaba del agujero. Se arrodilló con la intención de escudriñar mejor en la profundidad del pozo. Una tenue luz iluminaba la celda desde algún punto bajo el piso superior. Una oscuta figura ataviada con unas botas enanas raídas y ropas harapientas destacó bajo el haz de luz al borde de las sombras.

- Lothvar... - dijo Brunvilda de manera engatusadora. - Lothvar, te he traído comida. -

La sombra avanzó lentamente, como si por un momento reconociera la voz que lo estaba hablando. Era un enano, o por lo menos una retorcida parodia de uno. La barba le brotaba por parches de la cara y sus ojos eran de un rosa albino. Su deformada boca hacía una línea quebrada en sus rasgos. Tenía la nariz aplastada, una de sus fosas nasales era grotescamente grande pero logró detectar el aroma de la comida en el aire. A medida que Lothvar arrastraba sus pies hacia la luz atraído por el aroma, Brunvilda observó la mano seca y retorcida que mantenía cerca de su cuerpo. Su piel era pálida como el alabastro, y a pesar de que la luz era débil, soportarla le causaba un claro malestar.

- Madre... -

El sonido de la voz de su hijo casi le parte el corazón, y tuvo que girarse. La Reina trató de recomponerse, aplastando la súbita oleada de culpa que sentía ante el maltrato de Lothvar, incluso de su mera existencia. Ansiaba liberarlo de aquel lugar, pero le había jurado a su Rey que no lo haría, y aquellas palabras estaban forjadas en hierro.

Había un cesto colocado junto a la apertura de la celda. Brunvilda lo tomó y lo colgó de una polea suspendida sobre el pozo, tras lo que puso la bolsa en su interior y la descendió con suavidad. En su interior aún había restos del anterior festín, pero Lothvar los devoró con rapidez mientras Brunvilda sentía una punzada de angustia fresca mientras lo observaba.

- ¿Y padre, está ahí contigo? - preguntó con tono esperanzador. La entonación de la criatura, pues no hay otro apelativo más adecuado, era tosca y pesada. Formaba sus palabras con lentitud, como si luchase por aferrarse a ellas, con un insinuante zumbido que denotaba fuertemente la enfermedad que debilitaba su mente, así como su cuerpo.

Lothvar era el hijo primogénito de Brunvilda y se suponía que la llegada del heredero de Bagrik sería una ocasión de regocijo en Karak Ungor. Pero Lothvar se desarrolló de manera enfermiza y sus desfiguraciones de nacimiento no hacían otra cosa que empeorar a medida que se hacía mayor. Sin embargo, y a pesar de todo, Brunvilda lo amaba y le suplicó a Bagrik que no lo expulsara, de modo que no encontrara una muerte en soledad en las montañas. Tan solo un puñado de enanos conocían la existencia de Lothvar; los capitanes del Rey, Morek y Grikk, y un selecto grupo de rompehierros que protegían la celda de Lothvar de cualquier interferencia. El resto de los habitantes del hogar, aquellos que lo recordaban, creían que Lothvar había muerto durante el parto. Una gran vergüenza se echaría sobre los hombros de Bagrik si se descubriera la supervivencia de su primogénito. La misericordia guió la mano del rey aquel día, pero el resentimiento de aquella decisión aún le perduraba..

- No, hijo mío. Tu padre está reunido con los elgi. Pero me pidió que te dijera que te quiere, - mintió Brunvilda.

- ¿Los elgi están aquí?, - preguntó Lothvar, mientras movía la boca esforzándose por comprender.- Me enfrentaré a ellos junto a mi padre, - dijo finalmente con el pecho hinchado.

Brunvilda sonrió en lágrimas, amparada en la oscuridad que la rodeaba.

- No, Lothvar, - dijo, - los elgi son nuestros amigos. aprenderemos mucho los unos de los otros. -

Lothvar la miró con la mirada vacía.

- Le haré sentir orgulloso, - dijo él.

 - Sí, - susurró Brunvilda con la voz rota. - Estaría tan orgulloso. - Su rostro bajó y por un momento no pudo mirarle por temor a que su determinación le fallara completamente.

- ¿Madre? - preguntó Lothvar. - Madre, ¿estás llorando? -

- No, Lothvar, - dijo tras una larga pausa. - Estoy bien. - Se giró sobre su hombro, llamando, - Rompehierros.

- ¡Rompehierros! - repitió con urgencia, cuando vio que no obtenía respuesta.

Hubo un chasquido metálico que denotaba el abrir de la puerta, tras lo que se escuchó el sonido de las bisagras y apareció el guardia.

- ¿Está todo en orden, mi Reina?, - preguntó mientras blandía su hacha esperando que Brunvilda no se encontrase en peligro mortal.

- ¡Baja ese arma! - espetó.

El rompehierros guardó el arma con celeridad.

- Deseo bajar a ver a mi hijo, - le dijo.

La postura del rompehierros cambió, ahora erguido y firme pero era la voz de otro quien hablaba más allá de la puerta.

- No puedo permitirlo. -

- ¡Yo soy tu Reina!, - insistió, con lágrimas en los ojos. - ¿Quién eres? Exijo saber la identidad de quien se atreve a desobedecerme.

- Creo que será mejor que regreséis a vuestros aposentos, mi señora, - dijo Morek mientras se adentraba bajo la luz de las antorchas. - Espéranos afuera, - le dijo en un tono más bajo al rompehierros.

Una vez quedaron solos, Morek caminó hacia Brunvilda, arriesgando una mirada furtiva al interior de la celda antes de apartar la mirada rápidamente.

- ¿Acaso es tan repelente, Morek? - dijo con calma, de modo que Lothvar no pudiera oírla.

- El es tu hijo, eso es todo, - respondió con claridad el capitán de la guardia real.

- Creía que la diplomacia era el terreno de Kandor, - dijo Brunvilda con una sonrisa triste.

Morek hincó una rodilla y le tendió su mano. - Vamos, mi Reina, - dijo en voz baja, - ya se ha demorado aquí lo suficiente. -

La mirada desafiante de Brunvilda se había evaporado. Tomó la mano de Morek con gratitud, y el capitán de la guardia real la ayudó a ponerse en pie.

- ¿Te marchas ya, madre? - preguntó Lothvar, con desaprobación en su voz y con el sentimiento de abandono evidente en su deformada y penosa expresión.

- Regresaré pronto, mi amor, - respondió Brunvilda. - No pasará mucho tiempo hasta la próxima vez, - dijo, forzándose a sí misma para marcharse. Morek la condujo con suavidad fuera de la habitación, y el rompehierros que guardaba la puerta la cerró con llave a su paso.

Brunvilda mantuvo la cabeza alta cuando se adentró en la oscuridad del pasillo, junto a la silueta acerada de Morek en dirección a los aposentos reales. Sólo cuando el capitán se hubo marchado, cuando estuvo sola y despojada de sus ropajes reales, cuando se convirtió en una simple madre y esposa y no una reina, sólo en aquella oscuridad lloró. Y la oscuridad escondía muchos secretos.


N. del T. Dedicado a Cris Matias, quien con sus ganas de leer e insistencia lograron que sacara unos minutos de donde no los hay para terminar este capítulo. ¡Muchas gracias, espero no hacerte esperar tanto para el siguiente! :-)

lunes, 15 de diciembre de 2014

Artefactos Legendarios: la Hacedora de Viudas

Hace ya casi un año que no hago una entrada sobre los objetos mágicos más emblemáticos del mundo de Warhammer, y ya va siendo hora de retomar el hilo. Hoy quería hablar sobre un arma que lleva en el trasfondo desde la cuarta edición, y que nunca había tenido reglas en el juego hasta ahora, que ha llegado el Fin de los Tiempos. Hablo de la Hacedora de Viudas, la Erradicadora, Anaris, la Matadioses, la Espada de Khaine.

Tyrion con la Espada de Khaine


Se dice que esta espada es el arma más poderosa del mundo de Warhammer, y probablemente lo sea. Se trata de la misma espada del dios elfo Khaine, que es una versión, o un aspecto, de Khorne. Para profundizar en la historia de la espada tenemos que irnos a Warhammer 40.000, donde hallamos también el mito de la Espada de Khaine (claro, sustituyendo "eldar" por "elfo").

La leyenda cuenta que la diosa Lileath soñó que Khaine sería despedazado en cientos de fragmentos por un gran ejército mortal. Al enterarse, Khaine persiguió a los hijos de Isha y Kurnous (los eldar-o los elfos) por todo el universo. Para salvar a los hijos de Isha, Asuryan colocó una barrera entre el mundo de los dioses y el de los mortales. Pero Isha se sentía vacía sin poder comunicarse con sus hijos. Entonces Vaul, el dios herrero, se apiadó de Isha y construyó unas piedras mágicas para que Isha pudiese comunicarse con sus hijos. Cuando Khaine se enteró, se quejó ante Asuryan, y este declaró que Isha y Kurnous lo habían traicionado incunpliendo su mandato, y que ya no eran dignos. Khaine podía hacer con ellos lo que quisiera. El dios del asesinato capturó a Isha y Kurnous y se los llevó a sus mazmorras, donde les hizo padecer terribles tormentos.

Vaul pactó con Khaine la liberación de Isha y Kurnous, a cambio de un centenar de espadas. Cuando venció el plazo, Vaul sólo había terminado de hacer 99 espadas, así que mezcló entre ellas una espada ordinaria de los mortales, lo que le sirvió para liberar a Isha y Kurnous. Cuando Khaine se dio cuenta del engaño, rugió de rabia, y comenzó la guerra en el cielo.

Vaul forjó entonces la última espada, y la convirtió en la espada más poderosa de todas, un arma capaz de acabar con mortales y dioses. La llamó Anaris, que significa Luz del Atardecer. Con ella luchó contra Khaine, aunque finalmente fue derrotado.

En el mundo de Warhammer, la espada es un fragmento de la misma espada que porta el dios Khaine (os recuerdo que, pese a que sus demonios y seguidores tengan preferencia por los hachas, el mismo dios Khorne es representado en su trono con una espada en su regazo). Reposa en la Isla de los Muertos (Blighted Isle), de donde fue tomada por Aenarion, el primer Rey Fénix, salvando Ulthuan durante un tiempo, pero condenando para siempre a la raza de los elfos. Desde entonces, hay constancia de que al menos otros tres elfos han visto la espada de Khaine, aunque sólo uno de ellos la ha tomado. Malekith, el Rey brujo, la vio como un cetro enjoyado. El rey Fénix Tethlis el Asesino la vio como una lanza. Y, finalmente, en el Fin de los Tiempos, Tyrion la tomó, como una espada, y fue poseído por el mismo Khaine (Khorne).



A nivel de juego, la espada es una brutalidad. Tiene, además, la curiosa habilidad de no poder ser destruida por efectos mágicos, algo que ni el Martillo de Sigmar, ni las Hachas de Grimnir, ni los Tesoros del Caos, ni la Corona de la Hechicería ni la Espada Cruel tienen. Eso sitúa a la Erradicadora como el objeto mágico más ancestral y poderoso del mundo de Warhammer.


martes, 25 de noviembre de 2014

¡Khaine!



Ya se empieza a saber más del tercer libro del Fin de los Tiempos: Khaine, dedicado a las razas de los elfos (sí, en plural: Asur, druchii y asrai). En el Descanso del Escriba, el blog del compañero Agramar, podéis ver una buena cantidad de fotografías de páginas concretas del libro.

Todavía no lo tengo muy claro, pero parece que la unificación de los elfos no es total. Hay una especie de guerra civil, o algo parecido, de la que debe emerger victorioso Malekith, nuevo Rey Fénix. Aparecen tres listas de ejército, bastante parecidas, pero creo que la "chicha" de éstas está en los personajes especiales que puede llevar cada una:

Hueste del Rey Fénix: Malekith (super saiyajin nivel 2), Imrik, Alarielle (Avatar de Isha), Teclis, Durthu, Araloth, Caradryan, Drycha, Naestra y Arahan.

Hueste de Aestyrion: Tyrion(Avatar de Khaine), Morathi, Lokhir, Korhil.

Hueste del Rey de la Eternidad: Malekith (super saiyajin nivel 3), Imrik, Alarielle (Encarnación de la Vida), Hellebron, Alith Anar, Durthu, Araloth, Caradryan, Drycha, Naestra y Arahan.

¡Puede ser tuyo por sólo tropecientos euros! xD


Parece que la Hueste del rey Fénix se enfrenta a la hueste de Aestyrion por la supremacía élfica, y que, tras la victoria, Malekith obtiene el poder supremo entre los orejas puntiagudas. También parece que los gemelos Tyrion y Teclis mueren de alguna manera, al igual que Morathi. Una pena.

Malekith tiene dos versiones, ambas con perfil único con Seraphon, su dragón negro. En la definitiva es mago de nivel 5.

Tyrion tiene unos perfiles como Avatar de Khaine, con F5R4 y un total de 6 ataques. Sorprendentemente, Tyrion no tiene perfil conjunto con Malhandir, su caballo. Y sí, porta a Erradicadora, la Hacedora de Viudas, la mismísima Espada de Khaine. He de decir que es un poco decepcionante: sólo hiere automáticamente, niega tirada de salvación y tiene Heridas múltiples 1D6. Y no puede ser destruida por cosas que destruyan objetos mágicos. Casi nada.

Alarielle también tiene dos versiones, una como Avatar de Isha, diosa madre de los elfos, y otra como Encarnación de la Vida (no sé si será una encarnación como esta del Monstrous Arcanum).

¡Y la novela la escribe Gavin Thorpe! ¡Que Tzeentch nos pille confesados! :P


Finalmente, la magia también cambia, y es un aspecto que afecta a todos los ejércitos, no sólo a los elfos. Ahora se tira magia con 4D6 en lugar de los 2D6 habituales, y todos los hechiceros conocen un "nuevo" hechizo de su saber, los cuales vienen descritos en el manual. Lo de "nuevo" es porque la mayoría de esos hechizos ya aparecían en Tormenta de Magia, pero ahora pueden lanzarse sin necesidad de Presencia, Equilibrio o Dominancia de fulcros arcanos.

Ya tengo ganas de ponerle las zarpas encima al libro (metafóricamente, claro: no pienso comprármelo xD) para saber el destino final de Teclis...


lunes, 17 de noviembre de 2014

Por qué odio a los elfos

¡Ah, los elfos! Cuando uno piensa en fantasía, esta raza es siempre una de las primeras que viene a la mente. ¡Los elfos! Desde que el viejo Tolkien transformase las leyendas de elfos (duendecillos) en los elfos que todos conocemos (los del Señor de los Anillos y las innumerables copias de estos que han salido), esta raza tremendamente longeva ha plagado los mundos de fantasía.

Aunque pueden encontrarse muchos tipos de elfos muy diferentes, todos comparten ciertas cualidades comunes. En primer lugar, o viven centenares (o incluso miles) de años, o bien son directamente inmortales. Esto hace que los elfos, en general, vean a los humanos como algo efímero y transitorio, algo evidentemente inferior a la suprema calidad de la genética elfa. Y esta es la segunda cualidad: todos los elfos son arrogantes en cierto modo, o, al menos, condescendientes. Para los elfos, los humanos y otras razas no élficas son poco más que bestias (aunque, a veces, la Arrogancia pasa factura xD).



Y es que los elfos son siempre mejores en todo. Mejores hasta un punto que llega a ser injusto. ¡Es frustrante! Tomemos, por ejemplo, D&D (o AD&D... ¡Qué recuerdos!). No hay más que ver a los drow para darse cuenta de que se les ha ido la mano. ¿Y quién recuerda a los Bladesinger con Bladesong? Como Master, he visto cuán superior puede ser una ficha de elfo a muchas otras. Mejor por el simple hecho de ser elfo.

En Warhammer, qué decir. ¿La mejor magia? La alta magia, de los malditos elfos. ¿Los mejores guerreros? Los Maestros de la Espada (o eso dicen...). Te pegan primero y te hacen tropecientas bajas. Por no hablar del Libro aquel de las Fuerzas Irresistibles, del Estandarte del Mundo Dragón o de aquel talismán de los druchii de salvar especial... No hay tales salvajadas en otros ejércitos.

¡Todo eso es absurdo! Los elfos son una raza decadente y moribunda. Su momento ha pasado, se extinguen lentamente. Procrean mucho menos y a menos velocidad que las demás razas, y cada elfo que muere es insustituible. Muestran fortaleza y poderío, pero su civilización es débil y está en ruinas. Viven en un mundo que ya no es su sitio, y se resisten tozudamente a la extinción... la inevitable extinción.



Como hizo notar mi amigo Ragnor, un guerrero elfo requiere varias décadas para adiestrarse, mientras que un orco está listo para la guerra en pocos años,, y por cada elfo hay una veintena de orcos. ¿Quién es realmente mejor guerrero?

Además, los elfos son débiles y enclenques. De una altura similar a la de un hombre (depende del mundo de fantasía), pesan mucho menos que los humanos, y eso se debe a una menor masa muscular y a una complexión más frágil. Un golpe de un humano (o de un goblin, incluso) partiría las costillas de un elfo.

Y, por si eso fuera poco, son conservadores y tradicionalistas. Pese a lo obvio que resulta que sus ejércitos serían mucho más eficientes si utilizasen armas de pólvora y se mantuviesen a una respetable distancia del enemigo, los elfos usan atrasados arcos y ballestas, e incluso avanzan para trabarse en combate cuerpo a cuerpo, para tratar de demostrar su valía. ¡Patético! Incluso el más grande de los héroes elfos recibiría una paliza de cinco o seis goblins furiosos.

Por todo esto detesto a los elfos. ¡Son injustos! ¡Se merecen otra invasión de Grom el Panzudo!


lunes, 3 de noviembre de 2014

Guardián del Honor (Capítulo 7, 1/2)

Capítulo 7
Oscuros secretos

IR A CAPÍTULO SEIS (2/2) / IR A CAPÍTULO 7 (2/2)


Pasaron varias horas antes de que Malbeth regresase al Salón de Belgrad, ahora reconvertido en un enclave élfico. Tras abandonar el Gran Salón, había estado esperando a Kandor. El mercader enano había aparecido pronto, tras haber intercambiado unas bruscas palabras con su rey, o más bien solo hubo palabras hacia él mientras permanecía en silencio. Con rostro ceniciento tras la reprimenda, el mercader condujo al elfo a sus salones privados y mantuvieron una conversación durante toda la tarde, en la cual Kandor expresó las preocupaciones de su rey por la conducta de los elfos y Malbeth garantizó al enano que no se trataba de otra cosa que problemas superficiales y que podrían alcanzar un acuerdo comercial. El extenso debate dejó extenuado al elfo, pero se las había arreglado para convencer a Kandor de que aún había una alianza que debía ser salvada tras la carnicería del festín.

Aun así, Malbeth se aproximó a la tienda del príncipe con cierto escepticismo. Korhvale estaba fuera, el León Blanco y un puñado de guardias y sirvientes que todavía no se habían retirado a sus provisionales moradas. Malbeth sabía que Korhvale permanecería en su puesto toda la noche, dejando a un lado el sueño e incluso la meditación, para vigilar a su maestro. Con los brazos cruzados como bandas de hierro, el musculoso guardaespaldas gruñó mientras Malbeth se le acercaba, y se hizo a un lado para que pudiera entrar.

El interior de la tienda estaba iluminado con tenues luces de lámpara, que impregnaban el ambiente con una cálida y empalagosa atmósfera en los opulentos alrededores. Ithalred estaba tirado sobre una pila de mullidos cojines y despojado de sus principescos ropajes, con el pecho al descubierto y tan solo con unos pantalones de lana holgados. Una suave melodía invadió la habitación, con las dos arpistas tocando de cerca con tranquilidad. Otras dos doncellas que llevaban muy poca ropa, pero la suficiente como para preservar su dignidad, escanciaban vino en la copa del príncipe y masajeaban su cuello y sus hombros. En cuanto Malbeth apareció en la habitación, ellas miraron hacia arriba y sonrieron lascivamente antes de continuar con sus deberes.

Un humo de color turquesa colmó la atmósfera, persistiendo desde los pies de Malbeth como la niebla de un amanecer otoñal. El embajador elfo observó a Lethralmir sentado de piernas cruzadas mientras fumaba de una larga pipa de mármol, y a una quinta doncella que trenzaba la larga cabellera negra de Lethralmir. Los dos nobles elfos estaban riendo en el momento en el que Malbeth entraba, a causa del final de una broma de la cual no estaba al tanto. Aún sonriendo, Lethralmir soltó un enorme anillo de humo en el aire. Mantuvo su forma durante un momento antes de dispersarse con un persistente aroma.

- Príncipe Ithalred, - dijo Malbeth con tono serio, - debemos hablar de lo que ha pasado en el festín. Los enanos están descontentos. -

Ithalred cerró los ojos y se recostó aún más, revolcándose en la decadencia de su pabellón privado. Hizo una señal con sus dedos anillados y una de las doncellas ligeras de ropa llegó con un plato de fruta, el cual fue aceptado por el príncipe con un sopor hedonista.

- Los enanos están descontentos, y yo estoy descontento, - respondió despreocupado. - Permítenos simplemente acabar con esas charlas comerciales para que podamos regresar a Tor Eorfith en busca de algo parecido a la civilización. Te juro por Asuryan, que si paso mucho más tiempo en las madrigueras de estos toscos enanos, terminarán por salirme pelos en la barbilla. -

Lethralmir sonrió satisfecho.

Ithalred no estaba bromeando.

- Con todo respeto, - dijo Malbeth, ignorando al Maestro de la Espada, - se debe reparar el daño si las negociaciones comerciales siguen adelante. -

Ithalred suspiró de agitación, haciendo que las sirvientes se retirasen mientras se acomodó sobre sus codos.

- ¿Qué pretendías que hiciera? nuestras culturas con completamente opuestas la una de la otra. El enfrentamiento era inevitable. -

- Es más que un enfrentamiento, - dijo Malbeth mientras su exasperación iba en aumento, - ¡hemos ofendido a nuestros anfitriones en su propio hogar! Incluso yo anhelo las elevadas torres de Eorfith, el cielo y el viento y todo lo que hay desde Ulthuan hasta Eataine, pero aquí hay demasiado en juego como para arriesgarlo todo en pos de deseos egoístas y petulancia. -

Había ido demasiado lejos. La burlona sonrisa que podía ver en Lethralmir por el rabillo del ojo se lo decía.

- Estás olvidando quién eres, embajador, - espetó Ithalred, haciendo que su copa casi se volcase mientras estaba sentado.

- Mis disculpas, mi príncipe, - respondió Malbeth con humildad, pero el hecho reside en que Tor Eorfith no sobrevivirá sin la ayuda de los enanos. -

- No sabemos qué hay de cierto en eso, - dijo Lethralmir, intentando agitar las cosas. Malbeth se dio la vuelta para mirarlo, aunque mantuvo su ira bajo control. Aunque por muy poco.

- Lo sabemos muy bien, Lethralmir, - dijo con ferocidad. - No le permitas a tu arrogancia oscurecer tu ya enturbiada mente. -

- Príncipe Ithalred, - continuó Malbeth,  girándose hacia su señor sin esperar respuesta alguna por parte de Lethralmir, - se lo recomiendo; pida disculpas a los enanos, haga algo por enmendar todo lo ocurrido. Usted sabe tan bien como yo que este representa realmente este pacto, y lo que esperamos obtener con el. Por favor... por favor, no deje que se nos escape. -

El rostro de Ithalred prometía otra respuesta furiosa, pero se contuvo al darse cuenta de la verdad impresa en las palabras de Malbeth y recapacitó.

- Muy bien, haré lo que me pides, Malbeth. Volveré a recuperar la confianza de los enanos. Es mi deber asegurar el futuro de Tor Eorfith, y de haber algo que pueda hacer ahora mismo, es esto, - añadió, claramente poco satisfecho por la posición en la que se encontraba. - Ahora, marchad... - dijo pasado un momento, mientras su rostro se ensombreció de repente. - Es tarde, y estoy hastiado del politiqueo. -

Una de las doncellas, al ver la destemplanza de su señor, se deslizó para reanudar el masaje de cuello.

- ¡Dejadme! - espetó Ithalred, y la doncella se apartó hacia atrás como escaldada por aquel pronto. - Todos vosotros, - añadió, mirando en torno a la habitación, - ¡fuera! -
Las doncellas hicieron una salida apresurada mientras recogían sus pertenencias y algunos de sus ropajes, con los ojos hacia el suelo mientras salían de la alcoba del príncipe por temor a un mayor reproche. Lethralmir parecía desconcertado por la reacción de Ithalred, en particular en su manera de echar a las doncellas, cuya compañía estaba disfrutando enormemente.

- ¿Era estrictamente necesario, Ithalred? - preguntó Lethralmir, tras lo que dio una larga calada a su pipa y se estiró para alcanzar el vino.

- Tú también, Lethralmir, - respondió con calma.

El elfo de negra melena abrió la boca a punto de protestar, pero se lo pensó mejor.

- Como desee, mi señor, - dijo con deferencia forzada, pero claramente molesto al ser expulsado de la presencia del príncipe como un vulgar esclavo.

Malbeth observó el despliegue al completo y no se sintió satisfecho. Vio que Ithalred solo estuvo dispuesto a llegar a un acuerdo cuando se dio cuenta de la gravedad de la situación y cuando fue consciente de la cruda realidad de su verdadera situación. Inclinándose levemente, partió inmediatamente y justo detrás de Lethralmir, y no estaba de mejor humor que cuando entró en el pabellón.

- Espera... - dijo llamando a Malbeth, a varios metros de distancia tanto de la tienda del príncipe como de la imponente figura de Korhvale, - ... me gustaría hablarte, Lethralmir. -

El elfo de negra cabellera se giró. Estaba de camino a su propia tienda, decidido a llamar a un par de las doncellas que Ithalred había despreciado. Permitió a Malbeth que se le acercara antes de darle una respuesta.

- No tengo nada que decir, - le dijo al embajador, aún molesto por el trato del príncipe.

- Entonces simplemente escucha, - contestó Malbeth, mientras conducía del hombro al maestro de la espada hacia el lateral de una de las tiendas. Una vez fuera de la vista de Korhvale, lo asió del brazo y lo acercó hacia el.

- No pienses que tus descarados intentos de sabotaje van a pasar inadvertidos,  - dijo Malbeth, con la mirada endurecida.  - Desconozco los motivos, pero te voy a detener... ahora. Y tú harías bien en permanecer alejado de Arthelas, - le advirtió.

Lethralmir se puso rígido al escuchar su nombre. Sus ojos azul zafiro eran como el diamante mientras estaban fijos en el embajador, con su oscura sonrisa imperturbable como si estuviese esculpida en hielo.

- Tu comportamiento hacia ella es indecoroso, - continuó Malbeth. - He cerrado los ojos a esto durante mucho tiempo. Y tampoco pienses que Ithalred va a continuar haciéndolo. El príncipe no tiene deseos de ver a su hermana mancillada por alguien como tú. Sus dones, sus visiones... son preciosas. te lo digo, Lethralmir. -

- No, - susurró el elfo de cabello negro mientras agarraba de los ropajes a Malbeth, con todo rastro de su sarcástica vanagloria evaporada... malicioso, como bilis sin diluir. - Aquí yo soy el único que va a decir las cosas. ¿O quieres que revele tu verdadera naturaleza a tu príncipe, a su preciosa porcina barbuda? - Se burló con odio, aunque su expresión delataba su miedo.

Malbeth aflojó su agarre, con un repentino temor crepitante por el descubrimiento sacudió su determinación. No era una amenaza vana. Ahora había ira en sus ojos, la misma furia impotente que había estado desde hacía tantos años...

Malbeth a´un lo mantenía sujeto, mientras recordaba la primera ocasión en que sus espadas se cruzaron, bajo las copas de los árboles de la villa de su tío en Eataine, las pálidas paredes de arenisca salpicadas de oscuridad, Elethya muriendo en sus brazos. Su sangre caliente fue un bautismo para la rabia y la angustia que se manifestarían en Malbeth. Y al igual que aquellos sentimientos que tanto había combatido por refrenar, la furia que yacía en su alma maldita acabó por salir a la superficie como una tempestad. Lethralmir vio los ojos del embajador, le vio mirar la daga enjoyada que llevaba el maestro de la espada en su cinturón.

- Adelante... - dijo el elfo de negra melena, haciendo una mueca con los labios, - ...hazlo. - Lethralmir soltó la túnica de Malbeth, dejando caer su brazo a modo de sumisión. - Abandónate. -

Sería fácil... Elethya... muriendo en sus brazos...

Malbeth le dejó ir, y luego se dio la vuelta y se marchó en dirección a su tienda sin pronunciar palabra alguna.

Lethralmir se atusó los ropajes, dejando escapar un largo suspiro mientras intentaba dejar de temblar. Se dijo a sí mismo que era debido a la rabia, pero en verdad estaba atemorizado; atemorizado de lo que Malbeth podía haberle hecho de haber empujado. Podía resultar útil, pensó, si lo canalizaba adecuadamente.

Mientras recobraba la compostura se las arregló para mostrarse desafiante, y comenzó a otear los alrededores en busca de algún sirviente que pudiera haber presenciado el enfrentamiento con el embajador para fulminarlo con la mirada. Su intención era encontrarse con las masajistas; en estos momentos, sus distracciones serían bien recibidas, pero cambió de idea repentinamente. Pasó de largo de su tienda y se dirigió hacia la de Arthelas.

Malbeth, bastardo, ¿te atreves a amenazarme?

El camino que tomó Ithalred lo llevó de vuelta hacia las estancias de Ithalred y al severo rostro de Korhvale, quien fulminó con la mirada al elfo de cabellos negros mientras se acercaba.

- El príncipe me ha pedido que compruebe el estado en el que se encuentra su hermana, - mintió, con una amplia sonrisa dirigida en dirección a Korhvale. El León Blanco expulsó aire por la nariz de manera furiosa, mientras sonaba el crujir de sus guanteletes de cuero a medida que se volvían puños.

Lethralmir no dejó que se lo pensara y continuó hacia donde estaba esperando Arthelas.

- Estoy aburrido, - declaró Lethralmir al entrar en la tienda, - y te insto a que me entretengas, - añadió mientras se deslizaba por la habitación hasta situarse al lado de Arthelas, que estaba tumbada en un cheslón de madera blanca, tapizado con terciopelo rojo y tallado con la forma de un cisne en reposo. Lethralmir se fijó en los sirvientes que aún había por las periferias con los rostros ocultos tras velos de algodón, que portaban garrafas de plata y enormes abanicos de papel. No había comida en el interior de la tienda; las videntes apenas comían. Lethralmir hizo que los sirvientes se retirasen con una serie de órdenes cortas.

- Por fin solos... - ronroneó una vez se marcharon los sirvientes, dejando caer la insinuación. Se acercó a ella hasta el punto de poder captar su olor y percibió un aroma más intenso que cualquier perfume mientras su ardor se inflamaba.

Arthelas lo apartó de su lado, aunque su protesta carecía de convicción.

- Mi hermano te asesinaría si se enterase de lo que pretendes, - dijo ella, mientras se pasaba el dorso de la mano por la frente en un gesto excesivamente dramático. - Estoy muy cansada, Lethralmir, y no tengo humor para tus insinuaciones esta noche. -

Lethralmir resopló con desdén, y retrocedió.

- Tienes un humor más insoportable que el de tu hermano, - respondió.

- Él es insoportable, - respondió Arthelas, mirando a Lethralmir por primera vez. Había oscuridad en sus ojos, amargura en su voz. - Para el, primero soy vidente y luego soy hermana. El carácter de Ithalred es insoportable porque no le gusta que no le dejen salirse con la suya. Está molesto porque debe escuchar el consejo de Malbeth, porque debe parlamentar con esos enanos. - Ella casi escupía las palabras con los dientes apretados, mientras su fachada casta y elegante se desmoronaba por completo.

Lethralmir volvió a mirar a Arthelas, escuchando sus palabras sin darle sentido alguno mientras se sumía profundamente en sus ojos azules y se perdía en su insondable belleza. Determinado a aliviar el ambiente, se dirigió a la puerta de la tienda por la que había entrado.

- Tengo algo que te hará sonreír, - dijo el mientras sonreía de manera conspiradora a la vez que le hacía señas. Arthelas suspiró con fuerza mientras se levantaba, aparentemente molesta mientras avanzaba. Lethralmir ignoró su histrionismo, mientras abría la puerta de la tienda y hacía un gesto hacia el exterior. - Mira... -

Arthelas suspiró de nuevo, resaltando su impaciencia, pero hizo lo que le pidió. Al observar a través de la tela, pudo observar a Korhvale mientras hacía guardia afuera de la tienda de su hermano.

-No hagas ni un ruido, - le advirtió Lethralmir, mientras el León Blanco miraba en su dirección, pero en ese momento desvió la mirada rápidamente como si se sintiera avergonzado de repente.

- Observa lo triste que es, - dijo Lethralmir con sarcasmo.

- No me gusta la manera en que me mira. -

- El bobo y obediente león, - dijo con burla, revelando sus verdaderas emociones. - Sus empalagosos intentos de ganarse tu favor apenas son poco más ridículos que esos grotescos habitantes de la tierra, - añadió en un tono más serio. - ¿Qué necesidad tienen los asur de recurrir a esos diminutos cerdos? Si Ithalred tuviera agallas conduciría al ejército de Tor Eorfith y expulsaría a las hordas del norte fuera de nuestras fronteras. Aun así, ante la insistencia de Malbeth, - escupió, - persigue esa patética fuerza de esas toscas criaturas y sus crudos comportamientos. ¿Qué piensan hacer, morderles los tobillos a los salvajes del norte? No, no hay nada que temer de los hombres, - dijo carraspeando.

- Yo no estoy tan segura... - dijo Arthelas, tras lo que dejó de complacerle la visión de Korhvale y cerró la cortina de la tienda.

- ¿Por qué? - preguntó Lethralmir. Sus ojos se estrecharon mientras la observaba, y de repente lo comprendió. - ¿Qué has visto? -

En ese momento, toda expresión pareció desvanecerse del rostro de Arthelas, y sus ojos se abrieron como pálidas lunas. El embriagador aroma de su perfumado tocador se había ido; el olor del mar, del aire frío glacial y un sabor salado llegaron en su lugar.

- Nuestros barcos, - comenzó Arthelas con un tono distante, - en llamas sobre el océano... -

- Las Naves Halcón de Hasseled, - susurró Lethralmir, al darse cuenta de lo que ella quería decir. Justo antes de partir hacia el asentamiento enano, Ithalred había ordenado que se erigiera en mar abierto un bloqueo contra los buques de los hombres del norte que los elfos habían visto desde sus atalayas, navegando en el Mar de las Garras. El Comandante Hasseled había sido enviado para liderarlos, evaluar las fuerzas del enemigo y destruirlos si fuera posible. Al parecer, el buen comandante había fracasado.

- Sus toscos buques avanzando sobre las tormentosas aguas... - continuó Arthelas. - Ellos llegan a tierra... los centinelas son solo el principio... -

- ¿Se perdieron las torres de vigía? - siseó Lethralmir.

Arthelas se giró hacia él, vehemente, con un temor exagerado en sus ojos a causa de su visión en el trance.

- Ya están en llamas... todos están muertos, todos ellos. -

Ella lloraba y sus lágrimas surcaban su rostro como un torrente cuando Lethralmir la sostuvo.

- Suéltalo, - dijo con suavidad mientras sujetaba su mano, - suéltalo todo. -

Arthelas le miró a los ojos, y por fin consiguió salir.

- Todos muertos... - sollozó suavemente.

Lethralmir sostuvo su barbilla con gentileza, inclinando la cabeza de Arthelas para mirarse a los ojos. Le acarició el cuello la atrajo hacia sí.

- ¿Qué estás haciendo? - susurró con temor y excitación en su voz.

- Tu hermano no tiene necesidad de un vidente, nunca más. -

- No puedo - dijo con un susurro entrecortado.

- Debes... - respondió Lethralmir con voz ronca, separando sus labios y juntándolos a los de ella...
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