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viernes, 28 de febrero de 2014

Gotrek, el más duro



Pues eso, imposible... (conversación del Meme extraída de la novela "Matademonios".)

martes, 22 de octubre de 2013

Gotrek y Félix: Mitos y Leyendas (en el idioma de Cervantes)



Qué pilluelos estos de GW, que siempre tratan de sacar rentabilidad a todo, incluso a cosas ya rentabilizadas... Pero tengo que reconocer que esta vez se trata de un material de buena calidad, salido de la mente del genial Bill King. Ayer vi en el Descanso del Escriba una curiosa noticia referente a la Black Library: con motivo de su aniversario, están sacando cosas viejas, y una de esas cosas viejas es un e-book con tres relatos antiguos de Gotrek y Félix: The lost Kinsmen (aparecido en The Lost and the Damned), Lord of the Undeath (aparecido en el libro de no muertos de 4ª edición) y Death and Glory (aparecido en el libro de Imperio de 4ª/5ª).

Pues bien: como buen nigromante, he decidido "reanimar" esas historias desde la tumba y traerlas para vosotros en español: no es que me haya pegado un gran trabajo en traducirlas: hace tiempo que el Niño Borracho y to pasamos esas historias (y otras) a nuestro idioma. De modo que lo he recopilado en .pdf para que no tengáis que pagarle nada a la Black Library xD

Gotrek y Félix: Mitos y leyendas

En un afán de ser más completo que la BL, os ofrezco este link con una recopilación que hice más de un año atrás, que contiene esos tres relatos además de "El viento de Azyr", aparecido en Magia de Batalla (4ª), y un par de relatos de Thanquol, archienemigo de Gotrek y Félix. ¡Disfrutadlo!

martes, 6 de noviembre de 2012

Leyendas Warhammer: Gotrek y Félix



"¿Qué decir de estos dos? Desde la primera vez que nos vimos, supe que no eran personas comunes. Eso puede saltar a la vista si hablamos del feroz enano matador, pero Félix Jaegar, el poeta, también es una persona extraordinaria, en muchos sentidos. Muy pocos humanos ganamos la confianza del pueblo de Grungni, y menos aún logramos el antiguo y raro título de Amigo de los Enanos. He visto cosas sorprendentes en mis viajes con estos dos, y creo que aún me quedan muchas más por ver."
MAX SCHREIBER, HECHICERO DEL COLEGIO DORADO

"Cómo olvidar a esos dos... Los artífices involuntarios de mi resurrección. Desde entonces, he pensado numerosas veces en hacer llegar mi agradecimiento al matador y su acompañante, pero estoy tan ocupado... Por suerte, tiempo es lo que me sobra."
MANFRED VON CARSTEIN

"Debo alabar la valentía de Gotrek Gurnisson y de su compañero humano, Félix Jaegar, del clan Jaegar, Amigo de los Hijos de Grungni. En el único ojo sano del matador brilla la furia justiciera de Grinmir, según cuentan las leyendas acerca de nuestro ancestro. Las runas fulgurantes de su hacha traen recuerdos a mi mente, sobre los grabados en las cámaras inferiores de la fortaleza, en tiempos anteriores al Rey Lunn... Conocemos el secreto, aunque no lo diremos. El tiempo acabará revelándolo."
REY BELEGAR DE KARAK-OCHO PICOS



"Es indiscutible que tienen algún papel que cumplir. Demasiadas casualidades, siempre en el momento justo en el lugar preciso. Kelmain y Loigor los subestimaron, y uno pagó con su vida, y el otro con su cordura. ¿Qué planes tramarán las fuerzas del Orden? En el fondo es igual: sólo el poder del Caos es eterno."
EGRIMM VAN HORSTMANN

"Mi experiencia junto a ellos me dice que no son mortales corrientes. El enano muestra la típica arrogancia y altivez de su raza, y es sucio y malhablado. El humano no es que huela mucho mejor, pero su mente de simio es capaz de comprender conceptos elevados. Lo mejor que puedo decir de ellos es que serían capaces de sacrificar su vida por un bien mayor para el mundo, lo cual es mucho más de lo que puedo decir de la mayoría de mis compatriotas."
TECLIS DE ULTHUAN

"¡Malditos.malditos! ¡Que la Gran Rata Cornuda arranque sus ojos y desgarre sus pellejos! Esos dos molestos-molestos se han entrometido en mis brillantes planes demasiadas-demasiadas veces. Desde aquello de la madriguera humana de Nuln, y todos aquellos traidores-traidores. ¡Me deben-deben tres ratas ogro! ¡Y me las cobraré-cobraré en sangre! Puede que no ahora-ahora, pero..."
VIDENTE GRIS THANQUOL

"Puez un tapón de ezoz kon krezta roja, y un humanito kon una kapa también roja. Imagino ke para korrer máz, klaro. Zi, ya zé ke laz hachaz enanaz pueden zer muy poderozaz: yo también tengo una ke afané. Pero todavía no ha nazido el tapón ke me vaya a ganar en un kombate. Y zi ha nazido, lo apuñalaré antez de ke krezka."
SKIGGIT, EL GOBLIN NEGRO



viernes, 6 de julio de 2012

Las aventuras perdidas de Gotrek y Félix



Me voy el fin de semana al F.I.V. (el Festival Irracional de Valdepiélagos), pero os dejo un documento recopilatorio que podéis descargar, e incluye todos (creo) los relatos de Gotrek y Félix (¡y Thanquol!) que no aparecen en las propias novelas (y están escritos por el propio Bill King, y no Nathan Long). Están sacados de libros de ejército de la cuarta edición, y de los libros del Caos de 3ª, de aquella época en la que Bill King escribía muchos micro-relatos para ambientar el juego.

Podéis descargarlo AQUÍ.

sábado, 30 de junio de 2012

El viento del Azyr (relato clásico, parte 4)

(Ir a la tercera parte)


Hacía un momento que se encontraba en el rugir de la batalla; ahora reinaba un completo silencio. Kurt abrió los ojos. Con un grito de dolor asustó al pájaro carroñero de su lado y se puso en pié. Observó una escena de devastación total. La batalla había acabado. El llano y la colina estaban repletos de cadáveres. La cola del Ogro Dragón se tensó en un último estertor y la bestia finalmente murió. Aún se movían algunos hombres y enanos allí y allá. Parecía que el ejército Imperial tenía el control del campo de batalla. En la distancia podía oír los gemidos de los heridos y el húmedo y enfermizo raspar de la sierra de un cirujano.

Recogió su báculo y descendió por la pendiente para inspeccionar el cuerpo del hechicero del Caos. Un desagradable olor a carne quemada llenaba el aire. Para su horror, vio que tras el yelmo los ojos del hechicero aún estaban abiertos y observándole. Reprimió el deseo de hundir su báculo en el destrozado cuerpo del hechicero. Se preguntó qué vitalidad sobrenatural le permitía seguir con vida al hechicero después de sufrir todas esas heridas horripilantes.

“¿Kurt? Kurt, ¿eres tú?” La voz ronca surgiendo de la malherida garganta le sorprendió, tanto por su familiaridad como por su extrañeza. Se inclinó sobre el moribundo.

“Sí, Jurgen. Soy yo,” dijo suavemente.

“No valía la pena. No valía la pena perder lo que he perdido.”

¿Retractándote en tu lecho de muerte?” Kurt no pudo ocultar la amargura de su voz.

“No. Mi alma está dedicada a mi señor Slaanesh y pronto vendrá a reclamarla como suya.

Kurt aflojó la correa del yelmo del Hechicero del Caos. Tiró de ella para revelar una pálida tez bajo el yelmo. Tenía los rasgos de Jurgen, sutilmente alterados. Los ojos tenían las pupilas rosadas la abatida sonrisa reflejaba vestigios de colmillos. La blancura de su carne contrastaba con el ennegrecido cuello. Kurt se obligó a sí mismo a mirar a Jurgen a los ojos.

“¿Por qué, Jurgen? ¿Por qué lo hiciste?¿Por qué elegiste el camino de la oscuridad? Tiberias era bueno con nosotros. Él nos enseñaba. No merecía morir.”

Jurgen rió suavemente. “ninguno de nosotros merece morir, pero lo hacemos. Los dioses nos usan como peones en sus juegos.”

Tosió. El sonido pareció fantasmal en su destrozado pecho. “No quería matar a Tiberias,. Cogí la llave de la biblioteca prohibida, tratando de que no me viera. El viejo estúpido me interrumpió. Se había activado un hechizo de alarma. Ya sabes que era peor que él, pudo haberme detenido. Era un poderoso hechicero y yo un mero aprendiz. Podía haberme detenido con una sola palabra. No podía superar su magia. Pero simplemente se quedó pasmado cuando vio que era yo. Agarré lo primero que encontré y le golpeé.”

“¿Por qué te llevaste los libros?”

“Ya sabes la respuesta a eso. Kurt negó con la cabeza. Sí, lo sabes. Cogí los libros porque quería saber lo que contenían. Igual que tú quieres saber lo que contienen.”

“No, no quiero.”

“Sí que quieres. Es la maldición del hechicero necesitar saber. Especialmente los Hechizos Celestiales. Si no, ¿por qué tanta adivinación? Debemos conocer hasta los secretos de nuestro propio destino. ¿Por qué crees que Tiberias no destruyó los libros? Incluso él sintió la tentación de leerlos. Ahora sé las respuestas que contienen: todos moriremos. La vida no tiene mayor significado que el que nosotros le damos. Los libros están en mis alforjas.”



Jurgen rió salvajemente. Su risa creció en fuerza y fue interrumpida por sus estertores de muerte. Kurt se inclinó y cerró los ojos del Hechicero del Caos. Cogió los libros de las alforjas de la montura muerta de Jurgen.

Los sintió ligeros en sus manos y no pudo apreciar el mal en ellos. Eran sencillamente unos delgados volúmenes forrados de cuero, como cualquier otro libro. Sintió un abrumador deseo de abrir uno y ojearlo. Solo para estar seguro. ¿Qué daño podía hacerle? Él era suficientemente fuerte. ¿Qué podía haber de malo? ¿Qué innombrables y blasfemos secretos se aludían en ellos? Sus pensamientos le proporcionaron una cierta agitación oscura.

Cuidadosamente envolvió los libros en la seda y los colocó en el suelo delante suyo. Pronunció una palabra y los libros empezaron a arder. Mientras las llamas se levantaban hacia el cielo, se sintió completamente libre. Sabía que un día lamentaría lo que había hecho, que permanecería despierto por las noches preguntándose por su contenido, pero de momento había conseguido una victoria.

Sintió unos ojos sobre él y se volvió para ver a dos de los guerreros del Emperador. Uno de ellos era el hombre alto con el cual había hablado la tarde anterior. El otro era el Matatrolls de un solo ojo.

“Bien, se acabó. Tus hechizos y la caballería los han derrotado. Hemos vencido,” dijo el hombre. Había una nota de ironía en su voz mientras señalaba los montones de muertos. Se rodeó con su harapienta capa roja como un niño buscando la protección del frío.
“Sí, lo hemos hecho,” dijo Kurt, y por una vez no había duda en su voz.



viernes, 29 de junio de 2012

El viento del Azyr (relato clásico, parte 3)

(Ir a la segunda parte)


El hechicero negro echó hacia atrás su cabeza y respiró profundamente. Aspiró en las nubes de la Magia Oscura hasta que parecía que su pecho iba a explotar. Una aureola de energía rodeó su cabeza. Los agujeros para los ojos de su yelmo estaban iluminados con un fantasmagórico fulgor rojo. Lentamente, Jurgen exhaló. Hubo audibles jadeos de dolor y gritos de miedo que partieron de la línea Imperial. Avanzó a través del terreno abierto hacia la colina a una velocidad enorme. Kurt estaba tan aturdido que se quedó momentáneamente paralizado, inmóvil por el miedo. No podía pensar en nada. La nube negra se acercó más. El Matatrolls rugió unas instrucciones a sus tropas para que se apartaran. Kurt vio las runas brillando en su hacha y la reconoció como un arma mágica.

El ejército del Caos se había acercado más. Pronto estarían a distancia de carga. Estaban tan cerca que Kurt podía ver los ojos de los enloquecidos guerreros tatuados y la sonrisa que torcía sus labios. Creyó oír las palabras de un lenguaje extraño entre gritos y chillidos. El Ogro Dragón surgió de entre la multitud, lanzando un grito de guerra lleno de odio.

Jurgen gesticuló y envió un mortal rayo de fuego negro hacia el cañón órgano. La tripulación gritó y se cubrió los ojos. Uno intentó apartarse cuando la manifestación de la energía sobrenatural se acercó todavía más. Kurt apeló a su fuerza y lo disipó con un muro de energía azul. La tripulación dejó de gritar e hizo el signo del martillo sobre sus pechos, agradeciendo a Sigmar su ayuda.

Mientras la nube negra atravesaba la línea de enanos, cuerdas negras los arrastraban al interior de la niebla. Un tentáculo rodeó al Matatrolls que luchaba frenéticamente. Separó sus pies para afianzarse. Grandes fibras musculares aparecieron en su cuello y espalda mientras golpeó con su hacha para liberarse del tentáculo. La nube negra se movía colina arriba hacia el cañón órgano.




Aunque fatigado, Kurt trató de encontrar la fuerza suficiente para lanzar su siguiente hechizo. El cansancio estaba empezando a actuar. Sus extremidades estaban débiles, carentes de fuerza. Su corazón latía fuertemente y su respiración era entrecortada el sudor empapaba sus ropas y el frío viento había empezado a entumecer su cuerpo. Se sentía como si hubiera corrido durante cincuenta kilómetros.

¡Un momento!, el viento frío, eso es. Trató de recordar las palabras del hechizo que le permitiría dominar el viento, y las entonó con toda la fuerza que pudo reunir. Ahora podía ver las formas oscilantes del viento. Pequeños ciclones y anticiclones, remolinos, espirales y corrientes de aire eran visibles a sus ojos. Las arremolinó juntas con sus palabras y las envió hacia la nube negra con un gesto.

El golpe de viento aumentó de fuerza al avanzar. Penetró en la nube negra, haciéndola retroceder hacia las líneas de la horda. Al retirarse, los esqueletos de los enanos que había atrapado cayeron de su interior. Sus armaduras estaban picadas y corroídas por el ácido, y los cráneos blanquecinos parecían mirar a través de sus yelmos. En el flanco derecho, los Caballeros Pantera cargaron contra las líneas enemigas. Ningún Hombre Bestia podía resistir el embate de las lanzas de caballería propulsadas con toda la fuerza de los caballos de guerra. El flanco derecho del ejército del Caos comenzó a derrumbarse. Los cañones despedazaban las masificadas líneas de guerreros, haciendo estragos. Los cuerpos volaban por los aires a causa de los impactos. El cañón órgano disparó varios proyectiles. Múltiples impactos atravesaron la línea del Caos, fragmentando los cuerpos con el impacto antes de que se fundieran los sobrecalentados proyectiles. El Ogro Dragón se elevó en lo alto y casi cayó. Las armas de fuego rugieron y las ballestas fueron disparadas. A tan corta distancia no podían dejar de provocar efectos devastadores.

Jurgen gesticuló. Zarcillos de noche surgieron de sus manos e impactaron en los cuerpos de los caídos. Los muertos se levantaron como marionetas con sus hilos reparados, controlados por un nuevo titiritero. Un hombre con un virote atravesado en el ojo caminaba al lado de un Hombre Bestia cuya carne era una masa de pulpa machacada. Se les unieron cadáveres andantes que se sostenían las entrañas de sus estómagos perforados con una mano y el arma en la otra. Los esqueletos de los enanos se pusieron de pie y se unieron a las filas del enemigo.

Un gemido de terror recorrió la línea Imperial. La nube negra atravesó las filas del Caos propulsada por el viento que Kurt había invocado. Intentó tragarse a Jurgen y al Señor de la Guerra del Caos. Jurgen se apartó a un lado, pero el Señor de la Guerra no fue tan afortunado. Múltiples tentáculos convergieron a su alrededor y lo atrajeron, mientras maldecía y vociferaba hacia la voraz nube.

Una vez más, Kurt invocó el rayo, y lo envió para que golpeara a uno de los demonios femeninos con garras. Por un momento éste permaneció completamente quieto; entonces brilló y desapareció en una nube de almizcle que se sobrepuso a todo.

La horda del Caos penetró en las líneas Imperiales impertérrita ante la pérdida de su general. Las armas entrechocaron, metal oxidado centelleó al impactar el hierro forjado enano. El Ogro Dragón y las Diablillas atravesaron a los enanos que quedaban. El Matatrolls atacó al gigantesco Ogro Dragón, que lo envió rodando hacia atrás con un golpe de su cola. Se volvió a poner en pie y rodeó cuidadosamente con el hacha preparada para golpear. Las Diablillas eliminaron al último de los soldados enanos. Todo lo que quedaba entre ellos, los cañones y Kurt era un cañón órgano y su dotación. Hasta Kurt sentía el embrujo de su hipnótica belleza. Quizás no sería tan terrible morir bajo los amorosos cuidados de esas bellas garras.

Más tropas del Caos penetraron a través del agujero de la línea Imperial. En la parte inferior de la colina, hacia la izquierda, los pistoleros soltaron sus armas y huyeron perseguidos por una ululante banda de Hombres Bestia. A la derecha, la Reiksgard era aniquilada por renegados humanos. Parecía que los Caballeros Pantera estaban atrapados en un arremolinado cuerpo a cuerpo. Oyendo los gemidos de los moribundos, mientras los Hombres Bestia aniquilaban a los artilleros que huían, Kurt empezó a pensar que todo estaba perdido. Las tripulaciones de los cañones realmente lo pensaban. Viendo desmoronarse la línea Imperial, habían huido. Kurt estuvo tentado de unirse a ellos.

De repente, vio al hechicero del cuerno cabalgando hacia él entre nubes de polvo. Su atención se centró hasta que parecía que en el mundo solo existían él y el extraño de la armadura. Se concentró en el enemigo y reunió todo su poder para el golpe final. Usaría la Tormenta de Shemtek. Se controló en su interior, acumulando el ardor de su odio y su miedo. Se obligó a sí mismo a permanecer de pié para enfrentarse al hechicero negro y cruzar las miradas. Por un momento lo reconoció y eso fue suficiente.

Kurt rugió las palabras finales del hechizo, abrió al máximo sus brazos y descargó toda su energía de golpe. Sus ojos ardían. Vientos tormentosos rugieron dentro de su cerebro. Abrió la boca para gritar y salieron rayos de color azul. Su pelo se erizó y su capa ondeó al viento. Le pareció que su piel ardía, como si se estuviera pelando para descubrir el corazón fundido de su ser. Luchó para mantenerse consciente. Su piel se agrietó y saltaron chispas, cientos de pequeños rayos surgieron de su piel, golpeando el aire y volviendo a unir su deteriorado cuerpo. Concentró todo su poder en el enemigo y lo liberó. Pareció como si todo su cuerpo fuera a desgarrarse mientras el tormento de energía surgía hacia adelante.

Mientras caía, vio como un rayo golpeaba a Jurgen. Otros rayos impactaron en las Diablillas y atravesaron las filas del ejército del Caos. Entonces su cabeza le pareció explotar y se derrumbó en la inconsciencia. Para Kurt la batalla se había acabado.

(Mañana la conclusión)

jueves, 28 de junio de 2012

El viento del Azyr (relato clásico, parte 2)

(Ir a la primera parte)


El sol naciente dispersó la niebla matinal. Un cuerno bruñido tocó su larga y solitaria llamada. Al redoble de los tambores, el ejército del Caos empezó su avance.

Alrededor de los deformados guerreros el aire brillaba, las fuerzas mágicas brillaban como arcos iris atrapados y la visión se tornó borrosa y distorsionada. El gélido viento trajo los desagradables aromas de perfume, almizcle y narcóticos. Kurt respiró profundamente y su piel hormigueó. Una sensación de exultación le inundó. Las tentadoras voces de los demonios le llamaban, susurrando seductoras promesas y demoniacos tratos. Cautelosamente, exhaló el aire y empezó los ejercicios respiratorios que su viejo maestro Tiberias le había enseñado. “Permanece calmado,” se dijo a si mismo. “No hay nada que temer.”

El heterogéneo enemigo avanzó. Kurt divisó dos jinetes del Caos en el centro del ejército: un guerrero de armadura negra y a su lado una figura demacrada con un cuerno en la cabeza que creyó reconocer. ¿Esa figura vestida de negro podía ser realmente Jurgen, su amigo de la infancia y vigoroso camarada? Exhaló y trató de evaluar la fuerza del enemigo. El ejército del Imperio era más numeroso, pero eso no quería decir nada. Los seguidores de la oscuridad eran suficientes para provocar pesadillas a un hombre cuerdo y para aterrorizas al más valiente. Moviéndose junto a los líderes del ejército había un ser gigantesco, un obsceno híbrido de dragón y ogro, grande como un mastodonte.

Grandes criaturas cornudas marchaban en poderosas compañías. Ululantes gritos de guerra surgían de sus cuellos. Caballeros acorazados montados en corceles extrañamente deformados nivelaban sus lanzas entrelazadas con malignas runas en sus fustas. Sobrenaturales jinetes andróginos montados en monstruosidades parecidas a pájaros cargaban contra la línea Imperial. Bandadas de bestias bípedas babeaban obscenamente y lamían de forma lasciva a los guerreros del Caos. Enloquecidos soldados del Caos revestidos de cuero blandían armas oxidadas bañadas en sangre, con sus tatuados puños mientras proferían amenazas y maldiciones. Mujeres con garras bailaban sensualmente y tentaban a los soldados del Imperio.



A su alrededor los guerreros del Imperio sonreían como si estuvieran hipnotizados. Les faltaba el control de Kurt. Para ellos el hilo de la batalla ya no era tan malo; se habían contagiado de algo de la extraña locura del enemigo que se aproximaba. Los artilleros sonreían nerviosamente mientras cargaban sus cañones, poniendo las municiones en el alma del cañón como niños jugando con algo divertido. Los oficiales indicaban alegremente los ángulos de elevación. Los artificieros encendían velas y las mantenían cerca de las mechas, esperando la orden de disparar. En el centro de la ladera de la colina, la tripulación del cañón órgano rió bulliciosamente. Había algo siniestro en todo aquello. Los hombres que se enfrentan a la muerte no están tan alegres.

Al pie de la montaña, el matatrolls de un solo ojo vociferaba órdenes a la línea de infantería pesada enana. No había signo alguno de loca alegría entre los duros guerreros de los martillos. Tampoco la había entre la estricta infantería de la Reiksgard que estaba tras ellos. Desde la base de la colina, largas filas de alabarderos, lanceros y espaderos se extendían hacia el este y el oeste. Kurt vio a los ballesteros de Tilea cargando sus armas y a los pistoleros de Altdorf cargando la pólvora en sus armas.

En el distante flanco derecho, los poderosos caballos de guerra de los Caballeros Pantera se revolvían y pareaban. Los caballeros con armaduras metálicas que los montaban parecían calmados y despreocupados. Los Arqueros a Caballo de Kislev corrían por la línea, recién llegados, ocupando sus posiciones en el último momento en el extremo del flanco izquierdo.

Kurt vio como el jinete cornudo levantaba en alto su espada negra como el ébano. Invisibles a todos los ojos excepto a los suyos, los vientos negros empezaron a arremolinarse en el cielo, viéndose inevitablemente atraídos hacia la punta de la espada. Kurt percibió los cambios en las corrientes de la magia como podía notar el cambio de la dirección del viento en su cara. Un escalofrío recorrió su espalda y el vello de su cuerpo se erizó. Se acercaba el momento de la verdad.

Jurgen, si ese era Jurgen, había esculpido las oscuras energías en forma de un hechizo. El aire a su alrededor se volvió negro y empezaron a materializarse rojizas espadas. Oyó el sonoro silbido de la respiración de un soldado cercano a él cuando vio lo que para Kurt era evidente hacía tiempo. El hechicero del Caos giró el arma alrededor de su cabeza pero, antes de que pudiera elegir un blanco y librear su energía, Kurt liberó un potente contrahechizo.

Levantó su báculo culminado en una calavera hacia el cielo y liberó su mente. Dejó que la energía fluyera a través de su cuerpo. Los invisibles vientos tiraron de su capa y rizaron su pelo. Sus palabras le quemaban en la boca. Sílabas de fuego secaron su lengua. Dominando su dolor, abarcó el aire con las manos. Unos rastros chisporroteantes revolotearon tras de él. Obligó a su boca a escupir las palabras. Parecía que estuvieran sujetas a su cuello por espinas invisibles. Estrías de color azul cielo surgieron de él y volaron hacia Jurgen. Bajaron desde el cielo, dispersando el hechizo de espadas de viento antes de que pudiera ser liberado. Las energías oscuras se fundieron como el hielo bajo la lluvia. Kurt doblegó más energía con su mente, dándole la forma de un nuevo hechizo. Trenzó una red de energía alrededor suyo. Un escudo de energía azul flotó en el aire cerca de su brazo, a punto para interceptar cualquier peligro. Su trabajo acabó momentáneamente. Kurt volvió a centrar su atención en la batalla.

La caballería de Kislev cabalgaba hacia delante, tensando y preparando sus arcos, disparando con movimientos fluidos y rápidos. Al fondo, a la izquierda los Caballeros Pantera avanzaban al trote. La infantería mantenía la línea, esperando. Los cañones hablaron, vomitando grandes nubes de humo. El olor a pólvora superó el perfumado almizcle de la Horda del Caos. El proyectil del cañón cayó cerca del general enemigo y rebotó. El ejército Imperial dejó escapar un rugido de desilusión. El otro cañón soltó su proyectil en medio de una formación de Hombres Bestia y abrió un agujero entre sus filas. Drogados y decididos, volvieron a cerrar sus filas y continuaron avanzando.

Con un sonido similar a la explosión simultanea de un centenar de petardos, los pistoleros dispararon una salva. Ensangrentados guerreros cayeron como marionetas a las que se les habían cortado los hilos de repente. Una buena parte de ellos giraron sobre si mismos y huyeron aullando, habiendo perdido toda la entereza para combatir en la tormenta de plomo. Las burlas de los enanos fueron sonoras y sinceras. Kurt vio a una diablilla decir adiós a los que huían. Había algo indescriptiblemente amenazador en ese gesto.

Las ballestas susurraron; docenas de virotes volaron hacia el enemigo. La muerte de plumaje negro cayó sobre los deformados guerreros. Jurgen vio como uno caía de rodillas, agarrándose la garganta. Pronto se hundió en el fango pisoteado por sus compañeros. A los demás Hombres Bestia heridos les esperaba el mismo destino.

Kurt apretó su báculo con fuerza y conjuró más energía para empuñarla. Su báculo parecía pesar, cargado con la energía que debía liberar. Apuntó a su enemigo. El olor a ozono llenaba el aire. Los rayos saltaban desde la punta del bastón y un gran arco energético unió a Kurt en un extremo y a Jurgen en el otro. Los hombres gritaron, momentáneamente cegados por el destello.

El mago negro se irguió despreocupado, se rodeó con su capa y los símbolos de la Magia Oscura cosidos en ella formaron una línea de sólida negrura entre él y el rayo. El rayo ardió tan brillante que hacía daño a los ojos y entonces se desvaneció, tragado por la oscuridad. Kurt entrecerró los ojos, desviándolos del enemigo, esperando a que la mancha de luz desapareciera de su retina. Quedó reflejada como una serpiente de luz. Cuando su vista se recuperó vio que Jurgen seguía erguido.

(Continuará)

sábado, 23 de junio de 2012

El viento del Azyr (relato clásico, parte 1)

Primera entrega de este relato clásico de Bill King, aparecido en el Warhammer Magia de Batalla de 4ª edición.








Kurt podía ver el campamento enemigo en la distancia. Sabía que en algún lugar en su interior se hallaba el enemigo que un día fue su amigo. Los fuegos del campamento cubrían la llanura; sus llamas bailaban hacia el cielo como si surgieran a través de la tierra desde el infierno. De vez en cuando, uno de los guerreros de la horda se situaba ante uno de los fuegos y tenía la breve visión de una bestial cabeza deformada sobre el cuerpo de un hombre silueteado por las llamas. Otras veces, se alzaba un humo teñido de rojo que lo oscurecía todo a la vista, flotando como nubes de incienso carmesí en algún temible templo. De su interior surgían terribles sonidos: carcajadas enloquecidas, aullidos de dolor, gemidos de placer, el golpear de grandes látigos, el ondulante canto de sirena de los demonios.

Un caballero gigantesco de negra armadura a horcajadas sobre una montura de ojos rojos con barda surgió lentamente de entre el resplandor del campamento. Observó las posiciones del Imperio. La bestia golpeó el suelo con sus cascos. Kurt habría jurado que de su nariz surgían pequeñas llamaradas. Por un momento pareció que los infernales ojos del guerrero le miraban directamente hacia él, sus miradas trabadas en la distancia. Preguntándose que locos pensamientos corrían por la mente del guerrero, Kurt se acobardó y miró hacia otro lado. Incluso la presencia del gran cañón Imperial en la colina no le dio suficiente valor. La naturaleza sobrenatural del enemigo le llenaba de miedo.

Entonó un encantamiento y la energía se expandió en su interior. El olor metálico a ozono llenó el aire, los rayos oscilaban en su puño. Levantó la mirada, buscando al jinete negro, pero se había marchado. Abrió su mano. Un torrente de chispas bajaron a tierra. Chisporrotearon en el polvo y la hierba a sus pies ennegreció y murió.

“¿No puede dormir?” preguntó una voz suave cerca suyo. Kurt se sobresaltó. El hombre se había aproximado tan silenciosamente que no lo había oído. Kurt se preguntó cuanto tiempo debía hacer que estaba allí mirándole. Escudriño la oscuridad. En la sombra de los grandes cañones pudo ver al extraño: un guerrero alto, rubio y flaco con la cara marcada y la capa raída.

“No puedo dormir,” respondió Kurt, ajustándose sus ropajes azules. Instintivamente agarró con más fuerza su báculo.

“Yo tampoco puedo. Nunca puedo antes de la batalla,” dijo el hombre. Había algo inquietante en el desconocido. No parecía un mercenario, más bien un estudioso. Pero era una época muy extraña. Los estudiosos a veces se veían obligados a empuñar la espada, o el arma que mejor conocieran. ¿Quién podía saber esto mejor que él?

El guerrero se recostó en el alma del cañón y miró hacia el enemigo. Desde que el Guerrero del Caos había desaparecido en la niebla, todo se había quedado siniestramente silencioso. Las voces de unos enanos borrachos que cantaban surgían del campamento Imperial. Las dos lunas aparecieron entre las nubes, Iluminando la llanura con una pálida luz. Kurt deseó que se levantaran las nubes para poder ver las estrellas. Siempre había amado las estrellas. Deseó estar de vuelta en la vieja torre de Tiberias, Observándolas con un telescopio.

“¿Por qué lo hacen?” preguntó el desconocido. Su voz era tan suave y cansada del mundo que Kurt se preguntó si estaría hablando consigo mismo. Entonces Kurt se dio cuenta de que el desconocido también había visto al caballero de negra armadura. “¿Qué hace que un hombre venda su poder a la oscuridad?”

Kurt se hacía a menudo esa pregunta a sí mismo; un hombre con su profesión debía hacerlo. “Quizás desean poder o conocimientos prohibidos. Quizás esperen satisfacer lujurias secretas. Quizás busquen olvidarse de ellos mismos y de su humanidad. ¿Quién podía decirlo?”

“Creo que todos nosotros podríamos. En alguna parte he leído que la tentación del Caos es mayor de lo que ninguno de nosotros querríamos admitir. Muchos de los que combatiremos mañana una vez fueron verdaderos hombres.”

Kurt se preguntó si el desconocido estaría leyéndole sus pensamientos. Él no podía leer los de Jurgen. Pero bueno, se dio cuenta entonces de que nunca podría. Ni él lo había conocido realmente. Ambos habían estudiado juntos con el maestro Tiberias durante siete años y Kurt no había sospechado lo que corría por la mente de Jurgen hasta esa terrible mañana que encontró la cabeza del viejo hundida y despojado de la llave de su biblioteca. Jurgen había deseado esos libros de oscuros conocimientos y finalmente los había cogido antes de huir de la torre del hechicero.

Ese había sido el inicio de una larga persecución que había llevado a Kurt a ese campo de batalla. Si sus predicciones eran correctas, mañana se enfrentaría a Jurgen y habría un ajuste de cuentas. Había visto la destrucción causada por la horda en su avance. Al día siguiente ninguno de los dos bandos sería misericordioso.

Kurt estaba asustado. No tanto por la batalla del día siguiente, sino por la perspectiva de enfrentarse a Jurgen. Mañana encontraría a su compañero hechicero y la respuesta a algunas preguntas. ¿Tenía Jurgen un alma malvada o era sencillamente débil? A decir verdad, el extraño tenía razón. Quizás lo que ponía a Kurt tan nervioso y que despertaba en él cierta culpa era la idea de que podía haber sido como Jurgen. La base de toda la hechicería era la búsqueda del conocimiento. Quizás Jurgen solamente había mirado en lugares más oscuros para encontrarlo. Quizás Kurt podía ser tentado para hacer lo mismo.

“Ven a beber con nosotros, humano,” dijo otra voz. Esta voz, que era más profunda y áspera pertenecía a un enano matatrolls con un solo ojo. Había aparecido de entre la oscuridad para encararse a los dos. El desconocido se encogió de hombros y mostró la intención de ir.

“¿Le importaría acompañarnos?” preguntó. Kurt sacudió la cabeza. Había de hacer una serie de rituales preparativos que completar. Mañana sería un día importante. Necesitaba tener la mente clara y las facultades frescas. Mañana miraría a la oscuridad a los ojos y vería lo que pudiera ver.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Los parientes perdidos (un relato de Gotrek y Félix)

El viejo enano estaba muriendo, lentamente y con gran dolor. Félix Jaegar observó la desgarrada y destrozada criatura y el reguero de sangre , que se perdía tras el rocoso camino. Intentó adivinar qué había llevado a conducir aquellas extremidades fracturadas sobre los ásperos alrededores. Debió hacer un esfuerzo sobrehumano para llevarlo a cabo. Félix supo que no pudo conseguirlo. Se habría rendido y entonces moriría.

–Vengadme, forasteros. No me dejéis morir en vano–jadeó el enano. Félix pudo ver las gotas de sangre que le manaban de entre sus dientes partidos. Extendió su brazo para agarrar la pierna de Félix con los muñones de los dedos que habían sido cauterizados en llama viva. Félix miró la carne chamuscada y luchó contra las nauseas que le invadieron.

–¿Quién te ha hecho esto, hermano?–preguntó Gotrek Gurnisson con una voz helada como el viento del norte. Su sombra se posaba sobre el rostro del enano moribundo. Miró la cresta en punta de pelo rojizo de Gotrek, sus estridentes ornamentos y su musculosa figura llena de tatuajes.

–Fueron los parientes perdidos, Matador. Nos encontraron mientras buscábamos oro bajo las Grandes Cataratas. Nos cogieron por sorpresa, nos apresaron y torturaron. Entonces me dejaron marchar.–

Respiraba entre dolorosos jadeos y hubo un horrible sonido de gorgoteo bajo su pecho.

–Intenté conseguir ayuda. Lo intenté pero no podía caminar. Ellos me partieron las piernas. Es demasiado tarde para conseguir ayuda y ellos lo sabían. Ah, mi familia...–

Félix se dio cuenta de que el enano estaba delirando, intentando desesperadamente aferrarse a la vida para terminar su historia. Gotrek Gurnisson se inclinó hacia el enano y acunó su cabeza en un sorprendente gesto de gentileza. El enano intentó incorporarse y extendió su mano, implorando al matador.

–Fueron los parientes perdidos. Ellos son los responsables. Véngame, extranjero. Libéralos. Fueron los parientes perdidos... ¡uurhgh!–

–Se ha ido. Ve con los ancestros, hermano. Tu espíritu es libre–dijo.

El matador se puso de pie y Félix se estremeció al ver la furia que transformaba el rostro de Gotrek.

–Descansa en paz–dijo Gotrek –, serás vengado.–

Anduvieron por el paso azotado por el viento. Félix se ciñó más al cuerpo su rojiza capa de lana de Suddenland para abrigarse del húmedo frío. La cima en el norte de las Montañas del fin del Mundo era el lugar más frío en el que había estado. Gotrek miraba hacia la inclinada cuesta en dirección al norte. Una rabia casi melancólica parecía conducir sus pasos.

–Los parientes perdidos–murmuró y sacudió su cabeza.

–¿Quiénes son ellos?–preguntó Félix con cautela. Gotrek se giró y se plantó ante él. Félix pudo ver al matador agarrando su hacha con tal fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Gotrek escupió en el suelo.

–¡No preguntes!–espetó enfurecido.

– Acabo de hacerlo–respondió Félix.–Si voy a arriesgar mi vida luchando contra ellos quiero saber por qué lo estoy haciendo. ¿Quienes son ellos y por qué les odias tanto?–

Gotrek permaneció en silencio durante largo tiempo. Félix trataba de imaginarse qué respuesta recibiría de Gotrek o si tal vez iba a maldecirle y hacerle correr el mismo destino que a ellos.

–No les odio–dijo Gotrek pasado un rato. Una compleja mezcla de emociones quedó reflejada en su voz; tristeza, vergüenza y odio. – Odio lo que hicieron. Odio lo que me contaron acerca de mí mismo.–

Félix le observó, confundido. Mientras avanzaban a través del valle, Gotrek continuó hablando.

–Hace mucho que los enanos nos alzamos en contra de los Antiguos Poderes Oscuros. Desde el amanecer hasta el fin de los tiempos , siempre seremos sus enemigos por una razón. Parecía que éramos inmunes a la poderosa influencia que es la maligna fuerza del Caos. Ni un solo niño nacido en las ciudades enanas había sido portador de ningún signo de mutación. Nuestros ejércitos no se convertían en tambaleantes horrores cuando la influencia del Caos se extendía sobre ellos.

Alzó la vista hacia la distante montaña.–Nos creíamos inmunes al poder de El Que Cambia las Cosas. Era una fuente de orgullo. Otras razas como los hombres de corta vida o esos traicioneros elfos sibaritas cayeron bajo su influjo, pero no nosotros.–

Gotrek dejó salir de su boca un ruido similar a una amarga risa.–Pero como con el resto de las cosas de las que nos enorgullecíamos, nuestra aparente inmunidad nos jugó una mala pasada. Durante la última gran incursión del Caos, algunos de nuestros batallones fueron atrapados en las tormentas de disformidad más poderosas que se recuerdan. Se desvanecieron y les dimos por muertos.–

Félix sabía lo que se avecinaba.–Entonces es que no estaban muertos–dijo.

–Correcto, hombrecillo. Al poco tiempo recibimos informes de que ejércitos de enanos con negras armaduras marchaban desde los desiertos. Cuando enviamos refuerzos a nuestros aliados descubrimos que los rumores eran ciertos. El poder de El Gran Mutador se había introducido en nuestros ejércitos y habían cambiado. Nuestros guerreros se encontraron combatiendo en contra de nuestros parientes, diabólicamente cambiados. No puedes ni imaginar el horror que eso supone para un enano, hombrecillo.–

El matador cayó una vez más en un melancólico silencio. Continuaron su andadura entre las penumbras. A lo lejos, en dirección al norte, Félix señaló la cambiante aurora boreal que señalaba el inicio de los desiertos del Caos.


* * * * *


Con un golpe arqueado de su espada, Félix acabó con su oponente. Una sorprendente mueca de gratitud parecía estar dibujada en el rostro de la criatura. La primera cosa de la que Félix se percató cuando se enfrentaron era la expresión de absoluta miseria en sus caras.

Los últimos gritos de los que aún agonizaban cesaron finalmente. Félix observaba la escena tras el cadáver de un enano albino al cual había dado muerte. Sentía un fuerte dolor en el brazo. Rasgó un pedazo de su capa y comenzó a atárselo en torno a la profunda herida de su brazo. Mientras, miraba a Gotrek.

Parecía como si el matador hubiese estado trabajando en un matadero. Todo su cuerpo estaba cubierto de sangre y vísceras. Parte de la sangre era la suya propia y su cresta estaba lacia y enmarañada. A sus pies yacían seis pequeñas figuras sin vida.

–Tuvimos suerte–dijo Félix–de pillarles mientras se emborrachaban de aguardiente.–

El enano asintió. Había sido una dura pelea. Los enanos parecían encontrarse en un estado mental de odio hacia sí mismos y pelearon sin ningún temor por sus vidas.

–Les hemos liberado–dijo Gotrek.

–¿A qué te refieres?–preguntó Félix.

Gotrek hizo un gesto mientras observaba a uno de los enanos del Caos. Félix pudo observar el cambio que se estaba produciendo sobre él. Sus afilados colmillos parecían estar retrayéndose y sus dientes como alfileres habían vuelto a su forma original. La tez de su piel dejaba atrás su color blanco enfermizo. Comenzaba a parecerse a un enano corriente.

–Sus espíritus luchan por librarse de El que Muta las Cosas. A veces son liberados tras su muerte.–

Hubo un indicio de orgullo en el tono de su voz. Se inclinó y cerró los ojos del enano.

–Se ha acabado. Ve con los ancestros, hermano. Tu espíritu es libre–dijo gentilmente.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Castillo Drakenhof (una historia de Gotrek y Félix, parte 3)

(IR A LA PARTE ANTERIOR)



Manfred von Carstein daba un paseo por las murallas de su castillo, disfrutando por primera vez en siglos del sentimiento de movilidad. Había yacido durante mucho tiempo en los pantanos de Hel Fenn con sólo la mínima percepción de sus alrededores. Hasta que ese idiota de Schtillman había perturbado sus huesos, no tenía mayor conciencia de sí mismo que una babosa o un insecto. Ahora, una vez más, era él mismo, el orgulloso noble que había estado a punto de derribar el Imperio. Señor de los hombres y de la magia, último de los inmortales condes vampiro de Sylvania.

Miró las dos lunas a través de las oscuras nubes; criaturas aladas se deslizaban entre los vientos. Todos los signos estaban allí: a través de esta ancestral tierra, los poderes de la no muerte se agitaban una vez más. Los necrófagos se juntaban, las plagas asolaban las ciudades, los muertos se removían, inquietos, en sus tumbas. Un antiguo familiar le había traído noticias de las tierras del sur, donde Nagash se había alzado una vez más, saliendo de su antigua fortaleza para atar la oscuridad misma a su voluntad. Este pensamiento preocupó a von Carstein, pues sabía lo que ese antiguo y maligno liche era capaz de hacer. Una vez había estado cerca de dominar el mundo. Podrían hacerlo si unían sus poderes. Al conde vampiro se le ocurrió que su resurrección y el alzamiento de Nagash podían estar relacionados, pero se deshizo de la idea. Él era su propio amo, y tenía sus propios planes, y ahora estaban más cerca de cumplirse.

Había mandado un mensaje a la Hermandad a través de antiguos y laberínticos caminos. Incluso ahora, jinetes pálidos en corceles oscuros se dirigían hacia su fortaleza. Compañías de esqueletos y zombis eran atraídas por la llamada de su voluntad. Los necrófagos escarbaban en los cementerios y sus criados zombi preparaban las criptas para la llegada de sus aliados. Von Carstein sonrió, y sus blancos colmillos relucieron a la luz de la luna. Pronto tendría un ejército una vez más. Pronto podría reclamar su tierra a los usurpadores que la habían ocupado. Pronto los mortales temblarían de nuevo.

Sus poderes ya se habían recuperado. Incluso deseó que el enano estuviese presente para poder romper sus huesos y lanzar su cadáver sin sangre desde la muralla más alta. El hecho de haber tenido que huir de su propio castillo por un simple matador hería su orgullo de von Carstein, y tuvo que esconderse hasta que el enano y su compañero humano se cansaron de buscar. Pero en su larga vida, Manfred von Carstein había aprendido el valor de la paciencia. Sabía que había un momento para luchar y un momento para huir. En ese momento, huir se había mostrado como la opción más sensata. En Hel Fenn había aprendido a temer el poder de las armas rúnicas enanas, y ese enano llevaba una de las más poderosas de todas. Un odio gélido llenó su corazón. Una noche no muy lejana le haría pagar por su insolencia. Después de todo, tenía todo el tiempo del mundo para llevar a cabo su venganza.

Se arrebujó en su oscura capa. No debía distraerse con pensamientos de venganza. Tenía una meta a largo plazo que lograr. Una vez su ejército se hubiese reunido, marcharía hacia el este; uno por uno, los pequeños pueblos de Sylvania sabrían que su señor había regresado para reclamar lo que es suyo. En su mente recreó el esplendor de los antiguos días. Vio los lujosos carruajes negros llevando a la nobleza de piel pálida entre sus refugios. Vio las brillantes copas en las que la sangre humana era vertida con un escanciador de cristal, y vampiros enmascarados persiguiendo a sus aterrorizadas víctimas a través de los jardines gloriosamente podridos. Vio los embrutecidos campesinos doblando sus cuellos ante él, sus ojos llenos de una estupidez bovina como si fuesen ganado. Pronto, se dijo a sí mismo, esos días volverían.

¿No era acaso el destino del vampiro alimentarse de la humanidad?¿No eran acaso esos seres de vidas cortas simple ganado para sus amos no muertos? Era su deber proveer de alimento a la aristocracia de la noche, del mismo modo que era el deber del ganado proveer de alimento a la humanidad.

Manfred von Carstein sacudió la cabeza. Sabía que esos pensamientos eran peligrosos. Los humanos no eran simple ganado. Eran más bien como el jabalí salvaje que debe ser cazado antes de ser despojado de su mortalidadran peligrosos y astutos, y había razones para temerlos, pues eran numerosos y dominaban la magia. No volvería a subestimarlos como había hecho en el pasado, cuando estaba lleno de confianza en sus poderes vampíricos.

Captó el brillo de la sangre en el patio posterior. Se mantuvo quieto por un momento y escuchó. Oyó suaves pasos en la escalera tras él, y se volvió sonriendo. Era la chica que el matador y el humano habían rescatado de la mazmorra. Sonreía nerviosamente. Había vuelto, como sabía que haría. Lentamente, se deslizó junto a ella. Ella echó su cabeza hacia atrás, descubriendo su cuello, preparada para el beso.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Castillo Drakenhof (una historia de Gotrek y Félix, parte 2)

(IR A LA PRIMERA PARTE)


Bajaron por la escalera hacia las mazmorras. Por delante suyo podían oír el sonido de una canción en un lenguaje extranjero. Tras unos Instantes, Félix reconoció las cadencias guturales y ásperas del árabe, aunque la entonación era muy diferente de la utilizada por los mercaderes que una vez habían visitado los almacenes de su padre. Sólo reconocía una palabra de la larga letanía. Era un nombre que sus padres habían utilizado para asustarlo para que callara cuando era un niño. Era el nombre del infame Señor de Nigromantes Nagash.

Gotrek también había entendido su significado, ya que retrocedió y a continuación sonrió ampliamente, mostrando los dientes que le faltaban. Recorrió el filo de su hacha con el pulgar hasta que apareció una gota de sangre brillante. Bajo esas circunstancias, su visión hizo temblar a Félix. Esperaba que no hubiera nada cerca que pudiera sentirse atraído por esa visión.

La voz que cantaba el encantamiento era muy aguda y quebrada. A Félix le recordaba los pordioseros locos que acostumbraba a ver desvariando en las calles empedradas de Altdorf. La de aquellos que siempre predicaban que el fin del mundo estaba cerca y era el momento de arrepentirse.

Entraron en las criptas y el cántico acabó lentamente, pasando a convertirse en un siniestro silencio sepulcral. Félix casi podía sentir en el aire las corrientes de la Magia Oscura. Era como si unos dedos helados arañaran su piel. Ahora la voz había vuelto a hablar otra vez.

-Pronto amo, pronto- gritó.-Pronto regresarás para propagar el miedo y el respeto entre los ciudadanos del Imperio. El ganado que se autodenomina hombre pronto se arrastrará por el polvo ante ti. Pronto sabrán todos que vuelves a caminar por los bosques de Sylvania.

El tono de la voz cambió una vez más.

-Ya sabes que dicen que estoy loco. Ellos dicen que nunca debería haber pasado. Durante años he arrastrado mis redes por el fango de Hel Fenn. Todo el mundo decía que no podía hacerse, que no debía hacerse, pero lo logré. Encontré SU cuerpo. Demostraré que estaban equivocados. Con tu sangre virginal devolveré a la vida a Manfred von Carstein, y todos temblarán ante mi genialidad. Yo, Hermann Schtillman, habré realizado el acto de nigromancia más poderoso de esta era.

-Por favor, déjeme ir- dijo una voz de chica.-Le prometo que no le diré nada a nadie.

- Claro que no. No lo harás. Por desgracia estarás muerta.

Gotrek rugió con una rabia apenas contenida. La mano de Félix encontró la empuñadura de su espada. El sonido de las lágrimas de la chica habían despejado todos sus temores. Miró al Enano, y Gotrek asintió. Con las armas preparadas, cargaron hacia la habitación. Cuando Félix vio lo que les esperaba, deseó que no lo hubieran hecho.

La cripta era grandiosa. Una temblorosa chica estaba encadenada a una pared viscosa. Su saludable silueta representaba un brutal contraste con respecto a los esqueletos que colgaban de cadenas a su alrededor. Ante ella estaba un hombre alto y delgado con la cabeza afeitada y rasgos zorrunos. En una mano asía un cuchillo de filo negro con una pequeña calavera de cobre en la empuñadura. Enjuagaba la daga contra el pecho de su no demasiado limpia túnica negra. En el suelo, frente a él, había un montón de huesos de los que colgaban endurecidos restos de barro y trozos de cañas de pantano. Todo el conjunto era suficientemente siniestro, pero lo que atrajo la atención de Félix y lo paralizó de miedo estaba en el borde de la sala.

Diez gigantescos cadáveres grises estaban allí de pie, cada uno armado con un enorme arma oxidada. Cuando Félix y Gotrek entraron, abrieron los ojos de par en par y miraron con una mirada embrujada. Podían verse sus dientes entre las raídas mejillas y los huesos sobresalían de su escamosa piel. El olor a podredumbre y descomposición era casi insoportable.

-¡Deteneos!- gritó el nigromante. Gotrek hizo caso omiso. Con una velocidad sorprendente para alguien tan bajo y musculoso, atravesó la habitación, con el hacha en alto. Los zombis avanzaron para interceptarlo como obscenas marionetas en una obra infernal. El hacha de Gotrek osciló, y uno de los gigantes cayó decapitado. El hacha volvió a golpear y amputó el brazo derecho a otro. El tercer ataque atravesó sus costillas como si fueran cerillas. El cuarto ataque casi falló y golpeó el suelo de madera de la cripta, enviando chispas azuladas volando por los aires. Las runas rojas del hacha de Gotrek brillaban, como respondiendo a la presencia de magia maligna.

Con gran esfuerzo, Félix avanzó hacia el combate y tuvo que enfrentarse a un poderoso y pesado zombi. Al ver los gusanos que salían de sus podridos ojos y el sonido del aire jadeando a través del descompuesto pecho de la cosa, combinado con el aire fétido y sepulcral, le hacían sentir físicamente enfermo. A duras penas logró levantar su espada a tiempo de bloquear el ataque. Apenas podía concentrarse para atacar. Su espada penetró profundamente en la viscosa piel, y su segundo ataque amputó una mano pegajosa. Su cara quedó salpicada por las gotas de pus, que anteriormente fueron de sangre. Necesité toda su fuerza de voluntad para que su mente siguiera concentrada en el enemigo, y no parar para limpiarse la cara.

El nigromante, tras recuperarse de su sorpresa empezó a cantar en voz alta. Un miedo frío recorrió la espina dorsal de Félix mientras un nimbo de energía oscura crepitaba alrededor de la cabeza y las manos de Schtillman, y lo lanzó contra los esqueletos de la pared. La chica gritó y una luz brilló en las vacías cuencas de los ojos de los esqueletos. Las cadenas se soltaron de los miembros de los esqueletos mientras iban levantándose y avanzando hacía el combate.

Si Gotrek estaba preocupado no lo dejaba entrever. Siguió golpeando a todo lo que tenía a su alcance. El hacha fulguraba, dibujando un gran ocho y matando a cuatro zombis, cortados a trozos a causa de la gran cantidad de golpes recibidos. De los labios del matador salía espuma, su barba brillaba y él aullaba con una insensata lujuria de combate. Recuperado ligeramente de sus temores, Félix atacó con su espada, matando a otro zombi.

Su estómago vaciló cuando resbaló en un charco de pus que había en el resbaladizo suelo. Cayó de espaldas, evitando a duras penas que su cabeza golpeara en el suelo de piedra. Su corazón aceleró atando vio a dos cadáveres animados más avanzando pesadamente hacia él, con las armas en alto. Una gruesa capa de suciedad cubrió su mano mientras rodaba hacía un lado, esquivando justo a tiempo los golpes que habrían reducido su cuerpo a una pulpa sanguinolenta apenas uniforme. El nigromante seguía cantando y más y más esqueletos dejaban sus cadenas y avanzaban torpemente hacía delante, deteniéndose sólo para recoger las armas de sus compañeros muertos. Los rugidos de Gotrek se mezclaban con los gritos de la chica y los cánticos del nigromante. El ruido resonaba por toda la cripta, ensordeciendo a Félix. Volvió a concentrarse para seguir combatiendo.

Gotrek reía y balbuceaba, avanzando continuamente hacia el aterrorizado nigromante. Dos esqueletos intentaron atraparle respondiendo a una muda orden. Los tendones como cables del matatrolls se hincharon mientras estiraba de ellos y bajaba el hacha siguiendo un arco irresistible, casi partiendo en dos al malvado hechicero por la fuerza del golpe.

Los zombis cayeron inmediatamente al suelo como hombres empalados. Los esqueletos se desintegraron entre una matraqueteante lluvia de huesos. Agradecido, Félix volvió a incorporarse. Gotrek caminó hasta la chica, Su hacha brilló dos veces y las cadenas cayeron al suelo, rotas limpiamente por los dos golpes. Félix avanzó y a duras penas logró sujetar la chica cuando cayó al suelo. Tal como se sentía deseaba que hubiera alguien para sostenerle a él. Entonces notó la rigidez de la chica y oyó como jadeaba.

- Mirad- susurró ella. -Sigmar nos proteja.

Félix giró para ver que estaba mirando la chica. Al principio no vio nada, pero entonces vio claramente los horribles detalles que estaba sucediendo. Un chorro sangre roja fluía del destrozado cuerpo del nigromante hasta el montón, de huesos en el centro del suelo. Al hacerlo, la sangre hervía y se evaporaba formando un tenue vapor rojo. Una nube material cubrió rápidamente los huesos, y Félix vio lo que sucedía a continuación a través de una neblina rojiza.

Primero desaparecieron toda la suciedad, el barro y las cañas de los huesos, dejando un esqueleto blanco brillante. Félix vio que la calavera tenía dos caninos muy grandes y pronunciados. A continuación, empezó a coagularse la niebla, formando capas de músculos y tendones que iban uniéndose alrededor de los huesos. Las venas iban abriéndose camino a través de la carne fangosa. En las cuencas de los ojos brillaban dos pupilas rojas, los tendones iban retorciéndose como serpientes a medida que se formaban.

Los tres miraban hipnotizados esta extraña resurrección. Ni tan sólo Gotrek parecía capaz de moverse. Observaba fascinado como la carne blanca envolvía la forma humanoide y un pelo negro brillante surgía de su calva. A Félix le chocó darse cuenta que estaba viendo el proceso de descomposición de un cadáver pero mucho más sápido y al revés. La pálida criatura se incorporó lentamente y sonrió mostrando sus largos dientes blancos.

Félix reconoció de golpe la cosas pero su aturdida mente no aceptaba lo que estaba viendo.

- Manfred von Carstein- jadeó.

-Cierto,” dijo el Conde Vampiro con una voz baja y bien modulada. -Y os doy las gracias por vuestra contribución a mi resurrección. Creo que no era la que Herr Schtillman tenía pensado, pero en cualquier caso, el resultado ha sido satisfactorio.

-Chusma No Muerta, prepárate a morir- dijo Gotrek.

El vampiro hizo un gesto con su mano parecida a una larga garra y Gotrek quedó como congelado donde estaba. Las venas de su frente estaban hinchadas. Los músculos se hinchaban en el pecho y los brazos. Parecía que estuviera luchando contra el abrazo de un gigante invisible. El único signo de la lucha era una pequeña tensión en la cara del Conde Vampiro.

-No, matador- dijo. -Tendría que estar realmente loco para enfrentarme a tu hacha, en mi actualestado. Creo que aplazaré el placer de humillarte hasta otro día. Por el momento, os digo adiós.

Con un enorme rugido, Gotrek saltó hacia delante, venciendo sus ataduras invisibles. Mientras el matador saltaba, el vampiro tembló y su forma se convirtió en una nube de niebla negra. El hacha de Gotrek atravesó la niebla y Félix creyó oír un pequeño grito de dolor. En el borde del hacha podía verse un pequeño rastro de sangre coagulada. A continuación, con una ligera risa burlona, la nube desapareció por las escaleras.

Gotrek fue tras ella, aullando promesas y maldiciones. Félix volvió a mirar a la chica. Cubrió con su
capa a la chica para que dejara de temblar. Parecía aturdida.

-¿Estás bien- preguntó él. La chica asintió. Después de unos instantes, dijo: -Era bastante guapo. El Conde quiero decir.

Félix gruñó y se dirigió a las escaleras. Cuanto antes saliera de este lugar maldito, más feliz sería. 

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