Mostrando entradas con la etiqueta Nagash. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Nagash. Mostrar todas las entradas

jueves, 9 de abril de 2015

¿El Fin de los Tiempos?

Un relámpago cruzó el cielo nocturno, añadiendo por un breve instante un destello de luz a la penumbra en la que se encontraba sumida la cámara bajo la montaña. Sobre un siniestro trono de huesos, el Gran Nigromante despertó de nuevo de su letargo. El resonar constante de los truenos lo había sacado de su meditación, trayendo de nuevo su mente al mundo físico. Una luz verdosa se encendió en las cuencas vacías del Gran Nigromante.

Tanto tiempo... tantos milenios...

Nagash aún se seguía sorprendiendo, miles de años más tarde, de seguir teniendo sueños. Cuando era mortal no solía tener sueños: éstos empezaron tras su derrota a manos de Alcadizaar y los traicioneros hombres-rata. La destrucción de su cuerpo lo relegó a un estado similar a un trance que había durado mil ciento once años. Y soñó. Soñó durante más de un milenio. Y tras su resurrección, volvió a soñar. Su mente vagaba por entre sus recuerdos, y también imaginaba fantasías. Los reinos de los sueños tomaban mil formas: lo que pudo ser, lo que será, lo que nunca fue...

Pero aquella vez no había sido una experiencia agradable. Debía llevar en trance bastante tiempo, quizá incluso varios años, desde que aquel osado saqueador se atrevió a aventurarse en su mismísimo sanctasanctórum. Esta vez el sueño había sido largo, y terriblemente vívido en su complejidad.



¿El Fin de los Tiempos? Se paró a pensar en el largo periplo soñado. Los recuerdos se escurrían por su mente como la arena en un puño, de modo que empleó el poder de los vientos de la magia para fijar su memoria. Poco a poco, repasó los recuerdos que pudo retener de su extraño sueño. Y comenzó a quedarse perplejo. Algo no cuadraba. ¿Algo...?

Recordaba estar muerto. ¡Muerto! Como si hubiesen destruido su forma física una tercera vez. ¡Lo que faltaba! Escuchó a Arkhan susurrar algo acerca de la intrincada magia de la Espada cruel... ¡Patrañas! De alguna manera, Arkhan y Krell se habían aliado con el traicionero hijo de Vashanesh, Mannfred; juntos, recuperaron su Corona y lo resucitaron.

¡Ulthuan, la isla de los malditos elfos, se hundía bajo las olas! ¡Y las fuerzas del Caos barrían sin dificultad el Imperio de los bárbaros del norte, fundado por Sigmar tiempo atrás! El mismo Vórtice se colapsó, y los vientos de la magia invadieron el mundo.

Recordó arrancar del portal del norte la misma esencia de Shyish, el Viento Amatista. Definitivamente, sus fantasías estaban descontroladas. ¿Arrancar uno de los ocho vientos y almacenarlo en su cuerpo? En parte, su ego quedó satisfecho cuando doblegó Nehekhara en muy poco tiempo. ¡Ah, si fuese tan fácil!

En sueños, había sobrevolado el mundo con su visión bruja. En el nuevo mundo, los repulsivos hombres-rata y los reptilianos siervos de los Slann se aniquilaban mutuamente. Las fortalezas de los enanos, que habían permanecido ante el invasor durante más tiempo que la propia Nagashizarr, caían ante los pielesverdes y los sucios skaven en cuestión de semanas. El Imperio perecía cuando la avanzadilla de los Poderes Oscuros hizo su aparición en sus tierras. La misma civilización de los elfos colapsó, y forzó a un armisticio entre los druchii y los asur.

Pero aquel joven hechicero elfo, que tanto le recordaba a cuando estaba aún vivo, tenía un plan. Separó los vientos y se los entregó a mortales. Por alguna extraña razón, esos mortales no fueron instantáneamente consumidos por la energía mágica desatada. Pero hacía ya rato que había suspendido completamente su incredulidad: si habían separado los ocho vientos, ¿por qué no atarlos a mortales? Si incluso Sakhmet, la Luna Verde, había caído del cielo...

Al frente de sus reducidas huestes no muertas, el Gran Nigromante se vio acompañado de los ejércitos de sus aliados: los restos de los ejércitos élficos; los herederos de Sigmar, que luchaban bajo la atenta mirada de su patrón encarnado a lomos de un grifo; los últimos guerreros enanos comandados por un brujo humano; un grupo de belicosos pielesverdes... Un sonido siniestro parecido a una risotada escapó de la momificada garganta de Nagash al pensar en tal inverosímil alianza.

Pero, por alguna razón, todo fue mal. Las fuerzas del Caos presentaron batalla contra la inverosímil alianza en las ruinas de una ciudad Imperial. Pero era absurdo, ya que unos brujos del caos habían preparado un ritual para abrir una brecha en la misma realidad, un tercer portal del Caos.

¿Un tercer portal? ¿Un grupo de ignorantes y barbáricos brujos del Caos iban a realizar en sólo unas horas la titánica tarea que a los mismos Ancestrales les llevó eones?

Imagen sacada de AQUÍ


Por supuesto, el portal succionó toda la materia. Y el mundo desapareció: todo aniquilado, barrido en un instante. Y se acabó el mundo.

Una extraña sensación recorrió el cuerpo muerto de Nagash, una sensación que no sentía desde que era mortal. Un escalofrío. ¡Qué ridículo! ¡Qué vacío de lógica y de contenido! Su fantasía onírica se había vuelto completamente disparatada. ¿Por qué habría soñado tamaño despropósito?

Observó su salón del trono, sus sirvientes no muertos realizando las rutinarias tareas de mantenimiento y vigilancia de su fortaleza. Por el gran ventanal, entre las nubes de tormenta, pudo ver el resplandor verdoso de Sakhmet, la Luna Verde. Y su viejo cráneo mostró un rictus siniestro, vagamente similar a una sonrisa.

El mundo no se había acabado. Sólo había sido un terrible sueño.


viernes, 5 de diciembre de 2014

jueves, 11 de septiembre de 2014

Guerra en color: ¡Nagash!



Anoche por fin terminé de pintar a Nagash, Señor Supremo de los No Muertos, y he de decir que ha sido una grata experiencia: la miniatura es enorme, y tiene numerosos detalles interesantes para pasar el rato con los pinceles. Sigo pensando que 85 euros por una miniatura de plástico (aunque mida 25cm de la peana a la punta del báculo) es una exageración, pero ha sido un capricho. Aún no he barnizado la miniatura, ya que siempre que hago fotos, encuentro algún detalle que remendar, de modo que si veis algún fallo, decídmelo.

Os dejo con las fotos (abrir las imágenes en una pestaña nueva para ver en tamaño original):











Comparativa de tamaño con la antigua miniatura de Nagash


martes, 2 de septiembre de 2014

El regreso del Gran Nigromante



Por fin, tras más de una semana tras el lanzamiento, os voy a hablar de Nagash y del Fin de los Tiempos. En primer lugar, decir que el hype ha podido conmigo, y he sido víctima de un estacazo por parte de GW: 85 euros que me ha costado el Gran Nigromante. Bueno, dije que no volvería a comprar una miniatura de GW hasta que volviesen a sacar a Nagash, así que de momento todo correcto.

La miniatura es espectacular. Es ENORME, 25 cm desde la peana a la punta del Báculo del Poder. Y me encanta. Me gusta mucho. Pero... y aquí vamos con la lista de "peros":

-Desearía que se hubiese parecido más a la portada de la tercera novela de Nagash.



-El yelmo es demasiado grande para mi gusto, no sé si será un guiño a la antigua miniatura y su corona gigante, o es que su asesor estético es un enano del Caos, pero me parece un yelmo desproporcionado.

-La Armadura Negra no le cubre el abdomen. Se trata de una armadura completa, y ya sabemos todos que Nagash es un muerto viviente, no hace falta dejarle la tripa al aire para que se vea su condición de no-vivo.

-No se puede montar con la Espada Mortis en la mano derecha y el Báculo del Poder en la izquierda, como la miniatura clásica (bueno, sí se puede, pero es complicado).

Y aparte del exagerado tamaño y del exagerado precio, esos son los "peros". Estoy pintando la miniatura, y la verdad es que es una delicia, plagada de detalles. Estoy bastante satisfecho, y pensé que nunca volvería a decir algo así de un producto de GW...

Y ahora vamos con el Fin de los Tiempos:

¡Nagash resucita! Pero... ¡Es que no estaba muerto! Nagash resucitó en el año 1681 del calendario Imperial (No muertos 4ª edición, página 31; Condes Vampiro 7ª edición, página 30; y este relato de Bill King), y estaba en Nagashizarr recuperando fuerzas. Pero ahora resulta que no, que Nagash resucita ahora, en el Fin de los Tiempos, con un nuevo cuerpo (¡hecho a partir de los restos mortales del Hada Morgiana, la hija de Finubar, Volkmar el Gran Teogonista y la Espada Cruel de los skaven!), y trata de ascender a la divinidad. Por cierto, que ha recuperado su Corona, pero sólo es una línea en la historia. Como si Sauron recuperase el Anillo único y lo guarddase en un cajón.

Toda la historia rebosa de muertes de personajes especiales (como Juego de Tronos tiene éxito, hay que imitarlo. GW ha hecho eso siempre), y nos deja a un Nagash a punto de ascender a la divinidad para enfrentarse a la amenaza del Caos, y a Valten luchando codo con codo con Vlad von Carstein para frenar la invasión del Caos en el Imperio. Ah, sí, Balthazar Gelt es ahora un nigromante, y Heinrich Kemmler se ha pasado al Caos.

Admito que es una locura, y que algunas cosas parecen un poco forzadas, pero espero ansioso ver qué traen los dos libros del Fin de los Tiempos que quedan por salir. A ver qué pasa...

Mañana os hablaré del nuevo ejército de Legiones no muertas.

lunes, 1 de septiembre de 2014

¡De regreso!

¡Ya estamos de regreso! ¡Igual que el Gran Nigromante, el mismísimo Nagash, después de 20 años!

Han cambiado parte de la historia original de Nagash, e incluso de las novelas, y tengo mucho de qué hablar, pero tengo una tarea por delante, de modo que mañana hablaré sobre la resurrección de Nagash. Os dejo con una foto de la "tarea" (y sí, lo que se ve detrás es un Trygon...)


viernes, 11 de abril de 2014

Mil entradas, mil años



Hola a todos. Esta entrada es un tanto especial, ya que se trata de la entrada número 1000 de la Biblioteca, y quería dedicarla al personaje que da nombre a la Biblioteca: Nagash el Negro, el Gran Nigromante, Señor Supremo de los No Muertos, Rey Imperecedero y demás títulos. El nombre del blog es en honor de este gran personaje de Bill King, y se merece la entrada número mil.

Nagash, el Gran Nigromante, es un personaje creado por Bill King, el escritor que dio forma y vida al mundo de Warhammer (otro día hablaré sobre el gran Bill King), y desde su primera aparición, en el libro de ejército de los no muertos de 4ª edición, estuvo destinado a la grandeza. La historia de Nagash es un relato de horror y muerte, y también de voluntad. De pura voluntad humana luchando contra sus limitaciones, contra su destino. De todas las fuerzas oscuras que hay en el mundo de Warhammer, los legados de Nagash son los únicos que no acatan la firme voluntad de los Poderes Ruinosos del Caos. Siguen su propia senda de corrupción, impulsados por su oscura voluntad.

Y de voluntad va la cosa. Nagash, en vida, era un simple humano. Bien cierto es que era hermano del Rey de Khemri, pero su negativa a servir a los dioses de Nehekhara y su firme deseo de no morir lo llevaron a gobernar todo Nehekhara con mano de hierro durante dos siglos. La firme voluntad de Nagash se impuso a la de sus tutores druchii, y por medio de engaños y chantajes, aprendió de ellos los rudimentos de la magia oscura. Combinados con sus conocimientos de sacerdote, creó algo completamente nuevo: el arte de la nigromancia, con lo que puso de rodillas a las ciudades-estado de Nehekhara.

Finalmente, Nagash fue derrotado por una coalición de las ciudades-estado, y por las múltiples traiciones de hombres más débiles que miraban con horror en qué se convertiría Nehekhara bajo el reinado eterno del Gran Nigromante. Solo y herido, se dirigió hacia el norte. Allí, a orillas del Mar Amargo, descubrió la abn-i-khat, la piedra ardiente. Con su pura fuerza de voluntad, consiguió dominar las poderosas energías del Caos que emanaban de la piedra bruja. Y prosperó.

Venció a las tribus bárbaras de la zona, y transformó Agha-Nahmad, la gran montaña de los pesares, en Nagashizarr, la mayor fortaleza del mundo. Con su fuerza de voluntad creó un reino de muerte en la zona. Batalló a los insidiosos skaven que invadieron su fortaleza, y los venció. Creó su armadura y su corona con gromril, plomo y piedra de disformidad, deteniendo la fuga de energía de su marchito cuerpo para siempre. Realizó el Gran Ritual, el más potente hechizo jamás desatado en el mundo, de un poder tal que hizo palidecer la creación del Vórtice en Ulthuan. Reanimó a los muertos de todo Nehekhara y los ató a su voluntad.

Y de nuevo fue vencido, en el apogeo de su poder, por la traición. Fue vencido por el último habitante de Nehekhara que seguía con vida, el rey de Khemri, Alcadizaar, ayudado por los insidiosos skaven.



Pero no murió. Nagash había vencido a la muerte con su voluntad, y se negó a morir. Mil ciento once años después regresó al mundo, en su Gran Pirámide de Khemri. Había perdido su corona, y con ella gran parte de su poder. Su búsqueda del poderoso objeto mágico lo llevó a enfrentarse con Sigmar, el Hombre-Dios, y los ejércitos de los muertos vivientes causaron una devastación en el naciente Imperio mucho mayor que los pielesverdes o las hordads del Caos. Nagash hirió gravemente a Sigmar, que nunca llegó a recuperarse. Pero, una vez más, fue vencido por un poderoso arma mágica blandido por un héroe desesperado. Al igual que la Espada cruel blandida por Alcadizaar había acabado con él más de  mil años antes, Ghal Mharaz, el Martillo de Sigmar, destruyó la forma física del nigromante.

Y pasaron de nuevo más de mil años. Mil ciento sesenta y seis, exactamente. Durante la Gehemisnatch del año 1681 del calendario Imperial, Nagash regresó de la muerte, en su Pirámide Negra. Desde entonces, ha hecho planes y ha meditado sentado en su trono en Nagashizarr, aguardando su momento. Ha guiado sutilmente a sus legados, y poderosos paladines de la no muerte como Heinrich Kemmler o Mannfred Von Carstein cumplen la voluntad del Gran Nigromante por el mundo.

Un día, Nagash se levantará de su trono para volver a tomar su corona. y el mundo temblará. La perdición del mundo no llegará del lejano norte, sino de debajo de la tierra, cuando los muertos se alcen de sus tumbas para reclamar el mundo para su señor, el Rey Imperecedero.

"Despertad, oh muertos, que aquí ya no hay reposo bajo la tierra.
Dejad que los huesos astillados surjan de los ataúdes de los cementerios.
Dejad que los fríos dedos cojan las armas oxidadas por el tiempo.
Y que las cuencas sin ojos contemplen de nuevo los campos de batalla.
Porque vuestro momento ha llegado una vez más.
¡Que los muertos vuelvan a caminar sobre la tierra!"


¡Muchas gracias a todos, y a por mil entradas más!

miércoles, 27 de febrero de 2013

Leyendas Warhammer: Nagash, el Gran Nigromante



"Cuando era pequeño, mis nodrizas utilizaban su nombre para asustarme y que me fuese a dormir a la cama. No hay niño en el Imperio que no conozca y tema a Nagash, el Hombre del Saco. Los historiadores y los magisters saben muy bien que es algo más que una leyenda. El mismo rey-dios Sigmar se enfrentó a los horrores del Gran Nigromante en los albores de la historia del Imperio, y pese a que obtuvo la victoria frente a las hordas de muertos vivientes y abatió al Señor de la Muerte, fue su victoria más vacía, pues perdió todo aquello que amaba. El Gran Nigromante logró lo que no habían conseguido las hordas pielesverdes ni las huestes del Caos, devastando el naciente Imperio y causando una terrible herida al rey-dios que este jamás pudo curar. Aunque aún queden sus legados, los malignos vampiros y nigromantes, por suerte el mundo está ahora a salvo de Nagash."
EMPERADOR KARL FRANZ

"Nosotros no olvidamos, y no perdonamos. En el Gran Libro de los Agravios hay numerosas anotaciones contra Rik-Uzkul, el Señor de los Huesos de los Muertos. Batallamos contra sus legiones de muertos vivientes a las orillas del mar Amargo más de mil años antes de la fundación del Imperio de los Hombres, y fuimos derrotados, aunque en aquella época nuestro Imperio era muy poderoso y vasto. Supimos de su destrucción a manos de Alcadizaar, el último gran rey del reino humano de Khemri, la ahora baldía tierra de los Muertos. El maligno brujo regresó de entre los muertos, y fue vencido por Ghal Mharaz, blandido por Sigmar. No hemos borrado las anotaciones en el Dammaz-Kron, pues las sacerdotisas de Valaya vieron en las runas que no había llegado aún su momento. Seguramente acecha en la oscuridad, reunido fuerzas. Sólo espero que estemos preparados si regresa."
ALTO REY ENANO THORGRIM, CUSTODIO DE AGRAVIOS

"Las leyendas cuentan que aprendió la magia de un grupo de los nuestros, hace ya miles de años. Parece que aprendió bien. Su férrea voluntad lo llevó a forjarse un sendero en la oscuridad sin ir de la mano de los Poderes Ruinosos. Como mi pueblo. Aunque no sé por qué mi madre siempre se ríe cuando hago esta afirmación..."
MALEKITH, EL REY BRUJO

"Hasta el más necio e iletrado de los habitantes del Imperio han escuchado historias acerca de Nagash. En las escuelas de la magia y en las academias de la historia se enseña la verdad. Cuando vi que un humano, como cualquiera de nosotros, fue capaz de dominar los ocho colores de la magia, comencé a plantearme si lo que nos enseñaban era correcto. El edicto de Teclis sólo pretende coartar el poder de los hechiceros humanos, impedirles llegar a su máximo potencial encaminándolos en sólo uno de los ocho colores. Gracias a las historias sobre el Gran Nigromante conocí la verdad y rompí mis propios límites. Poco después, mis rezos al Que Transforma las Cosas comenzaron a ser escuchados."
EGRIMM VAN HORSTMANN, HECHICERO DE TZEENTCH

"Medité sobre eso mientras bebía un sorbo de vodka. El ardiente líquido me calentó la barriga, pero no logró quitarme el helor del corazón. El Gran Nigromante, pensé, un ser que había luchado contra el hombre-dios Sigmar entes de que se fundara el Imperio y que, si debían creerse las oscuras leyendas, era responsable del exterminio de toda una nación durante las eras del amanecer del mundo. Nagash era, según decían todos, el más poderoso hechicero que el mundo había conocido, un nigromante que había dominado los más oscuros secretos de la vida y de la muerte. ¿Quién sabía qué instrumento de maldad definitiva había sido capaz de crear?"
FÉLIX JAEGAR, AGITADOR Y POETA



"Si realmente existen seres divinos, el Señor Supremo de los No Muertos es lo más parecido a ellos. Cuando sus libros y escritos llegaron a mi poder avancé en pocos meses mucho más que durante todos mis años previos de experimentación mágica. A él le debemos el regalo de la vida eterna, la bendición de la no muerte, la posibilidad de dominar el mundo. Pues esa es su voluntad, y así será la nuestra, hijos míos."
WSORAN, FUNDADOR DEL CLAN NECRARCA, ESCRITOS

"No puede ser de otra forma, pues es la voluntad de Tzeentch. De algún modo aún incomprensible, Tzeentch permite la existencia de su anatema, la inmutabilidad de la no muerte frente al glorioso cambio eterno. Ningún humano ha podido esclavizar a su voluntad a mis hermanos, los Señores de la Transformación, salvo el llamado Gran Nigromante. Sé que hay una razón para esto... pero sólo Tzeentch, en su infinita sabiduría, la conoce."
AMON'CHAKAI

"Duerme. Descansa sentado en un trono hecho de huesos, en la oscuridad. Medita  y recupera fuerzas lentamente. He visto su Corona en mis sueños, he visto cómo dominaba a uno tras otro en su camino hacia el sur, para reunirse con su legítimo señor. Si el oscuro artefacto llegase a manos de su creador de nuevo, el mundo se vería sumido en una marea de oscuridad y muerte, pues todos los cadáveres ambulantes que plagan el mundo se inclinarán sumisos ante su siniestra presencia. Y mientras la Tormenta del Caos ruge con fuerza, sus peones acechan en las sombras, esperando un momento de debilidad de los que respiramos. Debemos estar prevenidos."
TECLIS, SEÑOR DE LA TORRRE BLANCA

"Maldito sea su nombre por toda la eternidad. Que los espíritus de aquellos que murieron por su culpa lo atormenten incesantemente. Que las maldiciones de todos los dioses caigan sobre su cráneo. Que pague eternamente en los infiernos de Djaf por lo que le hizo a Nehekhara."
SETTRA, REY DE KHEMRI

"Lo llamamoz La Púztula de Morko, y loz chamanez kuentan hiztoriaz zobre un tiempo muy antiguo, kuando ze juntó kon loz hombrez rata para zekueztrar a muchoz de loz nueztroz. Loz chamanez hablan de ezpírituz ke Gorko y Morko no pudieron volver a meter en otroz kuerpoz traz zu muerte porke el tal Nagazh ze komió ezoz ezpírituz. Ya zé ke todo el mundo tiene ke komer, pero komerze ezpírituz de loz chikoz eztá mal, muy mal. Una koza ez matarnoz, pero ezo... No kiero penzar en ello."
SKIGGIT, EL GOBLIN NEGRO


miércoles, 4 de julio de 2012

La trilogía de Nagash

Hace un mes, más o menos, me hice por fin con el tercer libro de la trilogía de Nagash de Tiempo de Leyendas, y desde entonces tengo ganas de hablar sobre esta trilogía en el blog. Los que seguís la Biblioteca con una cierta frecuencia ya sabéis que Nagash es uno de mis personajes favoritos de Warhammer, y que incluso da nombre al blog (uno de los títulos de Nagash es "El Gran Nigromante").

Nagash apareció por primera vez mencionado en la caja básica de la 4ª edición, en la tarjeta de objeto mágico "La Garra de Nagash". Poco después, en el suplemento "Warhammer Magia de Batalla" aparecía un segundo objeto mágico relacionado con el Gran Nigromante: La Corona de la Hechicería. No tardaríamos en ver el libro de ejército de los No muertos (el primero y último que tuvieron con ese nombre), en el que por fin apareció Nagash y se ganó su lugar de honor en el mundo de Warhammer de la mano de Bill King. En este libro, del que he hablado en innumerables ocasiones, el genial Bill King narró la historia de este personaje con un relato inusualmente largo para un libro de ejército que a día de hoy sigue siendo recordado por muchos aficionados (podéis veer este relato AQUÍ).

Nagash acabó desapareciendo de los campos de batalla para quedar en la leyenda, en el imaginario colectivo, cuando salieron los libros de Condes Vampiro y Reyes Funerarios. Pero la leyenda había quedado grabada a fuego en la historia del mundo. Nagash había intervenido en demasiados asuntos, había dejado su huella.



Años después la Black Library publicó el primer libro de la trilogía de Nagash, en su serie "Tiempo de Leyendas". Obviamente, me hice con él. El autor (Mike Lee, aue había colaborado en Demon: the Fallen) hizo una buena labor con el primer libro, la parte de la historia de Nagash que menos había desarrollado Bill King en el relato original. Khemri y toda Nehekhara perdieron el carácter tan marcadamente "egipcio" que tenían para pasar a ser una extraña mezcla de las polis griegas con el antiguo reino de Khem (sí, Egipto, en Egipcio, se dice "Khem". ¿A que son originales los de GW?). La novela tiene una calidad sorprendente (en comparación con otras novelas de la Black Library, claro: no me atrevería a compararlo con Canción de Hielo y Fuego), y crea una civilización bastante creíble. Particularmente me encanta el tratamiento que Mike Lee le da al personaje de Arkhan el Negro, y cómo muestra unas relaciones políticas entre las ciudades-estado bastante plausibles.

El segundo libro se me hizo corto (es el más corto de los tres), y narra la llegada de Nagash a Pico Tullido y el comienzo de su imperio de la muerte, mientras que la narración nos lleva también a Lahmia, a Neferata, a Abhorash, a Uhsoran y a Wsoran (y se da alguna pista sobre el misteriosísimo Vashanesh).

Finalmente, en el tercer libro encontramos la mayor parte de la "chicha" de la trilogía. Si bien me gustó bastante el modo en el que Mike Lee trata la guerra de Nagash contra los Skaven, el personaje de Alcadizaar o la caída de Lahmia; y me encató cómo trata la naturaleza muerta viviente de Nagash (claro, ser inmortal está muy bien, pero nadie dijo que ibas a dejar de pudrirte, amigo xD) detecté unas cuantas incorrecciones, o quizá debería decir inconsistencias, con el relato original de Bill King. Una es la propia espada de Nagash, Mortis, la Gran Espada de la Muerte. En el libro de No muertos de 4ª edición nos dicen, claramente, que "el propio Nagash forjó esta espada, y nadie más puede usarla". Sin embargo, en la novela nos dicen que Nagash la encontró en las profundidades de Pico Tullido. La otra es el Báculo del Poder, poderoso artefacto creado por Nagash para almacenar la energía de los vientos de la magia, que ni siquiera aparece en la novela.

Pero, salvando esos detalles, las novelas merecen la pena. Me han gustado, y es más de lo que puedo decir de la mayoría de las cosas que saca últimemente GW.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Azhag y la Corona de la Hechicería

El olor que emanaba la guarida del troll del Caos era repugnante, incluso para las pocas exigencias orcas. Azhag ya se había acostumbrado al olor de carne podrida y vómito de troll, pero el olor que emanaba de un troll del Caos era totalmente diferente. Era nauseabundamente dulce, y el kaudillo orco luchaba por evitar vomitar su última comida.

Azhag y su pequeña tribu se habían visto obligados a internarse en el Territorio Troll, donde habitaban bandas de mutantes del Caos. Aprovechando el refugio que les brindaban las cuevas, habían enviado una partida de exploradores para que examinaran los oscuros túneles que partían desde la entrada principal de la cueva, pero no habían regresado. Esa noche el troll del Caos se había arrastrado cautelosamente hacia la cansada banda orca y los había devorado uno a uno, excepto al propio Azhag, que había probado ser un oponente demasiado duro para la bestia y lo había perseguido de vuelta a su guarida. El troll del Caos se encontraba arrinconado, aunque seguía luchando con resuelta ferocidad.

Azhag retrocedió de un salto justo a tiempo de esquivar las afiladas garras de la enorme criatura negra, que le pasaron a tan sólo unos milímetros de su rostro. La mayoría de sus guerreros habían muerto desgarrados por aquellas mismas mortíferas garras. Mientras el troll intentaba clavarlas en la garganta de Azhag, el fornido orco aprovechó la oportunidad para atacarlo. Balanceó su rebanadora describiendo un amplio arco y la hundió en un brazo del troll.

La criatura emitió un alarido de salvaje dolor, pero la hendidura que había hecho la rebanadora de Azhag comenzó a cerrarse y, al instante, cesó de manar sangre. Encolerizado por la herida, el troll volvió a lanzarse sobre Azhag con sus potentes garras intentando alcanzarle en la cabeza. Azhag levantó el escudo y las afiladas garras traspasaron el metal. Un pensamiento cruzó por la mente de Azhag; quizá se había precipitado un poco al perseguir al troll. Ahora la bestia se encontraba arrinconada y luchaba por su vida y no por la cena. Como si el troll pudiera leer sus pensamientos, aumentó el furor de su ataque. Un golpe tras otro cayó sobre el escudo de Azhag, haciendo cada vez más agujeros en el metal. El kaudillo orco retrocedió un paso en un intento de evitar aquella lluvia de golpes pero, en su precipitación, resbaló y cayó al suelo.

El troll se alzó sobre él con los brazos levantados, preparados para asestar el golpe de gracia sobre el cráneo del orco. Azhag supo que había llegado su fin; había encontrado un digno oponente. Ahora experimentaría el mismo destino que aquellos que habían luchado y caído bajo sus despiadadas manos. Entonces, una voz le susurró suavemente al oído. Era como si la voz le hablase desde el interior de su cabeza. "Él está débil", dijo la voz. "Piensa que tú estás acabado; aprovecha el momento".

Azhag empuñó su rebanadora y hundió la hoja en el pecho del troll que, lentamente, retrocedió del lugar donde se encontraba el orco con la hoja empapada hasta la empuñadura y, con un gran estrépito, se desplomó muerto en el suelo.

Azhag permaneció de pie mirando al troll en el suelo y, a continuación, se dirigió a una esquina de la cueva. La voz le atraía hacia allí. Sobre una pila de huesos roídos y cráneos rotos había una corona incrustada. "Ponme sobre tu cabeza, gobiérname y tuyo será el poder". Los susurros ahora eran más altos, y un pensamiento le hizo apresurarse a recoger la corona y colocársela sobre la cabeza. Mientras lo hacía, la corona parecía apretarse alrededor de sus sienes. "Tuyo es el poder para mandar", continuó hablando la voz que retumbaba en el interior del cráneo del kaudillo orco. Conocimientos arcanos fruto de siglos de estudio y experimentación le asaltaron la memoria. La voz procedente del interior de su cabeza estaba fundiéndose con la suya. Sin entender cómo, Azhag supo que ahora era infinitamente más poderoso. La voz habló de nuevo, y esta vez no le sonó extraña ni desconocida. Era como si siempre hubiese sido parte de Azhag; era la voz de Azhag. "Juntos lucharemos, juntos conquistaremos y juntos reinaremos".

martes, 10 de mayo de 2011

Nagash, el Gran Nigromante (9: Epílogo)

Última parte de la historia del Gran Nigromante. Bueno, no es realmente la última. Este epílogo (también de Bill King, del libro de No muertos de 4ª edición) aparecía al final del libro. Actualmente, según el nuevo libro de Khemri, esto estaría fuera de lugar, ya que Nagash no volvió a resucitar en 1681. Por mi parte, lo considero la mejor parte de la historia. Este pequeño relato se llama "Señor Supremo de los No muertos".


En el exterior soplaban vientos tormentosos. Colosales relámpagos iluminaban el negro cielo nocturno. La brillante superficie del Mar Sulfuroso estaba encrespada y de entre las enfermizas aguas emergían gigantescas cabezas reptilianas. En el interior de la gran fortaleza de Nagashizzar seres no muertos se dedicaban lentamente a sus quehaceres, ajenos al mordaz frió del viento, al mortal frío del ambiente, y ajenos a todo excepto al viejo propósito de la tenebrosa voluntad que su señor les había inculcado hacía mucho, mucho tiempo. Nagash estaba sentado en su trono de cráneos humanos, meditando. Apenas tenía consciencia del rugir de la tormenta. Esta zumbaba entre sus pensamientos como el zumbido de un mosquito, sacándole de su ensoñación y devolviéndole a la realidad que le rodeaba.

Lentamente cobró conciencia de su gigantesca sala del trono, cubierta por los huesos de los que habían pedido compasión pero le habían desagradado. Lentamente reconoció los podridos tapices cuyas escenas sólo él, de todos los seres inteligentes, podía recordar. Gradualmente sintió la presencia de las tenues hebras de energía oscura que desprendían las decenas de miles de criaturas no muertas animadas que había a su alrededor. Para la visión del Gran Nigromante, estas hebras eran como pequeñas llamas que ardían continuamente, visibles a través de los kilómetros de roca que rodeaban su torre. Lentamente detectó que una de esas llamas no brillaba de forma estaba. Era brillante, y tenía varios colores, el rojo de la rabia, el ardiente amarillo del miedo el enfermizo púrpura de la avaricia incontenible.

Si el Gran Nigromante hubiera podido sonreír, lo habría hecho. Hacía mucho tiempo que ningún débil mortal había intentado penetrar en su reino. Se preguntó quien podía ser. Era verdad que el Pozo Maldito estaba repleto de oro y joyas que todos los mortales ansiaban. Después de cuatro largos milenios, Nagash no podía entender que veían en esas baratijas. Las gemas y los lingotes de oro durarían mucho más que la carne de los que los codiciaban. Se trataba de una ambición trivial, insensata. Nagash recordó vagamente la riqueza y lo que ésta significaba para los hombres. Recordó el lujo de su palacio en Khemri y el deseo de satisfacer los sentidos. Incluso entonces había sido diferente de la mayoría de los mortales. Nunca había entendido la verdadera atracción por los tesoros del mundo.

Incluso entonces había sabido lo transitoria que era la riqueza y la fama. Entonces ya sabía que la muerte era el mayor ladrón de todos, y que al final siempre robaría todas sus posesiones. Recordó que entonces había jurado engañar a la muerte, y burlar al mayor de todos los ladrones, aunque al final el precio había sido terrible.

Sus recuerdos revolotearon por su mente como un sueño alucinante. Las imágenes iluminaron vivamente sus pensamientos como el fulgor de un relámpago y desaparecieron. Había visto y hecho tantas cosas que no podía recordar ni una décima parte de ellas. Su cerebro se había podrido por el exceso de piedra de disformidad y por haber regresado demasiadas veces desde más allá de la muerte. Sabía que habían muchos huecos en sus conocimientos y en sus recuerdos. No estaba seguro de querer recordarlos. Había sufrido muchas derrotas y había triunfado muchas veces a lo largo de su extensa no-vida.

El Ladrón estaba muy cerca. Había penetrado en la gran sala y estaba en la puerta, a más de un kilómetro de distancia, atemorizado por la inmensidad de lo que veía. Nagash observó como su aura oscilaba y vio el azul de la resolución dominando al ardiente amarillo del terror. El hombre entró en la habitación, sin saber que la muerte le rondaba. Los recuerdos volvieron a Nagash.

Recordó otro despertar. Recordó salir de un drogado estupor para enfrentarse a su antiguo enemigo, el Rey Alcadizaar. Podía haber sido el momento de su mayor triunfo. Había logrado reanimar un reino entero. El mayor ejército que nunca haya visto el mundo estaba a sus órdenes. En sus garras tenía el poder total. En vez de esto despertó para enfrentarse a la terrible espada que había penetrado su piel, y había causado un dolor atroz en su alma. El triunfo había sido transitorio, como todas las cosas vivas. Dobló su garra metálica, recordando que antaño había sido de carne y hueso. Algunas veces todavía podía sentir el dolor de la amputación, de igual forma que las víctimas de una amputación dicen habitualmente que a veces sienten aún la presencia del miembro amputado.

El ligero sonido del metal sobre la piedra resonó por toda la sala. A Nagash le divirtió la oleada de terror total del intruso. Por unos instantes se preguntó cómo había podido la criatura sortear a los centinelas de la torre. Lo estudió más detenidamente y vio que el humano estaba rodeado de un complicado cascarón de energía.

Nagash estaba curiosamente satisfecho. El humano tenía un talismán lo suficientemente poderoso como para engañar a los sentidos de la mayor parte de sus lacayos No Muertos. Estos eran simplemente incapaces de ver al intruso. El ladrón sostenía en una mano una daga demasiado poderosa para ser empuñada por un mortal normal. Para el Gran Nigromante no era más que un juguete de niño. Satisfecho porque el hombre no llevaba nada que pudiera amenazar su existencia, Nagash decidió dejarlo vivir unos cuantos minutos más. Después de todo, qué podía cambiar en el orden general de las cosas el hacerlo.

El hombre esperó muchos minutos. Permaneció completamente inmóvil, convencido como el conejo ante la serpiente de que la inmovilidad podría salvarle. Nagash casi podía haber tenido piedad de él, si no fuera porque la piedad, como las demás emociones humanas, no era más que un recuerdo ya muy distante. Después de varios minutos la impaciencia del hombre le traicionó y volvió a moverse, haciéndolo muy lentamente, con precaución, atravesando silenciosamente la habitación hasta llegar a pie del gigantesco trono de Nagash. Descansó un instante y miró hacia arriba lleno de esperanza y terror.

Nagash se preguntó brevemente cómo debía verlo el hombre. Era simple curiosidad. Hacía mucho tiempo que había superado la vanidad de la humanidad sobre su aspecto físico. Su forma servía a sus propósitos, y sus propósitos eran causar terror y vivir eternamente. Al fin y al cabo ésta era una de las razones por las que deseaba traer al mundo la gran No Muerte. Cuando todos los seres vivos fueran sus esclavos no vivos, nadie podría amenazarle durante los eones de su larga existencia. Entonces estaría totalmente a salvo del gran ladrón.

Lentamente, paso a paso, el intruso empezó a subir las escaleras. A cada paso, un cráneo humano se deshacía bajo sus pies. Nagash podía ver que el hombre apenas podía contener su miedo, aunque seguía ardiendo. Su avaricia era todavía mayor. El ladrón ya estaba justo frente a Nagash, mirando a la gran figura que medía casi el doble que un hombre normal. Volvió a detenerse, aparentemente dominado por su propia temeridad. A continuación subió al trono e intentó arrancar la enjoyada garra de Nagash de su agostado brazo. Nagash abrió los ojos y miró a la aterrorizada cara del mortal. El hombre gritó, cayó del trono y bajó dando tumbos por las escaleras. El ladrón tenía la habilidad de un acróbata, y bajó rodando para caer sin hacerse daño. Al llegar al pie de las escaleras se incorporó y desenfundó su daga.

Nagash rió suavemente. El sonido salió de su garganta como el susurro de una serpiente venenosa en una tumba del desierto. "Sigmar me proteja", musitó el hombre. Fue el peor momento para decirlo. La mente de Nagash quedó inundada por dolorosos recuerdos. Recuerdos de una de sus mayores derrotas a manos del hombre-dios conocido como Sigmar. En ese enfrentamiento perdió gran parte de su poder y otro largo y doloroso periodo de resurrección. Nagash decidió no perder ni un instante más con el hombre. Volvió la Oscura Mirada contra él.

De los ojos del Gran Nigromante surgieron rayos de Magia Oscura pura, dirigiéndose directamente hacia la encapuchada figura que tenía rente a él. Cuando los rayos alcanzaron al hombre, su piel ennegreció y se agostó, desprendiéndose hasta que el blanco brillo de los huesos empezó a ser visible. La podredumbre progresó rápidamente y las balbuceantes protestas ahogadas en su garganta pasaron a convertirse en un horrible acceso de pus negro que cayó al suelo. Pronto sólo quedó un esqueleto desprovisto de carne. Siguió de pie por pura voluntad durante unos instantes, y después cayó al suelo, mezclándose con los huesos de todos los demás.

Nagash consideró por unos instantes el volver a su larga meditación, pero finalmente disidió que ya había estado demasiado tiempo meditando. Había recuperado gran parte de su fuerza. Tenía muchas cosas que hacer. Lentamente, como un anciano levantándose de su lecho de enfermedad, el Gran Nigromante se levantó de su trono. Reuniendo fuerzas a cada paso, descendió por las escaleras, y atravesó la sala de audiencias, aplastando huesos humanos con cada uno de sus pasos.

lunes, 9 de mayo de 2011

Nagash, el Gran Nigromante (8: Sigmar)

Octavo capítulo de la historia de Nagash, por Bill King. Los hechos aquí narrados transcurren en la novela God King, la tercera de la trilogía de Sigmar (y que, con un poco de suerte, mañana caerá en mis manos). Mañana, la conclusión.


8-SIGMAR
Cubriéndose con una capa negra y protegido por numerosos hechizos de gran poder, Nagash marchó de incógnito hacia las tierras del Norte, decidido a reclamar lo que era suyo. Largo fue el camino, y muchas las batallas que libró durante su duro viaje hacia las frías tierras del Norte. Nagash atravesó tierras donde los robustos Enanos combatían contra Orcos y Goblins, y donde los seguidores del Caos todavía acechaban. Al final llegó a las tierras del recién nacido Imperio . Estableció su residencia en las ruinas de la ciudad Elfica de Athel Tamara, abandonada desde hacía mucho tiempo. Convirtió la ciudad en su base de operaciones, desde la cual exploró todo el Norte en busca de su corona.

Nagash envió mensajeros desde las ruinas para que localizaran al heredero de Kadon. Pero Morath estaba muerto. El hechicero maligno había muerto a manos de Sigmar, y la corona estaba en posesión del primer Emperador. Habiendo sentido su gran maldad, Sigmar no quiso utilizada y la guardó bajo llave en su sala del tesoro, lejos de los ojos que pudieran estar tentados de utilizarla.

Nagash envió mensajeros al campamento de Sigmar reclamando su corona y ofreciéndole riquezas infinitas a cambio. Una gran figura encapuchada, montada sobre un Carroñero, descendió sobre el campamento. Todo el mundo estaba acobardado cuando la oscura figura desmontó y presentó las demandas de su señor con voz de ultratumba. El mensajero estaba rodeado por un hedor a maldad y descomposición, y todos los que le miraban quedaban acobardados, pidiendo a su líder que le entregara la corona. Sin embargo, Sigmar no tenía intención de entregar la corona, y viendo la decidida actitud de su líder, los guerreros cobraron nuevos ánimos. Su alegría acabó cuando el mensajero volvió a hablar, diciendo que eran unos locos que no vivirían lo suficiente para lamentar su decisión. Sigmar levantó su gran martillo Ghal Mharaz y golpeó a la criatura No Muerta. Esta se descompuso sobre sí misma, dejando sólo una oscura capa tras él. Sigmar ordenó que sus restos fueran quemados.

Nagash dedicó muchos meses a reunir sus fuerzas. Con sus hechizos animó legiones de muertos de los cementerios y otras criaturas de la oscuridad acudieron a su llamada hasta formar un poderoso ejército No Muerto. Al fin estaba listo para emprender una guerra contra Sigmar y su pueblo. El gran ejército de muertos andantes avanzó por los bosques del Imperio, matando a todo aquel que encontraban. Los muertos pasaban a engrosar las filas del ejército. Muchos hombres murieron, y otros muchos que huyeron ante el avance del ejército de No Muertos hicieron correr la noticia de la llegada de Nagash. Nagash comprendió la importancia de tener el miedo como aliado. Y los hombres del Norte estaban asustados. Habían derrotado a los Orcos y expulsado a todos sus enemigos anteriores, pero ahora debían enfrentarse a un enemigo que les hacía temblar y parecía invencible. De todos ellos Sigmar era el único que no tenía miedo. Pidió ayuda a sus aliados Enanos, y forjó muchas armas con magia poderosa contra sus enemigos No Muertos.

Los dos ejércitos se enfrentaron en las orillas del río Reik, a finales de la primavera del año 15 Imperial. Era un enfrentamiento equilibrado y que causaría grandes sufrimientos. Los humanos y los Enanos eran tropas decididas, Los regimientos No Muertos de Esqueletos animados y cadáveres andantes avanzaban como autómatas, cada paso perfectamente sincronizado con el ritmo de un tambor de piel humana. Los Carroñeros oscurecían el cielo sobre sus cabezas. Los Vampiros acechaban en la rojiza oscuridad. Los Necrófagos devoraban a muertos y a heridos indistintamente. Los Caballeros No Muertos agarraban a los hombres con su frío abrazo. El ejercito de Nagash cargó y rompió como una ola contra el imperturbable muro de escudos Enanos. Las fuerzas de Sigmar contra-cargaron y empezó un combate cuerpo a cuerpo generalizado que enfrentó a hombres contra monstruos por todo el campo de batalla. Entre todos los muertos andaban dos seres poderosos como dioses. Sigmar dirigía carga tras carga de los hombres Unberogens. Su temible martillo de guerra lehacia una máquina de destrucción viviente, dejando un rastro de muerte tras él mientras atravesaba las líneas enemigas.

Nagash, montado en un gran carruaje negro, se abría paso entre los combatientes, empuñando una negra espada rúnica aullante que sostenía con su garra metálica. Estos dos titanes se enfrentaron en el centro de la batalla. Sigmar saltó sobre el carruaje en marcha, y luchó contra el Nigromante No Muerto. Fue una lucha entre seres con fuerzas extraordinarias que hizo que los dos cayeran rodando del vehículo al suelo. Los dos combatieron durante una hora mientras la batalla rugía a su alrededor. Nagash golpeó a Sigmar en el brazo, causándole una herida envenenada. Notando como le fallaban las fuerzas, Sigmar arremetió en un enloquecido ataque final. El martillo era como un trueno en sus manos. Golpeó una y otra vez al Gran Nigromante, que retrocedió hasta el río. Nagash invocó a sus esbirros más poderosos para que le ayudaran. Los Vampiros atacaron al Emperador. Sigmar golpeó a diestra y siniestra, derribándoles y matándoles de un golpe. Notando la debilidad de su enemigo, Nagash se puso en pie. Sigmar jadeaba delante suyo. Ambos sabían que éste era el duelo final.

Sigmar, aunque herido, atacó de nuevo. Su martillo descendió como un meteoro. Nagash detuvo el ataque y el martillo no le alcanzó. Durante bastante tiempo, los dos forcejearon. Cuando sus armas chocaban saltaban chispas. El atronador sonido de metal chocando contra metal acallaba los gritos de los moribundos. Sus tendones, duros como el acero, empujaban con vitalidad sobrenatural. Los ojos azules y fríos estaban trabados con el interior de unas horrendas cuencas vacías. Al final ganó Sigmar, desarmando al Gran Nigromante y golpeando con su arma la cabeza de su enemigo. 

Al morir el Nigromante, de su cráneo roto surgió una oscura nube que subió como una columna de gas envenenado sobre el campo de batalla; el humo se dirigió hacia el Sur.

Las legiones animadas por su oscura fuerza de voluntad quedaron destruidas. Los Esqueletos quedaron desechos en montones de huesos, los Zombis trastabillaron y cayeron, descomponiéndose ante los ojos de los hombres hasta convertirse en montones de carne podrida. Los Vampiros y los Necrófagos huyeron hacia lo más profundo de los bosques. Al acabar la batalla, Sigmar se tambaleó y cayó.

El hombre dios necesitó varios meses para recuperarse de la herida causada por Nagash, aunque nunca pudo recuperar por completo su fuerza. Por otra parte, el Gran Nigromante necesitó varios siglos para volver a recomponer su forma mortal en su gran sarcófago de Khemri. Había aprendido una amarga lección. En el mundo ya existían poderes comparables al suyo. Decidió ser más cuidadoso la próxima vez. A partir de ese día, ha vivido en Nagashizzar como una pálida sombra de su anterior poder, utilizando una gran red de agentes para hacer cumplir sus órdenes.

Capítulo anterior                            Capítulo siguiente

domingo, 8 de mayo de 2011

Nagash, el Gran Nigromante (7: El regreso de Nagash)

Séptima entrega de la historia de Nagash, por Bill King. Lo narrado aquí ocurre entre la tercera novela de la trilogía de Nagash y God King, la tercera novela de la trilogía de Sigmar (¡y que espero poder agenciarme esta semana!).


7-EL REGRESO DE NAGASH

A la vez que Sigmar fundaba su Imperio, por el Norte circularon extraños rumores sobre el renacimiento de un viejo mal. El Consejo de los Trece creía que había destruido a Nagash. Estaban equivocados: un ser tan poderoso, tan conocedor de la No Muerte, no podía ser eliminado tan fácilmente. Su forma corpórea había sido destruida, pero su espíritu seguía vivo. Espero más allá de la muerte, todavía ligado al mundo por la presencia de su garra, su corona y su tumba. Nagash había planeado hacía mucho tiempo la posibilidad de su muerte, y parte de su espíritu y su poder saturaba su corona, permitiéndole seguir en contacto con el mundo de los vivos. Aunque tardaría siglos Nagash volvería, y al hacerlo, lo haría de la forma más espectacularmente horrible.

Su cuerpo había sido incinerado en los hornos de Nagashizzar. De su cuerpo sólo quedaron unas partículas de fino polvo negro, esparcidas por el mundo. Estas partículas fueron atrayéndose entre sí una a una. A lo largo de los siglos, estos fragmentos minúsculos empezaron a condensarse sobre la Desolación de Nagash, formando putrescentes gotas negras que poco a poco fueron desplazándose centímetro a centímetro por todo el país hasta la Pirámide Negra de Nagash en Khemri. El sarcófago fue llenándose poco a poco (a razón de una gota al año) de este líquido negro, formando una oscura crisálida de la cual renació su maligno ser. Cuando el fluido solidificó, algunas partes siguieron endureciéndose hasta formar huesos. Por encima de este oscuro esqueleto crecieron órganos antinaturales. Trozos de venas como gusanos penetraron en los músculos recién formados. Un siniestro caparazón de piel ósea empezó a cubrir su masa. Sólo la mano derecha, amputada por Alcadizaar, no volvió a crecer. Una fría noche, siglos después de ser derrotado por los Skaven, la tapa del sarcófago se abrió y Nagash surgió de él, renacido una vez más en el mundo.

En el exterior de su tumba, Khemri seguía existiendo. Nagash permaneció de pie sobre su pirámide mientras absorbía energía oscura. Aunque todavía era mucho más poderoso de lo que cualquier mortal podía medir, era una pálida sombra de lo que había sido. Estaba agotado por su largo regreso de la muerte, y porque parte de su poder aún estaba perdido, saturando su corona y su garra. Llamó a los muertos de Khemri, pero estos le odiaban tanto en la muerte como lo habían hecho en vida, y ya no tenía el poder de someterlos a su voluntad como lo había tenido anteriormente. Pudo controlar una parte de los incontables muertos de Khemri, pero los demás se rebelaron, provocando una guerra civil dentro de la más grande de las necrópolis.

Nagash acabó cansándose de esta situación y visitó las otras ciudades de los muertos. En ellas ocurrió lo mismo. Los muertos le recordaban, y le odiaban con un odio extraño y sobrenatural que habían sido engendrado durante siglos. Aunque individualmente ninguno de los Reyes Funerarios podía enfrentarse a Nagash, éste no podía resistir contra la alianza formada contra él. Por segunda vez en la historia de su larga no-vida, Nagash era expulsado de su país natal. Meditó sobre su derrota y decidió que volvería a utilizar la energía de la piedra de disformidad para aumentar su fuerza y vengarse de sus enemigos. Una vez más viajo hacia el Norte, siguiendo el camino que tanto tiempo atrás le condujo a las orillas del Mar Sulfuroso. Esta vez estaba acompañado por un ejército de leales seguidores No Muertos. Cuando por fin llegó a Nagashizzar, comprobó que los Skaven habían ocupado el lugar. Durante años habían explotado la piedra de disformidad, utilizándola para sus propios propósitos hasta haberla extinguido casi por completo. Nagashizzar había pasado a ser una enorme madriguera de hombres rata, aunque relativamente poco poblada ya que en la Desolación de Nagash no crecía nada comestible y tenían que importarlo todo desde las demás guaridas Skaven a cambio de piedra de disformidad.

Nagash llego a las puertas de su antigua fortaleza y exigió que se rindiera. El comandante Skaven de la guarnición le miró y maldijo, insultándole en su propio idioma. Nagash le mató con una palabra, y abrió las puertas de Nagashizzar con otra. Ya que él mismo las había forjado y conocía todas las órdenes secretas a las que respondían. En una noche, las fuerzas de Nagash barrieron el Pozo Maldito y aniquilaron a los sorprendidos Skaven, expulsándoles de la ciudad.

Nagash controlaba su ciudadela, pero inmediatamente quedó preso de una furia incomprensible para ningún mortal, ya que descubrió que los Skaven habían casi agotado la piedra de disformidad. Las instalaciones que había utilizado para refinar, concentrar y purificar la piedra para sus propios fines estaban completamente destruidas. Aunque no estuvieran destruidas, no quedaba suficiente piedra de disformidad para repetir el Gran Ritual. Ignorando los ejércitos enviados por el Consejo de los Trece para recuperar Nagashizzar, el Gran Nigromante empezó a trabajar. Primero trabajó en las forjas, construyendo una garra metálica para reemplazar su perdida garra. Sus huestes de No Muertos tenían instrucciones, bajo su supervisión, para construirla. La garra artificial estaba astutamente elaborada y cubierta por inquietantes runas que hacían imposible mirarla. Era flexible y podía utilizarse como una mano normal, pero era mucho más fuerte. Nagash podía empuñar nuevamente un arma, y crear más artefactos con sus propias manos. Invocó a los espíritus de los muertos y les interrogó sobre lo sucedido, reconstruyendo poco a poco los acontecimientos que habían tenido lugar en su larga ausencia. Supo de la desaparición de Alcadizaar, de cómo había enloquecido y muerto por la corona y la exposición a la Espada de la Muerte Skaven. Finalmente centro su atención en el Norte, donde el heredero de Kadon, Morath, tenía la corona.

Capítulo anterior                                  Capítulo siguiente

viernes, 6 de mayo de 2011

Nagash, el Gran Nigromante (5: La caída)

Llegamos al ecuador de la historia del Gran Nigromante. Con este capítulo llegaríamos al final de la tercera novela de la trilogía de Nagash (Nagash Inmortal, que saldrá a la luz en agosto de este año, en la lengua de Shakespeare).


5-LA CAÍDA 
 
La descarga de energía fue tan grande que no pasó desapercibido en otras partes del mundo. El Consejo de los Trece entendió finalmente las intenciones de Nagash, y sus miembros quedaron aterrorizados. Con los incontables guerreros muertos del Gran Reino bajo sus órdenes, Nagash sería invencible. Ya no necesitaría nunca más la ayuda de los Skaven. Seguramente les haría pagar caros sus anteriores ataques contra su reino. Descubriendo que, de momento, el Gran Nigromante también descansaba, decidieron aprovechar la que podría ser su única oportunidad de detenerle. Pese a que la misión era crucial, no encontraron a ningún Skaven en el que pudieran confiar para dar muerte al Gran Nigromante. Muchos miembros del Consejo dudaban de la eficacia de sus armas para matar a Nagash; otros simplemente temían que despertara cuando entraran en su sala del trono. Todos conocían su temible poder, y nadie quería enfrentarse a él si despertaba.

Finalmente concibieron otro plan. El Consejo reunió rápidamente sus poderes y crearon una espada muy poderosa, cubierta de runas de un poder tan grande que al final serian tan mortíferas para quien la empuñara como para Nagash. Esto no preocupaba al Consejo de los Trece ya que ninguno de ellos pensaba utilizar el arma. Enviaron a sus lacayos más audaces a las mazmorras de Nagash, con el arma dentro de una caja de plomo. Siguiendo caminos secretos, los Skaven llegaron al corazón de la fortaleza del Nigromante. Ningún centinela dio la alarma, y los hombres rata llegaron a la celda donde estaba Alcadizaar cargado de cadenas. Sin explicación alguna, liberaron a Alcadizaar y le mostraron la espada. A causa de la magia del arma, cuando el rey la cogió, sintió el camino que debía seguir para llegar a la sala del trono del Nigromante. Ignorando a los hombres rata que huían, Alcadizaar atravesó los fétidos corredores de la mortalmente silenciosa torre. Finalmente llego a la sala del trono del Gran Nigromante. Avanzo silenciosamente por el suelo de mármol negro hasta llegar frente a la enorme y silenciosa figura de Nagash.
                                      (Portada descartada de Nagash Inmortal)

El fuego de los ojos del Nigromante No Muerto estaba apagado. No se movía. Las runas de su corona no tenían ningún brillo interior. Por unos instantes Alcadizaar se preguntó si eso no sería algún perverso truco, alguna forma nueva de tortura, pero en el fondo no le importaba. Levantó su espada y golpeo describiendo un arco. 

En el último momento, avisado por un sexto sentido, Nagash levantó su brazo para evitar el golpe mortal. La espada Skaven atravesó su muñeca y su garra cayó al suelo. La hechicería que empapaba el cuerpo del Nigromante No Muerto era tan maligna que la mano mantuvo una cierta animación y huyó por el corredor como una gigantesca y horrible araña. Nagash todavía estaba exhausto por el Gran Ritual, pero su poder era enorme. Lanzó terribles hechizos a Alcadizaar que casi arrancaron la piel de su cuerpo. El Consejo de los Trece utilizaba todo su poder desde muy lejos para proteger a su instrumento humano. Utilizaron desesperadamente todas sus fuerzas para desviar los rayos de Nagash. Los labios descarnados del Nigromante emitieron un silbido de frustración. Alcadizaar volvió a atacar, atravesando las costillas de Nagash, y le partió el espinazo. Nagash le arañó con la garra que le quedaba. y agarró a Alcadizaar por el cuello, estrangulándole. Donde las garras del Nigromante No Muerto profundizaron mas, el cuello del hombre acaba manchado de sangre. Nagash le levanto con una mano hasta que los pies de Alcadizaar no tocaban el suelo. No podía respirar, la oscuridad se cernía sobre él, y Alcadizaar intentó frenéticamente liberarse, cortando el brazo del Nigromante a la altura del codo. Cayó al suelo y atacó desesperadamente a Nagash. Las runas Skaven de la espada afectaron finalmente a Nagash, que empezó a perder su vitalidad sobrenatural. Su cuerpo, que había desafiado el paso del tiempo, empezó a convertirse en polvo. Al sentir cercana la victoria, Alcadizaar siguió atacando, partiendo al Nigromante en miles de pedazos. Finalmente, cuando ya no se movía, Alcadizaar cogió la corona de la cabeza de Nagash y salió tambaleándose de la fortaleza. Este era el momento que los Skaven estaban esperando. Sus tropas atacaron rápidamente y llevaron los restos despedazados del cuerpo de Nagash a sus forjas. Cada trozo del Gran Nigromante fue quemado en los fuegos de piedra de disformidad que había utilizado para crear sus artefactos. El único pedazo de Nagash que nunca pudieron encontrar fue su garra, por lo que una parte de Nagash seguía viva.

Con la muerte del Gran Nigromante, muchos de los cadáveres animados por él cayeron, convertidos en polvo. Sin embargo, las energías liberadas por Nagash en la gran invocación eran tan grandes que no pudieron disiparse totalmente. Muchos de los antiguos habitantes del Reino de los Muertos siguieron atrapados en su espectral no-vida, y algunos de ellos regresaron lentamente al lugar que mejor conocían, sus propias necrópolis, donde retomaron una siniestra no vida que era el reflejo de sus días como seres vivos. Así nació el Reino de los Muertos. Algunos siguieron vagando por el mundo, propagando el terror y la desolación por donde pasaban. Sin embargo, por el momento, la amenaza del Gran Nigromante había terminado.

Capítulo anterior                                           Capítulo siguiente

jueves, 5 de mayo de 2011

Nagash, el Gran Nigromante (4: La venganza de Nagash)

Cuarta entrega de la historia del Gran Nigromante, de Bill King.


4: LA VENGANZA DE NAGASH
A lo largo de todos estos siglos, Nagash no olvidó la promesa hecha a los Reyes Sacerdotes de su antiguo país. Quería vengarse, y encontró aliados dentro de su propio país. Los Reyes Sacerdotes que habían estudiado su maligna herencia y que prolongaron sus vidas utilizando su elixir no habían permanecido ociosos. Ellos también habían invocado demonios y experimentado con la Magia Oscura. Los gobernantes de Lahmia avanzaron más allá del elixir. Su sangre quedó infectada con una extraña enfermedad. Siglos de consumo del elixir que prolonga la vida combinados con sus propios hechizos les habían trasformado en algo mejor y peor que un ser humano. Esos seres evitaban la luz del sol y acechaban de noche. No querían comer ni beber, excepto sangre. Sus dientes se habían convertido en colmillos, su piel era blanca como el alabastro y sus ojos eran rojos y brillantes. Eran mucho más fuertes que los hombres mortales. Eran los primeros Vampiros verdaderos. Por la noche se alimentaban de sus propios súbditos. Unos pocos pudieron uniese a ellos en su no muerte.

Los otros Reyes Sacerdotes reunieron una vez más sus ejércitos y se prepararon para la guerra. Los carruajes, tan numerosos que no podían contarse, avanzaban al frente de un gran ejército de arqueros e infantería equipada con lanzas. Los Reyes Sacerdotes también recurrieron a su magia. Tuvo lugar una gran batalla, que los Reyes Sacerdotes vencieron. La población de Lahmia fue esclavizada, las pirámides derribadas, y los Vampiros expulsados. La mayoría huyeron hacia el Norte, y uno a uno llegaron a Nagashizzar, donde fueron acogidos por quien anteriormente había sido su peor enemigo. Nagash observo a estos corruptos inmortales y quedo satisfecho. Ante el tenia unos valiosos paladines para sus ejércitos. Su maldición era un tributo a su horrible genialidad.

Nagash ya había concebido su plan de ataque. Era un plan enloquecido y mortífero. Juro que convertirla todo el mundo en el Reino de los Muertos, en el que nada sucedería ni nada podría hacerse si él no lo permitía. Gobernaría un cementerio tan grande como el mundo, habitado por los muertos sin descanso El primer paso era eliminar a su antigua patria natal. Siguiendo sus órdenes, los Vampiros avanzaron al frente de sus legiones hacia la guerra. Sobre extrañas naves construidas con huesos, la horda No Muerta navegó por el Mar Sulfuroso, atravesando los Estrechos de Nagash hasta el Mar Amargo, denominado así por el veneno que las aguas del Mar Sulfuroso habían arrastrado hasta el. Las legiones No Muertas desembarcaron en el abandonado puerto de Lahmia y marcharon hacia el enemigo.

Nagash subestimo a sus antiguos compatriotas. Durante su ausencia, la Tierra del Gran Río había pasado de ser un cúmulo de ciudades estado a convertirse en un poderoso imperio dirigido por el Rey Sacerdote Alcadizaar el Conquistador. Alcadizaar fue el mejor general de su época y su imperio estaba en la cúspide de su poder. Cuando llegaron los No Muertos, se enfrentaron a la oposición de un estado unificado con un único ejército Además, los hechiceros del Gran Reino habían progresado en el arte de la magia, especialmente en la construcción de armas mortíferas. Contra ellos ninguna victoria podía ser fácil.

Los Vampiros eran hechiceros poderosos y peligrosos enemigos Por donde avanzaban, el terror y el miedo atenazaban al enemigo, aunque no fueran invencibles. El frente de la guerra avanzo y retrocedió. Al principio, las legiones No Muertas avanzaron rápidamente. Después fueron los ejércitos de Alcadizaar los que ganaron terreno; sus carruajes atravesaban las filas de muertos como las guadañas siegan el trigo. Al final venció Alcadizaar, con su gran armadura dorada brillando por la energía mágica contenida y su cimitarra mágica, más rápida que la lengua de una serpiente del desierto. Junto a él luchaba su mujer y auriga, Khalida, que había jurado morir junto a su marido si era necesario. Libraron batalla tras batalla basta destruir la última de las legiones de Nagash, obligando a los vampiros a huir a través del desierto hasta Nagashizzar, para informar a su siniestro señor del fracaso.

La furia de Nagash fue enorme. Maldijo a sus capitanes y lanzo terribles hechizos contra ellos. Hizo que conocieran el dolor para toda la eternidad, y sus aullidos proclamarían sus miserias a todos los hombres. Viendo como estaban las cosas. los Vampiros supervivientes huyeron de Nagashizzar por la noche, dispersándose en todas direcciones para confundir a sus perseguidores. De esta forma, su maldición acabo propagándose por todas las tierras de los hombres.
                                          (Neferata, primera entre los vampiros)

La furia de Nagash se prolongo durante toda una década, en la que siguió maquinando nuevos planes. Odio con fuerza al hombre que le había desbaratado sus planes, e ideo un plan de venganza tan cruel que los propios dioses temblaron y dejaron de observar el mundo. Actuó con cautela. Sus agentes llevaron trozos de piedra de disformidad encantados con hechizos de muerte hasta las fuentes del Gran Rió, corrompiendo los manantiales con su maldad, hasta que el agua coaguló y fluyo lentamente, teñida de color rojo sangre. El pueblo del Gran Reino tembló ante lo sucedido al río que constituía su vida. Uno a uno, todos los habitantes enfermaron y murieron.

Encargo a los Skaven atraer a tribus de Orcos y Goblins desde las Montanas del Fin del Mundo hasta Nagashizzar. Estos no sabían para que propósito quería Nagash a los Orcos, pero cobraron numerosos sacos de piedra de disformidad pura por su servicio.

Alcadizaar estaba sentado en su sala del trono mientras veía como su reino era destruido por un enemigo al que no podía derrotar. La peste iba propagándose por el país. La gente moría con grandes pústulas por toda la piel. Los médicos enfermaban al intentar curar a sus pacientes. Los hombres huían de sus familias, muriendo mientras corrían. Durante algunos meses la Muerte recorrió el país hasta que los muertos eran más numerosos que los vivos, y los cadáveres permanecían pudriéndose por las calles. El ganado recorría los campos sin nadie que lo vigilase, hasta que también moría. Todas las cosas vivas en el Gran Reino enfermaron. Alcadizaar vio morir a sus amigos uno a uno, después a sus hijos, después a su mujer. Alcadizaar era una excepción, como si algún poder maligno lo quisiera vivo. Finalmente quedó solo en su palacio, sentado en su trono dorado, llorando, mientras a lo lejos podía oírse a un infatigable ejército avanzando.

Este ejército apareció cuando todo el mundo había muerto: un gran ejército de muertos. Los pocos supervivientes del ejército de Alcadizaar estaban tan enfermos y demacrados que no podían impedir su avance ni un segundo. Los No Muertos, inmunes a la enfermedad, avanzaban de extremo a extremo del país, y no descansaron hasta haber matado a todo hombre, mujer y niño, e incluso a bestias, pájaros y perros. Todos excepto uno. Capturaron a Alcadizaar en su sala del trono y lo arrastraron cargado de cadenas hasta el Pozo Maldito. Lo arrojaron a los pies del trono de Nagash, ytuvo que enfrentarse a la horrorosa forma del Gran Nigromante en persona.

Nagash explico a Alcadizaar lo que sucedería a continuación: todos los increíbles detalles de su demencial plan. Nagash le contó que pensaba reanimar a todos los muertos del Gran Reino, y utilizarlos como soldados en su plan para conquistar el mundo. Horrorizado, Alcadizaar fue arrojado a una de las mazmorras de Nagash a la espera de los deseos del siniestro hechicero. Las explicaciones de Nagash al rey no eran amenazas vacías. Estaba decidido a seguir con su plan, y podía hacerlo.

Durante un ritual que duró días, consumió cantidades ingentes de piedra de disformidad, hasta que su cuerpo ardía con la energía del Caos, y su sangre quedó saturada. La poca piel que le quedaba ardió, y se convirtió en poco más que un esqueleto viviente con una negra armadura. Los Orcos y los Goblins fueron conducidos drogados desde las mazmorras hasta el negro altar donde uno a uno fueron sacrificados, y sus almas devoradas por el Gran Nigromante para aumentar su poder.

Durante una noche y un día enteros, mientras Mórrsleib brillaba en el cielo, Nagash cantó las silabas de su último y más poderoso hechizo. En las mazmorras, los pocos Orcos supervivientes temblaban y aullaban. Por todo el continente los seres vivos tuvieron pesadillas. En las profundidades del Mar Sulfuroso brillaron luces extrañas. Desde lo alto de su torre, Nagash lanzo al aire puñados del brillante polvo negro. Los fríos vientos lo alejaron de Nagashizzar, cayendo como si fuera lluvia sobre las ciudades y necrópolis del Gran Reino. Por unos instantes todo permaneció calmado. Poco después, los muertos empezaron a moverse por todo el país. Una fría luz verde penetro en miles de ojos podridos. Los cadáveres de los apestados fueron levantándose uno a uno y caminaron. Los muertos se sacudieron el polvo de eones y salieron de sus tumbas. Los guerreros No Muertos montaron en sus carruajes y avanzaron por la embrujada noche. Los Caballeros No Muertos emergieron de sus guaridas, reuniéndose todos los seres inmundos. Los innumerables muertos formaron en disciplinadas filas. Las amortajadas momias de los reyes muertos hacia mucho emergieron de sus pirámides para ponerse al mando de los restos de sus antiguos súbditos. Reanimado por la poderosa voluntad de Nagash, el ejército más grande que jamás ha visto el mundo empezó a converger sobre Nagashizzar.

Exhausto por la gran cantidad de energía que había necesitado para lanzar el hechizo, Nagash entró en un profundo trance sobre su trono. Mientras el ejército de No Muertos avanzaba hacia allí, un silencio sepulcral dominó Nagashizzar. Era como si la muerte hubiera llegado realmente a la capital del Gran Nigromante.

Capítulo anterior                                            Capítulo siguiente
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...