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viernes, 30 de septiembre de 2016

La batalla de la Maisontaal (y 2)

Segunda parte de este relato clásico. Puedes ver la primera parte AQUÍ.




Horrorizado, Bagrian se giró para mirar en dirección al pequeño cementerio situado en las tierras de la abadía, pues varias manos emergían de la tierra húmeda. Los cuerpos de los monjes muertos se levantaron de sus tumbas ante la voz de mando arcana de Kemmler, girando sus ojos vidriosos sin vida hacia los que una vez fueron sus compañeros. La consternación afligió a Bagrian, ya que aquellas acciones tan obscenas no deberían ser posibles en la tierra consagrada de la Maisontaal. ¡El Señor de Nigromantes era realmente poderoso! Los cuerpos putrefactos de innumerables zombis rugían mientras avanzaban tambaleantes hacia los monjes, y la batalla se recrudeció.

Bagrian ordenó a los monjes que entrasen en la capilla de Taal y sellaron la inmensa puerta tras ellos. Sabía que, si los dos ejércitos se aliaban, vencerían a los defensores de la abadía, pero las alianzas no formaban parte de la forma de ser de aquellas criaturas recelosas, malignas y traicioneras. En efecto, la impía alianza rápidamente se deshizo y los dos enemigos antinaturales se enfrentaron.

Mientras los poderosos hechiceros Kemmler y Gnawdoom se batían, Bagrian se las arregló para superar las defensas mágicas de ambos. Libre de sus ataduras físicas, su espíritu emergió de su cuerpo y se elevó hacia el cielo. Encumbrado en las alturas, Bagrian escudriñó la tierra en busca de ayuda para la abadía asediada. Una hora más tarde, sus ojos espirituales encontraron lo que buscaban: acampado a menos de un día de distancia de la abadía se encontraba un ejército de caballeros bretonianos. Su espíritu descendió a tierra y se adentró en la tienda de mando para encontrarse cara a cara con el altivo Duque Tancred.

Tras escudriñar el corazón del Duque, Bagrian comprobó que poseía un espíritu noble y verdadero, lo que le hizo cobrar nuevas esperanzas. La Dama del Grial que acompañaba al Duque Tancred dio un grito sofocado, pues había percibido el espíritu de Bagrian, aunque nadie más en la tienda lo había visto. Con rapidez, Bagrian la puso al corriente de la situación en la abadía de la Maisontaal, y la damisela explicó el mensaje al Duque. Al oír pronunciar el nombre del odiado Heinrich Kemmler, el Duque se apresuró a salir de la tienda y convocar a sus soldados para que montasen en sus caballos y se dispusiesen para el combate.

***

Bagrian observó los restos de la que una vez fuera su orgullosa abadía. Mientras miraba, los dos ejércitos avanzaron una vez más para acabar definitivamente con la contienda. Sin cavilar un instante, una misma idea asaltó las mentes de Kemmler y Gnawdoom: querían la extraña caja que contenía la piedra bruja.

Las fuerzas de los skaven y los no muertos volvieron a enfrentarse mientras lentamente la oscuridad se cernía sobre ellas y su lucha se acercaba peligrosamente al recinto de la abadía. Desde el interior de la capilla les llegaba el sonido de los cánticos entonados por los monjes de Taal, que se encomendaban a su dios. Bagrian estaba en paz consigo mismo, aunque le dominaba la rabia hacia las abominaciones que pululaban en el exterior. Sabía que, si su Dios decretaba que había llegado su hora, afrontaría su destino sin miedo. Si su Dios decidía que viviera para luchar hasta recobrar el orden natural de la tierra, entonces sobreviviría a este oscuro día.



De repente, un grito resonó en el interior del templo, interrumpiendo los cánticos.

¡Mirad al oeste, padre Bagrian! ¡Por Taal, estamos salvados!”

Corriendo hacia las ventanas del ala oeste, Bagrian vio una enorme nube de polvo flotando en la distancia. Los altivos caballeros de Bretonia cabalgaban al frente de la nube de polvo con sus pendones ondeando al viento, mientras galopaban en dirección a la abadía. Vio que algunos de los guerreros de los ejércitos skaven y no muertos volvían sus rostros hacia esta nueva amenaza, mientras que otros continuaban luchando.

Sintiendo el poder de su Dios fluyendo a través de él, Bagrian se volvió con resolución hacia los monjes que se amontonaban tras él.

¡En el día de hoy me uno a nuestros aliados y maldigo a estas abominaciones en el nombre de Taal! ¡Proteged el Arca Negra en mi ausencia!”

Con estas palabras desapareció a través de las enormes puertas dobles que custodiaban la entrada a la capilla. A una orden suya, las puertas se abrieron y Bagrian las atravesó. En las ruinas quemadas de la abadía podían distinguirse los cadáveres apilados, unos abrasados, otros en estado de descomposición. Las enormes puertas se volvieron a cerrar a su paso y Bagrian miró con odio las figuras de Kemmler y Gnawdoom. Percibieron su poder en el campo de batalla y, de inmediato, dio comienzo su asalto mental.

Con rapidez, el ejército skaven se separó de las tropas no muertas, retrocediendo para reagruparse. Los bretonianos retumbaban a su paso sobre la planicie rocosa y los tres ejércitos se encararon los unos con los otros, con la abadía en el centro de todos ellos. De pie en los escalones que conducían a la capilla, Bagrian alzó sus brazos en el aire. Hubo un repentino destello de luz que se retorció y se dirigió hacia las filas de los skaven y los no muertos. A una señal apenas audible, los tres ejércitos cargaron los unos contra los otros, y dio comienzo la atroz y desesperada batalla de la Maisontaal.

jueves, 29 de septiembre de 2016

La batalla de la Maisontaal (1)

¡Hola a todo el mundo! Hoy os traigo la primera parte de un relato bastante clásico: La batalla de la abadía de la Maisontaal, que enfrentó a los skaven, los bretonianos y los no muertos.


El año 2491 fue un año de oscuridad para los devotos de Taal, el Dios de la Naturaleza, cuyo templo se encontraba en las montañas que separan Bretonia del Imperio. A continuación sigue un relato de aquellos horribles acontecimientos.

Bagrian, sumo sacerdote de Taal, caminaba en dirección a la desvencijada ventana para observar cómo el último rayo de luz desaparecía en el horizonte. Su rostro era una máscara de furia glacial. Afilados cristales de colores crujían bajo sus sandalias. Las preciosas vidrieras eran un espectáculo que derrochaba inspiración y devoción hacia Taal, y su construcción había llevado años de dedicación y esmero. Ahora estaban en ruinas, como la mayor parte de la abadía. Sólo la capilla continuaba en pie, el resto de la abadía de la Maisontaal estaba en ruinas, y el aire de aquella fría noche estaba impregnado del olor a madera quemada y a ceniza.

El sumo sacerdote alzó su mirada hacia los campos que rodeaban la abadía y su expresión se endureció. Oscuras siluetas destacaban contra el cielo rojizo del anochecer: allí fuera podía distinguir los contornos de unas criaturas diabólicas, abominaciones de la naturaleza que no tenían derecho a caminar sobre la tierra. Aquellas criaturas suponían todo lo contrario a sus creencias, y su misma existencia era una afrenta a ojos de su Dios.

***

Rodeado de arcanos hechizos de protección, Bagrian había logrado deslizarse sin ser visto hasta introducirse en las entrañas de la poderosa fortaleza de los hombres rata, una oscura y tambaleante ciudad que existía bajo las marismas, conocida con el nombre de Plagaskaven. Su viaje le había servido para reafirmarse en su creencia de que estas criaturas no eran de este mundo, y había a prendido mucho sobre los skaven durante su breve incursión. Había descubierto una sustancia conocida como piedra bruja, imbuida del poder del Caos que, posiblemente miles de años atrás, había convertido a aquellas criaturas con forma de rata en los horribles seres que eran ahora. Esperaba que sus investigaciones sobre aquella peligrosa sustancia le proporcionaran alguna pista y pudiera erradicar para siempre aquellas criaturas antinaturales de la faz del mundo. Con esa idea bullendo en su mente, Bagrian, gracias a su magia, logró transportar una caja pequeña de color negro que contenía piedra bruja para ser estudiada en la abadía de Taal, en la cumbre de las montañas grises. Las criaturas rata se pusieron como locas al descubrir que la caja había desaparecido. A pesar de la protección mágica con la que contaba, Bagrian a duras penas se las arregló para escapar con vida de la ciudad de los skaven. Pero ¿cómo podía haber sabido que aquella caja negra era un objeto sagrado para los retorcidos skaven? ¿Cómo saber que se trataba del terrible Arca Negra, consagrado a la Rata Cornuda, la insaciable y voraz deidad de los hombres rata?

Fue cuestión de días que las criaturas aparecieran. Sólo Taal sabía cómo lo habían encontrado pero el caso es que, aún alejándose tanto de su maldito agujero subterráneo, lo habían encontrado. Tres noches más tarde, Bagrian se despertó y tuvo una visión en la que Taal se le aparecía para prevenirle del peligro. Se precipitó al pasillo que había fuera de su habitación y allí descubrió que el vigía nocturno yacía en el suelo, degollado.



Vio figuras encorvadas ataviadas de negro que empuñaban armas cuyas afiladas hojas relucían a la luz de la luna. Invocó los poderes que le había otorgado su dios y creó una enorme bola de luz que se cernió sobre la abadía, ardiendo como si se tratase de un dorado sol en miniatura e iluminando con sus rayos los terrenos circundantes. Los skavens ataviados de negro aparecieron ante su vista y Bagrian dio buena cuenta de ellos con extraordinaria rapidez gracias a su potente magia.

A la mañana siguiente, el miedo se hizo patente en toda la abadía. Y el terror y la desesperación podían adivinarse en los rostros de los monjes que continuaban con vida tras el ataque de los inmundos skaven. Con la llegada de un nuevo anochecer, volvió a percibirse movimiento en la distancia y, entonces, apareció la primera oleada de atacantes. Bajo el mando de Meek Gnawdoom (un poderoso Vidente Gris) y de Throt el Inmundo (el terrible señor de las bestias del clan Moulder), los horrendos hombres rata cayeron sobre la abadía y atravesaron sus muros como una horda imparable.

Los monjes de Taal permanecieron impávidos ante ellos y lucharon con sus mazas y martillos. El aire se llenaba de destellos de magia mientras Gnawdoom lanzaba su terrible magia contra la de Bagrian. Throt dirigió a sus creaciones, enormes ratas mutadas, sobre los defensores de la abadía: atravesaron con facilidad las murallas, trepando a gran velocidad y arrojándose sobre los defensores. La batalla duró varias horas, y los muros exteriores de la abadía quedaron reducidos a un montón de ruinas. La superioridad numérica de los skaven y su ferocidad habían obligado a los monjes a retroceder lentamente.

Mientras la luna alcanzaba su cénit un segundo terror descendió sobre la abadía asediada. El alma de Bagrian se vio sobrecogida por un sentimiento de profunda desesperación y, mientras miraba el cielo estrellado, vio cómo quedaba oscurecido por unas siniestras sombras. Con el batir de sus putrefactas alas, los enormes Carroñeros de las montañas del Fin del Mundo se abalanzaron sobre los monjes, mientras sus jinetes espectrales arrancaban sus almas de sus cuerpos con precisos golpes de guadaña, tras lo cual remontaron de nuevo el vuelo. Los monjes, presas del terror, comprobaron que un ejército de no muertos marchaba desde las montañas en dirección al norte. Los skaven avanzaron con una confianza acrecentada ahora que sus aliados habían llegado.

A la cabeza de la legión no muerta marchaba resueltamente el infame Heinrich Kemmler, Señor de Nigromantes. Durante años, este maligno hechicero había sembrado el terror en las fronteras de Bretonia, devastando aldeas y ciudades mientras su ejército de muertos vivientes aumentaba en número con cada asentamiento que arrasaba. A su lado se encontraba la impresionante figura de Krell, el Dos Veces Condenado: había consagrado su alma al servicio del Caos y su cuerpo decadente se aprestaba a caminar sobre la tierra una vez más. No existían dudas sobre los planes del nigromante: su intención era utilizar el poder de la piedra bruja para aumentar peligrosamente sus ya de por sí potentes capacidades mágicas.

(Ir a la segunda parte)

jueves, 24 de septiembre de 2015

Bretonia (6ª) en español para descarga

 NUEVO ENLACE: EL VIEJO WARHAMMER EN UN TORRENT 

Tras el pequeño éxito de ayer con el manual de Lustria (en un día se ha convertido en el tercer manual más descargado del bloque de la sexta edición), uno de los compañeros de Middlehammer España se acordó de nosotros y me envió un re-escaneo más que decente del libro de Bretonia de la sexta edición para que os lo rebotara. Ya está añadido a la carpeta de libros de ejército, sustituyendo a la anterior versión.


No pretendo menospreciar el anterior escaneo, pues estoy seguro de que ha permitido jugar muchas partidas a todos los generales bretonianos a lo largo de estos once años y eso es algo que no tiene precio. Sin embargo, este nuevo escaneo contiene todo el trasfondo de la edición, así como la sección de fotos a color y los clásicos consejos de pintura para las heráldicas. ¡Que lo disfrutéis! ¡Y muchísimas gracias por compartirlo con nosotros!

lunes, 13 de enero de 2014

El declive de Mousillon (Relato Clásico)


Maldred era un hombre bien parecido, alto y de rasgos nobiliares, mientras que la belleza de Malfleur era tal que su mirada de sus ojos color violeta podía aturdir a un caballero y dejarlo sin habla. Los viajeros comenzaron a comentar que Mousillon era la ciudad más maravillosa de todo Bretonia, más espléndida incluso que su capital, Couronne. La ciudad parecía encantada, y sus gentes estaban contentas y eran felices. En verano los muros blancos de las construcciones brillaban al sol, y en el invierno, mientras las tierras se encontraban bajo la nieve, suaves brisas mantenían cálidas las calles y los hogares.


Pero como una copa de oropel elaborada por un artesano de pacotilla, el brillo de Mousillon escondía la podredumbre. La prosperidad de su puerto no se debía al trabajo duro o y honestidad de sus ciudadanos, sino que funcionaba por la hechicería de Malfleur, y a los tratos corruptos de Maldred. Durante el día las calles de la ciudad se llenaban con las actividades de una ciudad portuaria ajetreada, y los lugareños de Mousillon tenían el curioso hábito de no abandonar sus hogares tras hacerse de noche. Durante la noche, las únicas cosas que se movían en la oscuridad de sus calles eran oleadas de ratas y la tripulación de algún barco de atraque nocturno. Envueltos en mantos y capuchas que ocultan sus rostros, estos silenciosos forasteros movían misteriosas cajas adelante y atrás, desde los almacenes a sus inmaculados navíos negros.

Durante la noche en la ciudad, el único lugar que mostraba señales de vida era el palacio de Maldred, situado en lo alto de la colina. Las luces relumbraban a través de las ventanas, música y alegres cacofonías de voces salían por sus tejados y los nobles bailaban y festejaban hasta el amanecer.

Cuando la traición de Maldred y Malfleur se dio a conocer, su perdición, y por consiguiente la perdición de Mousillon, se pusieron en movimiento. En un típico despliegue de arrogante desafío, Maldred denunció a los leales Caballeros del Grial y Fay la Encantadora de ser unos traidores y unos herejes antes de retirarse a la protección que ofrecían los gruesos muros de piedra de Mousillon. Los Caballeros del Grial sitiaron el puerto por tierra, y enviaron naves a bloquear el acceso del río para evitar que se entregaran más suministros por barca.


Durante tres largos años el asedio a Mousillon se intensificó, al igual que el sufrimiento de sus habitantes y la ciudad cayó en el declive. Las brillantes paredes blancas comenzaron a desconcharse, revelando el adobe con el que estaban construidas. Apestosas algas crecían en los amarres oxidados y se esparcían por los muelles y embarcaderos. aparecieron grietas en los pavimentos y enormes vetas de moho grisáceo ensuciaban los muros de la ciudad.

Aún mientras los lugareños morían de inanición y peste, Maldred y los nobles de su corte permanecían en el palacio blanco inmersos en una orgía de auto indulgencia. Afuera, los lugareños se mataban los unos a los otros en peleas por unas gaviotas; en las perfumadas habitaciones del palacio los nobles bebían vino espumoso en copas de cristal y mordisqueaban alas de cisne. vestidos en sedas de satén y rojo, y llevando puestas máscaras fantásticas, bailaban al son de su propia autodestrucción.

Una fría mañana de primavera, los Caballeros que sitiaban Mousillon contemplaron algo extraño. A medida que el sol ascendía lentamente en el cielo, su tenue luz roja bañaba los muros y las torres de la ciudad, haciendo que parecieran bañados en sangre. Mousillon se quedó repentinamente en silencio; no podía escucharse ni un solo sonido entre sus muros. Los portones de la ciudad se abrieron con un ominoso rugido, como si invitasen a entrar a los merodeadores.


Liderados por Fay la Encantadora, y protegidos por santas reliquias, un pequeño grupo de Caballeros se aventuraron a entrar en la ciudad. Todo cuanto hallaron en su interior era muerte. Los cuerpos de mujeres, hombres y niños yacían por todas partes. Los Caballeros se abrieron paso hasta el palacio por el sendero de muerte mientras espantaban nubes de moscas. Atravesaron a pie sus puertas abiertas para encontrarse en una escena de pesadilla. en los jardines de palacio, las plantas estaban marchitas y podridas. El mobiliario del interior de los recibidores y cámaras estaba carcomido y los insectos correteaban por sillas y mesas. En el recibidor principal, Maldred y Malfleur acaparaban muerte en sus tronos y las cuencas de sus ojos vacíos se posaban sobre los esqueletos ricamente vestidos de los nobles amontonados sobre el suelo de mármol. Las rígidas manos de Maldred se cerraron en torno a un cáliz dorado con rubíes engarzados - el falso grial. Cuando Fay la Encantadora miró en la superficie del oscuro líquido que contenía el cáliz se puso pálida del horror, y hubiera perdido el sentido de no ser por el galante Sir Egremont, quien se apresuró a sostenerla.

¿Quién podría adivinar qué oscura maldición había caído sobre Mousillon y sus dirigentes? ¿Fue su maldad castigada con algún tipo de intervención divina, o tal vez fueron los poderes que intentaban dominar últimamente los que los destruyeron? Fay la Encantadora ordenó tapiar todas las puertas y ventanas de palacio para que nadie pudiera volver a entrar en ese lugar maldito nunca más. Extrajeron enormes piedras grises de las canteras en los bosques y las llevaron a la ciudad con grupos de bueyes. Habitación por habitación, corredor tras corredor, todas las puertas y ventanas se cerraron con bloques de piedra, y coronado con bendiciones sagradas para sellar el mal en su interior.

Todos los cadáveres de las casas y calles fueron reunidos, cargados en carretas y llevados a las afueras de la ciudad para ser enterrados en enormes pozos. A pesar de que los túmulos fueron tapados con tierra fresca, y santificados con oraciones por las almas de los muertos, las únicas plantas que volverían a crecer en esas tierras serían espinos retorcidos y musgo negro. De hecho, los pozos adquirieron una reputación maligna tal que la carretera principal hacia Mousillon, la cual pasaba justo en frente del lugar, tuvo que ser desviada para aprovechar la entrada sureste de la ciudad.


Los periódicos intentos de retomar Mousillon nunca han tenido éxito, y la mayoría de bretonianos guardan cautela con respecto a ese lugar. Cualquiera que sea lo suficientemente estúpido como para aventurarse en la ciudad en ruinas en busca del santuario o tesoros obtendrá un final desagradable e inevitable, aplastado por la descuidada albañilería, despedazado por monstruos o conducido a la locura por los acechantes horrores. Y los mercaderes que navegan por el Río Ois de camino a Gisoreux lo susurran, en la muerte de la noche, el sonido de una música fantasmagórica y risas aún flota por la ciudad abandonada.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

El caballero y el ogro



¡Presta atención!
Escucha la historia del valeroso Sir Baldrin
que viajó hasta el lejano valle de la montaña sin fin
para acabar con ogro, demonio o dragón
y presentar a la Dama del lago su devoción.

Ahora Sir Baldrin desmonta tras su galopada
que le ha hecho recorrer una carretera accidentada
y unos ojos hambrientos acechan en un rincón
que ahora se desorbitan presos de la emoción.

Y de esta manera se abalanzó el ogro horrible
y de su garganta surgió un gruñido terrible:
"Machacaré tus huesos y me proporcionarás sustento".
Y el caballero replicó: "Me cobraré la cabeza de este elemento".

Sir Baldrin cargó con su gran espada alzada,
pero su golpe hizo el mismo efecto que una rascada.
El garrote de la bestia describió un arco en su trayectoria
y sobre la testa de Baldrin se estrelló con euforia.

Después se escuchó un sonido espeluznante
y el caballero cayó al suelo de manera alarmante;
pero la historia de Sir Baldrin no termina de este modo, 
pues en las montañas siempre se aprovecha todo.

Allí mismo la tripa le fue extraída
y el resto se lo llevó el ogro a su guarida.
El corazón del caballero puro y hermoso
sirvió para hacer un estofado muy apestoso.

Se masticaron sus piernas y sus dedos se asaron
sobre el escudo del caballero, donde poco duraron.
Sus huesos se partieron y su tuétano se machacó
hasta que al final, en pan de ogro se transformó.

Su cota de malla cubrióle al ogro una brazada
y un gnoblar se quedó con la prenda de su amada.
Su gran espada, antaño arma que sembraba pavor, 
ahora sirve para asar la carne de su portador.

Su altar fue lanzado a la hoguera
y un gnoblar convirtió su armadura en bañera.
Para tapar un agujero su capa sirvió
y su cráneo vacío en cuenco se convirtió.

Y este fue el destino de Baldrin,
que al ogro sirvió de festín.
Así que ya sabes: si te diriges al este
llévate amigos para que el ogro no te tueste.

Extracto de "El final de la búsqueda", parodia de una historia popular bretoniana cantada al ritmo de "El cuento de Carroburgo".

Sacado del libro de Reinos Ogros de 6ª edición.

miércoles, 22 de agosto de 2012

El que huye hoy... (relato clásico)




Trotvile agitó su cola de forma nerviosa. No le gustaba aquella nube baja ni un poco. Si el ejército humano incluía criaturas voladoras como se rumoreaba, no serían capaces de verlos venir hasta el último minuto.

Él y los cuatro equipos jezzail bajo su mando estaban posicionados en lo alto de una colina rocosa al oeste del campo de batalla. Pudieron ver a las valerosas fuerzas Skaven en la llanura que había bajo ellos, trabadas en combate con el ejército Bretoniano. Un enorme regimiento de guerreros de clan había cargado hacia el centro del ejército enemigo, y podía ver el estandarte del Señor de la Guerra ondeando arriba y abajo en la refriega. A la izquierda del conflicto central, una unidad de alimañas se había trabado con un regimiento de caballería. Los guerreros humanos de blanda piel estaban completamente cubiertos en armaduras de metal – los más débiles – para desgracia de las poderosas alimañas, que solo estaban protegidas por su duro pellejo negro.

A la derecha, otra unidad más pequeña de caballeros montados viraba hacia la base de la colina. Throtvile dio la orden de disparar y los cuatro equipos de jezzail lo hicieron al unísono. Agitó una de sus garras y tras disipar el apestoso humo observó que dos de los caballeros habían caído y que el resto habían detenido su avance mientras intentaban poner a los caballos bajo control. Los equipos jezzail chillaron con excitación mientras recargaban sus armas y se preparaban para volver a disparar. Los bigotes de Throtvile se erizaron de orgullo mientras la siguiente oleada de disparos lograba abatir otro caballero y el resto de ellos daban la vuelta y huían. ¡Cómo recordaría este glorioso día! Había hecho retroceder con una sola mano (bueno, casi) aquel enorme regimiento de caballería enemiga y...

- ¡Por Dios y por el Rey! - Throtvile se quedó tan sorprendido que estuvo a punto de dejar caer su espada. Un caballero completamente acorazado a lomos de un brillante pegaso blanco que batía sus alas descendió desde las nubes. Detrás de Throtvile los equipos jezzail se encogían atemorizados. - ¡Fuego-fuego! - espetó mientras se echaba al suelo. Demasiado impresionados por la situación como para retroceder, los equipos jezzail alzaron sus armas y las dispararon con violencia. Siguió una sucesión de ensordecedoras explosiones y un grito de dolor. Throtvile levantó su hocico y observó nerviosamente. El pegaso yacía en el suelo con un ala rota mientras manaba sangre de sus heridas. El caballero yacía inmóvil en el suelo junto a él. Corrió hacia delante envalentonado, pero detuvo en seco su avance cuando el caballero se levantó sobre sus propios pies, alzando su pesada espada en el aire. El viejo dicho Skaven “el que huye vivirá para luchar otro día” pasó velozmente por la mente de Throtvile, que se volvió sobre su cola y corrió.

lunes, 6 de agosto de 2012

Asedio (relato clásico, y 9)

(Ir a la octava parte)



Los orcos y goblins estaban preparados para iniciar el ataque en cuanto la muralla cediera. Los fragmentos de roca cayeron rodando hasta el foso, llenándolo como si quisieran facilitar la masacre de los orcos.

Percival y sus hombres también estaban preparados. La señora De Blois y todos los no combatientes, incluidos muchos campesinos que se habían refugiado en el castillo, se habían trasladado a la torre. Los caballeros noveles tenían la misión de defenderlos con sus vidas. Si no podía evitarse que el castillo cayera en manos de los pielesverdes, tenían órdenes de incendiar la torre para que todos perecieran en ella. También se había preparado un bebedizo venenoso para que lo tomara la señora De Blois antes de incendiar la torre.

Percival y el resto de los defensores del castillo formaron una línea de batalla en el patio de armas para cerrar la brecha abierta en la muralla. La lucha iba a ser a muerte. Sin embargo, la brecha era estrecha, por lo que no todo estaba perdido.

Los orcos entraron por la brecha, tambaleándose entre cascotes y nubes de polvo. Antes de cargar, Percival gritó a sus hombres:

-¡Luchemos hasta el último aliento para cerrar esa brecha con los cadáveres de los invasores orcos!



Nota: el relato es inconcluso; termina aquí, dejándonos con la incertidumbre sobre el destino final del castillo De Blois. Habiendo seguido todo el asedio... ¿Creéis que Percival y sus hombres lograrán expulsar al invasor pielverde, o Ugrug y zuz chikoz lograrán tomar el castillo y huir con el botín antes de que llegue el ejército del Duque?

domingo, 5 de agosto de 2012

Asedio (relato clásico, 8)

(Ir a la séptima parte)

Estaba siendo un pésimo día para Ugrug. Los bretonianos habían realizado una salida con antorchas y habían incendiado sus lanzadores de rocas. Ugrug quería ver cómo las murallas del castillo caían bajo las rocas lanzadas por sus máquinas de guerra, pero ahora tan sólo tenía unos restos humeantes. El corazón maligno del señor de la guerra ardía de rabia. El informe de sus jinetes de lobo había sido aún peor. Un gran ejército bretoniano se aproximaba rápidamente, y llegaría al castillo en pocos días.

Ugrug estaba decidido a tomar el castillo y marcharse rápidamente de allí con todo el botín que pudiera obtener. Ya habían empezado a producirse las primeras deserciones entre los goblins, e incluso los chamanes habían comenzado a murmurar contra él. Preocupado por todo lo acontecido, Ugrug decidió desahogarse con el primer goblin que se cruzara en su camino.

-¿Ya haz enkontrado la rezpuezta ke te pedí? -gruñó al chamán Grub, que tuvo la desgracia de ser el primero en cruzarse en su camino.

-Zí, jefe. Demolizión. -sugirió Grub rápidamente, pues demolición fue la primera palabra que se le pasó por la cabeza.

-¡Demolizión! -dijo Ugrug -¿Ké ez demolizión?

-Ez kuando deztrozaz alguna koza -replicó Grub -Komo derribar murrallaz y otraz kozaz.

Ugrug consideró las posibilidades durante unos instantes.

-¡Ezo ez, deztrozar alguna koza! ¡Loz orkoz puedez deztrozar kualkier koza, inkluzo un kaztillo! -respondió Ugrug exultante -De akuerdo, ke loz goblinz trabajen día y noche. Kiero ke deztrozen laz murallaz. ¡AHORA!



Los peones goblin, supervisados por los orcos negros y orcos grandotes que habían sobrevivido, empezaron a cavar una trinchera hacia una de las murallas del castillo. Avanzaban a buen ritmo, sin importar lo pesadas que fueran las rocas que los bretonianos les arrojaban y que rebotaban en las pantallas de madera que protegían a los obreros. Los goblins trabajaron rápidamente, y al atardecer habían conseguido construir un camino de tierra a través del foso. Al acabar el día habían llegado junto a las murallas. Al ver su objetivo tan cerca, los goblins redoblaron sus esfuerzos, tirando de las grandes rocas que servían de cimientos a las murallas, y apuntalando los huecos con gruesos troncos de madera.

-Jefe, ya eztamoz bajo la muralla -dijo el orco negro encargado de dirigir los trabajos.

Ugrug parecía satisfecho.

-Ke ze preparen loz chikoz. Eze kaztillo ze va a kaer bajo loz piez de ezoz humanoz, y nozotroz akabaremoz kon loz ke keden.

(mañana la última parte)

viernes, 3 de agosto de 2012

Asedio (relato clásico, 7)

(Ir a la sexta parte)

Percival y sus hombres atravesaron corriendo el patio de armas para felicitar efusivamente por su valiente acción a Umki y sus enanos, que acababan de atravesar las líneas enemigas.

-Nunca había visto nada parecido -dijo Percival.

-Estas situaciones son habituales en las montañas del Fin del Mundo -replicó imperturbable el enano.

-Estoy en deuda con vos, Umki. Necesitábamos desesperadamente vuestra cerveza.

-Claro que lo estáis, mi señor. Me debéis cinco coronas de oro. Pero podéis pagarme cuando haya acabado el asedio.



Ugrug recorrió furioso el campamento de los orcos y goblins. Su intención de hacer rendir por hambre a la guarnición se había ido al garete por un puñado de enanos decididos. Su ejército estaba compuesto por un montón de inútiles.

-¡Traez akí loz lanzapiedroz y bombardeaz kon rokaz eze maldito kaztillo! ¡Ahora! -gruñó a los goblins.

Los goblins montaron apresuradamente los lanzadores de rocas, reparando las maderas rotas atándolas con cuerdas. Era una lástima que todas las casas de los campesinos no fueran más que un montón de ruinas humeantes, pues las maderas podían haber servido para construir una torre de asedio. Afortunadamente para los defensores, al señor de la guerra orco no se le había ocurrido esa idea antes de ordenar quemar los edificios.

El sonido de los trabajos que tenían lugar en el campamento orco podían oírse claramente en el patio del castillo.

-Están construyendo catapultas -informó el castellano.

Percival observó a los goblins desde las almenas.

-Probablemente también tratarán de construir una torre de asedio si pueden encontrar madera para hacerla. No podemos permitir que esas rocas destruyan los tejadillos. Reúne a todos los caballeros noveles y a todos los escuderos que puedan cabalgar. ¡Al amanecer haremos una salida con antorchas para quemar esas máquinas infernales!


jueves, 2 de agosto de 2012

Asedio (relato clásico, 6)

(Ir a la quinta parte)

Ugrug estaba tan decepcionado por el fracaso de los goblins en su intento de penetrar en el castillo que había racionado la comida de todo el contingente de goblins a la mitad como castigo. Esto a su vez le había dado una idea. Los defensores muy pronto se quedarían sin alimentos, a juzgar por todo lo que se habían dejado en el pueblo. Además, Grub el chamán le había traído algunas noticias muy interesantes.

-Loz bretonianoz no beben agua porke no ez komo zu bebida, tú ya me entiendez. Elloz no zon komo nozotroz. ¡Zi beben agua enferman y mueren!

-¿Y ké beben entonzez? -preguntó Ugrug.

-Pienzo ke beben eze líkido rojo ke haze ke loz chikoz ze pongan muy alegrez. Enkontramoz un montón de eze líkido en el gran eztablo ke kemamoz anoche.

-¡Klaro! -dijo Ugrug- Azí ke kreez ke en el kaztillo no dizponen de demaziado de eze líkido.

-¡Zí, jefe, ezo ez prezizamente lo ke kería dezir -respondió el jubiloso chamán goblin, encantado por haber tenido la oportunidad de demostrar su inteligencia ante su señor de la guerra.

-De akuerdo-dijo Ugrug -no kiero perder a máz de loz muchachoz, azí ke noz ezperamoz un tiempo. Pronto ze kedarán zin eze líkido rojo y empezarán a beber agua. Y entonzez enfermarán y empezarán a morirze.

-Y entonzez atakaremoz. ¡Un gran plan, jefe!-chilló Grub.



Sin embargo, los orcos no habían contado con Umki en enano. Umki estaba acostumbrado a traer cerveza enana al castillo cada dos semanas para reconfortar a los hombres de armas. ¡Después de todo era muy nutritiva,, y saciaba más que un banquete de venado!

En ese momento, Umki y sus hombres estaban dirigiéndose hacia el castillo con un carro lleno de barriles. Cuando vieron el humo de las hogueras a lo lejos y el castillo rodeado por los orcos se enfurecieron mucho.

-No pienso dejar que un atajo de orcos se interponga en mis negocios -dijo Umki.

-Tiene razón, jefe -replicó uno de sus hombres.

-Sí -dijo Umki -vamos a entregar la cerveza como siempre. ¡Nuestros clientes la necesitan más que nunca!

martes, 31 de julio de 2012

Asedio (relato clásico, 5)

(Ir a la cuarta parte)



Alain, Joinville y Gerard habían llegado sanos y salvos al interior del castillo, pero el señor de la guerra orco estaba tan furioso que había ordenado un nuevo ataque a gran escala contra el bastión exterior. Finalmente este había tenido que ser abandonado. Desde entonces todo había permanecido extrañamente en calma.


Cayó la noche. Los orcos estaban haciendo hogueras gigantescas de las casas de los campesinos, y el castillo estaba rodeado por un anillo de fuego. De repente, una de las doncellas salió gritando de las letrinas. Los hombres de armas llegaron justo a tiempo de ensartar al goblin que había trepado por el hueco de las letrinas.


-¡Rápido, traed rocas! -gritó el oficial de los hombres de armas.


Los hombres de armas estaban descendiendo rápidamente por la escalera de caracol con algunas de las rocas que habían acumulado en las murallas para arrojarlas sobre los atacantes. Arrojaron las rocas por los agujeros de todas las letrinas. Los escalofriantes alaridos de los goblins al ser golpeados por las rocas pudieron oírse retumbar por todo el castillo.

domingo, 29 de julio de 2012

Asedio (relato clásico, 4)

(Ir a la tercera parte)

Los combates por el control de las ruinas del bastión habían durado toda la noche, y a la salida del sol los orcos y goblins se habían retirado a la seguridad de su campamento para lamerse las heridas.

Poco después de haberse levantado la niebla matinal se oyó un grito procedente de la torre de vigilancia.

-¡Se aproximan unos jinetes! ¡Son bretonianos!

Percival corrió hacia las murallas para comprobarlo. Desde allí pudo ver a varios caballeros, con los pendones ondeando en las puntas de sus lanzas, alineados sobre la cresta de una colina situada más allá de los campos.

-¡Mis hijos han regresado y han traído con ellos a los refuerzos!-anunció a sus hombres.



Alain, Joinville y Gerard habían cabalgado sin descansar hasta el castillo del Duque, el cual ya estaba reuniendo un ejército para atacar a los orcos. Después de informar de la situación al Duque, habían decidido regresar directamente al castillo para ayudar a su familia. El Duque, en su magnanimidad, había enviado con ellos a varios de sus propios caballeros noveles. Ahora todos ellos se habían alineado tras las líneas orcas para intentar atravesarlas. Los centinelas orcos habían relajado mucho su vigilancia, y todavía no les habían visto acercarse, lo que había permitido a los caballeros llegar muy cerca de sus líneas. Con una última y arriesgada carga podrían llegar a la seguridad de los muros del castillo.

-¡Preparados para bajar el puente levadizo a mi señal!-gritó Percival a sus hombres de armas que defendían las puertas.

Los valientes caballeros noveles se colocaron en formación de cuña y empezaron a avanzar al trote por el camino que conducía al castillo. Los orcos negros de una peña que estaba acampada en medio del camino, en cuanto oyeron el ruido de sus armaduras y el grito de batalla de Bretonia, se apresuraron a coger sus armas y formar rápidamente una muralla de escudos para impedirles el paso.

viernes, 27 de julio de 2012

Asedio (relato clásico, 3)

(Ir a la segunda parte)

Percival de Blois, caballero del Reino, dejó algunos de sus mejores tiradores con los escuderos para formar la retaguardia en el límite de sus tierras, y regresó rápidamente al castillo. Los campesinos ya habían empezado a correr hacia el pueblo para recoger sus lanzas, alabardas y arcos largos. Todos ellos siguieron a su señor cuando este cruzó el puente levadizo y entró en el castillo, que estaba sumido en una febril actividad, pues los sirvientes se apresuraban a trasladar grandes cestos con comida y botas de vino a la gran torre. Los vigías ya habían visto los estandartes de los orcos desde lo alto de la torre.


Todo el mundo sintió una gran sensación de alivio al ver que Percival regresaba sano y salvo, especialmente las damas. Lady Alice le gritó a su marido desde una ventana de la torre:


-¿Dónde están mis hijos? ¿Están a salvo?


Percival se levantó la celada del casco para contestarle:


-No temáis, mi señora. Están ganándose sus espuelas de caballero.






Desmontó, y estaba a punto de ordenar subir el puente levadizo en cuanto la retaguardia lo atravesara, cuando se fijó en el bastión en ruinas que se levantaba al otro lado del foso. El viejo edificio era todo lo que quedaba del antiguo portón que había sido desmantelado para conseguir piedras cuando su padre reconstruyó el castillo muchos años atrás.


"Tenemos que defender ese bastión", pensó.


Rápidamente, Percival ordenó a algunos de sus arqueros y hombres de armas que ocuparan y defendieran el bastión en ruinas. A continuación llamó a través del patio de armas a otro de sus caballeros noveles, un joven muy hábil procedente de un feudo vecino y que era el hijo de un amigo.


-Fulk, sé que deseáis tener una oportunidad de demostrar vuestro valor al igual que todos los demás, así que tomad el mando de ese viejo bastión y resistid tanto tiempo como podáis. Matad tantos orcos que sus cadáveres bloqueen la entrada, y cuando no podáis resistir por más tiempo, bajaremos el puente para que podáis refugiaros en el castillo.


-Dadme vuestra bendición, mi señor-replicó el joven caballero-Esta es una difícil pero honorable misión. No os defraudaré.


(mañana continúa)

jueves, 26 de julio de 2012

Asedio (relato clásico, 2)

(Ir a la primera parte)

Ugrug, el señor de la guerra orco, observó las tierras que se extendían entre las suaves colinas de Bretonia. Unaz tierraz muy rikaz ke darán un buen botín, pensó para sí mismo. Mientras se solazaba con esta visión, vio a lo lejos las torres de un castillo. Zerá fázil tomarlo, pensó, y se giró hacia su chamán.


-Ezta noche loz chikoz podrán atrakarze, kuando tomemoz eze kaztillo.


Los gestos y gruñidos de asentimiento fueron unánimes, entremezclados con fragmentos de hongo medio masticados, entre los guerreros que le rodeaban. Girándose para observar el castillo, uno de los chamanes detectó un pequeño grupo de jinetes bretonianos en el lindero del bosque. Mientras estaba mirando, algunos de los jinetes se alejaron del grupo principal, atravesando al galope los pastos como si quisieran rodear a los orcos.






-¡A por elloz, chikoz! ¡Kogedlez o...!-gritó Ugrug a sus jinetes de lobo.-¡Shagrag, ke tuz chikoz vayan a ezoz kampoz y pillen a loz humanoz antez de ke regrezen a eze montón de piedraz y noz zierren la puerta en laz narizez.


-Zí, jefe-gritó Shagrag mientras sus arqueros empezaban a correr hacia el bosque, desplegándose en formación abierta.


Ugrug observó desde su posición dominante cómo la horda se reunía poco a poco detrás del risco, tirando de los carruajes del tren de asedio en el que transportaban el botín y los lanzapiedroz desmontados. Los bretonianos estaban reuniéndose una vez más para dirigirse hacia el castillo. Entonces se desgajó un nuevo grupo. Esta vez se trataba de tropas de infantería, que formaron una línea de retaguardia en el borde de los campos, donde la zanja que marcaba la frontera cruzaba el polvoriento camino que conducía al castillo. Los humanos habían visto acercarse a los arqueros montados de Shagrag.


-No la kaguez, eztúpido, pensó Ugruk, o me komeré tuz hígadoz.


(Continuará...)



miércoles, 25 de julio de 2012

Asedio (relato clásico, 1)

Percival de Blois, caballero del reino, estaba cazando entre los zarzales que había en el límite de su pequeño feudo cuando fueron avistados los orcos. Los escuderos que habían estado batiendo los arbustos para que el jabalí saliera de su guarida regresaron gritando: "¡Que vienen los orcos! ¡Que vienen los orcos!". Era un grito de alerta que no se había oído en esas tierras desde hacía muchos años. De hecho, no se había oído desde los tiempos en los que Percival era joven, cuando no era más que un caballero novel. Sin dudarlo ni un instante, Percival y sus propios caballeros noveles espolearon a sus monturas y fueron a comprobarlo personalmente. En cuanto salieron de los zarzales pudieron verles. Era una gigantesca horda de orcos, fácilmente identificable por sus grandes y andrajosos estandartes en los que podían verse lunas y soles con sonrisas malignas. Seguramente era un grupo desgajado de la gran horda que hacía poco había asolado las tierras bajas del Imperio, y que después de atravesar las montañas grises había comenzado una invasión del reino de Bretonia.



Los orcos todavía estaban bastante lejos, por lo que había tiempo suficiente para organizar la defensa del castillo. Los orcos sin duda saquearían todo lo que encontraran a su paso, pero Percival no disponía de suficientes caballeros para atacarles en batalla campal. Era preferible reunir a todos los campesinos y toda la comida que pudieran detrás de la seguridad de las resistentes murallas del castillo, privando así al enemigo de los tan necesarios suministros, hasta que el Duque reuniera su ejército para acabar con esos hediondos enemigos. Tras tomar esta decisión, Percival se giró hacia sus caballeros noveles.

"Alain, Joinville, Gerard,, os ha llegado la oportunidad de conseguir vuestras espuelas de caballero. ¡Esta será la misión que deberéis cumplir para ser nombrados caballeros! Cabalgaréis tan rápido como podáis hasta el castillo del Duque y le diréis que el castillo de Blois resistirá la invasión de los orcos hasta la muerte. Decidle que reúna a sus caballeros para venir a rescatarnos, o a vengarnos. Yo permaneceré aquí, y si es necesario, moriré defendiendo mis tierras, así que no os demoréis. Llevad con vosotros tantos escuderos como creáis necesarios y partid inmediatamente. Si los orcos os cierran el paso deberéis atravesar sus líneas. No me falléis, hijos míos..."

jueves, 19 de julio de 2012

Construir en Bretonia (relato clásico)




Gilles de Brionne, el más famoso constructor de castillos del reino, estaba examinando sus planos y observando el viejo portón del castillo mientras negaba con la cabeza. El Barón le había ordenado remodelar el castillo siguiendo las últimas tendencias, pero estaba empezando a replanteárselo, pues el coste estimado por Gilles era muy superior a lo que esperaba.

-No sé qué problema veis con el viejo baluarte-se quejaba el Barón.

-Es demasiado pequeño, mi señor, como puede comprobarse con este sistema infalible para calcular las dimensiones exactas que debe tener el baluarte.

-Me lo tendréis que explicar mejor-dijo el Barón.

-Vos deseáis que una columna de caballeros montados pueda atravesar las puertas en fila de a dos y con las lanzas levantadas, ¿cierto?-preguntó Gilles.

-Así es-replicó el Barón-¡Hemos de ser capaces de efectuar una salida por ese portón con las tropas montadas!

-Es bien sabido, señor, que un caballero montado con la lanza vertical tiene una altura de una vez y media la longitud de la lanza. Por tanto, el arco de la puerta debe tener una altura de al menos una lanza y media. El puente levadizo debe cubrir totalmente la puerta una vez levantado, por lo que también debe tener una longitud de una lanza y media. Por tanto, el foso debe ampliarse hasta que tenga una lanza y media de anchura. Y lo que es más importante: el rastrillo debe levantarse completamente para no impedir el paso, por lo que en total, el baluarte debe tener el doble de altura que el arco de la puerta. Todo ello nos da una altura de tres lanzas para el baluarte, y los bastiones que lo flanqueen deben tener al menos una lanza más de altura. En consecuencia, el nuevo baluarte debe tener el doble de altura que el viejo.

-Entiendo-dijo el Barón-¿Y cual será el coste total?

-Lo he estimado en veinte barcazas de piedra y doscientos días de trabajo, divididos entre cinco albañiles, lo que al precio actual hacen un total de quinientas coronas de oro. Eso, evidentemente,
sin incluir mis propios honorarios, que todavía debemos acordar.

-¡Que venga el Comendador!-ordenó el Barón. Unos instantes después llegó el Comendador.

-¿Me habéis llamado, mi señor?

-Sí.-dijo el Barón-Doblad los diezmos para este año, Gastón. ¡Y suspended el torneo!

-¡Pero mi señor, este año la cosecha ha sido muy mala, y el torneo ya ha sido pagado!-se lamentó el Comendador.

-Entonces-gritó el barón-¡Llamad al Castellano!-el Castellano se apresuró a acudir- Alain, tengo una misión muy importante para vos-sonrió el Barón dándole unos golpecitos en la espalda- Tenéis que acortar las lanzas.

sábado, 28 de abril de 2012

Hellblaster (relato clásico)


De repente, durante un breve instante, solo se escuchaba silencio. Ni siquiera los gritos de los heridos ni los lamentos de los moribundos rompieron ese silencio. El rugido del cañón se detuvo. No sonaron gritos de guerra. Todo el mundo contuvo el aliento y esperó, sintiendo que la batalla había alcanzado un punto crucial. Era uno de esos raros momentos en los que el clamor de la batalla disminuía, el humo se disipaba y un hombre sabio podía ser consciente de la situación rápidamente, con exactitud y con la esperanza de estar en lo cierto.

El Caballero Roget d'Armaniac se giró sobre su silla para estudiar el campo de batalla. Ante él yacían una pila de ballesteros tileanos, contaminando el suelo de Bretonia con su inferior sangre extranjera. Sus correligionarios gritaban cuando salieron huyendo del campo de batalla. No merecía la pena perseguirlos. Por todos los dioses había mostrado esa escoria aldeana. ¡Cómo se atrevían a creer que podrían oponerse a la flor de la caballería Bretoniana! Bueno, les había enseñado una pequeña lección: que ni diez de esos lacayos a sueldo del emperador Karl Franz suponía un desafío para un noble hijo de Bretonia. Diez, cien o mil. ¡Enviárnoslos! Les mataría a todos, como el verdadero caballero que era.

Se tomó un segundo para alzar el visor de su casco con forma de león. Dioses, ¡cómo se habían lamentado las nubes al mostrar orgullosamente su rostro tras su leonado casco! Así, eso estaba mejor. Ahora podía ver mejor. Sí, era cierto, los Bretonianos estaban ganando, podría decir. Cierto, había unos pequeños reductos de obstinada resistencia, donde la Reiksguard se negaba a aceptar una derrota certera, o donde el trueno de los arcabuceros Imperiales habían hecho añicos a la infantería Bretoniana. Sin embargo, era algo asumible. La infantería eran aldeanos, mimados, débiles y fofos. Simplemente no podías esperar que ellos supiesen luchar apropiadamente. No entendían la naturaleza del honor ni cómo ganar la gloria en batalla.

Al corazón de Roget le dio un vuelco. Podía ver el estandarte imperial ondeando en un monte colindante. No había nada que lo protegiese a excepción de una deshonrosa chusma y pequeño y extraño cañón de nueve tubos. Sí, ése era el momento. Ahora, traería el renombre a la casa de los d'Armaniac. Los bardos cantarían su hazaña durante miles de años. La historia de cómo Sir Roget había liderado a sus hombres a una gloriosa victoria sería contada durante generaciones. Escupió desden al pensar en los alabarderos Imperiales. Esa pequeña caja explosiva no le infundía ningún temor.

Tales cosas eran típicas de las tropas Imperiales. No confiaban en su fuerza y en el acero como un verdadero guerrero debía hacerlo. Siempre buscaban cobardemente alguna ventaja. Bueno, no les haría ningún bien. Se dirigió hacia sus seguidores y señaló la colina.

Sus hermanos caballeros se alinearon tras él, preparados para la carga. Asintieron con sus emplumados cascos. Allí se encontraban algunos de los más renombrados caballeros de toda Bretonia. Reconoció el casco con forma de jabalí de Marcel d'Ume, y el de Lucien de Noir con forma de . Al verles se quedó henchido de orgullo. Era casi injusto, pensó: diez verdaderos Bretonianos contra apenas unos treinta aldeanos y su indigna arma de pólvora.



- ¿Está seguro de que esto es sabio, Sir Roget? – preguntó el joven Sir Edouard. – He oído horrorosos rumores acerca de ese Hellblaster.

Roget maldijo en alto. ¿Qué se podía esperar que le hicieran esos ridículos nueve chismes que señalaban la cresta de águila de su casco? - ¿Eres un hombre o un ratón, niño? ¿Dónde está tu honor?

Esto era demasiado para el joven Edouard. Clavó las espuelas en los flancos de su caballo y, sin esperar a los otros, avanzó hacia la colina. Los caballeros comenzaron a seguir su grito de guerra. Una sensación de poderío invadió a Sir Roget mientras cabalgaba. Dejó caer la lanza sobre su apoyo. Casi había alcanzado su objetivo. No le gustaba el aspecto de aquel bribón que estaba encendiendo la mecha de la base del aparato. Sonreía y se reía a carcajadas. Era casi como si el aldeano no pudiera creer su suerte, y lo demostraba descaradamente.

Está cerca. Pronto tendría el estandarte Imperial en su mano. Podía verse a sí mismo en la corte del Rey Louis, aceptando el reconocimiento de su agradecido monarca. De repente una enorme nube de humo se elevó desde el arma. Por un momento, fue como estar en el infierno. Hubo varias gigantescas explosiones. Las bocas de los cañones relucían incluso a pesar del humo. Los estallidos provocaron en su casco un eco ensordecedor. A su alrededor salían despedidos pedazos de tierra. La metralla rebotaba sobre su escudo. El olor de la pólvora llenaba sus fosas nasales. Algo rojo y húmedo salpicó su cara. Se pasó la lengua por los labios y saboreó el salado sabor de la sangre de otro. Se agachó mientras algo pesado pasó rozando su cabeza. Tras él escuchaba los gritos de dolor de Sir Leon.

La montura de Roget relinchó aterrorizada. ¡Cómo se atrevían a asustar a la bestia de esa manera! Se lo haría pagar. La nube de humo se disipó. Roget se detuvo y esperó la llegada de sus compañeros.

- Por Bretona y el Rey Louis! – gritó, y esperó la respuesta de sus seguidores. Giró la vista lentamente y se quedó horrorizado. No había otros Bretonianos cerca. ¡Todos había desaparecido! ¿Qué vil magia era esa? Seguro que ese arma no había podido quebrar de esa forma su unidad. No, había sido hechicería demoníaca.

Entre gritos de triunfo, los alabarderos Imperiales avanzaron hacia él.
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