viernes, 23 de marzo de 2012

Los recuerdos de Thanquol (relato clásico, 3)

(Ir a la segunda parte)


Squiktat se había vuelto loco por completo tras echarle un vistazo a los grimorios ocultos del Maestro Sleekit. Salió dando brincos y farfullando mientras echaba espuma por su boca. Se desvaneció entre los pantanos y no se le volvió a ver jamás. Thanquol se sintió aliviado de que Squiktat leyese esos libros. Él también había estado considerando saquear la biblioteca de su maestro.

Borkha se había convertido en un Engendro del Caos tras haber consumido demasiado polvo de piedra de disformidad en una batalla contra los Orcos. Había sido un desperdicio, ya que Borkha había resultado muy influenciable y podía haber llegado a ser un buen agente para Thanquol. El brillante Tisquik había sido asesinado por una espada supurante, seguramente empuñada por un asesino del Clan Eshin, una víctima más de las interminables intrigas del Consejo. Tal vez el Señor de la Videncia Kritislik tenía reticencias a que su progenie pudiera reemplazarle en su posición en el Consejo y lo mandó erradicar. Desde ese día, Thanquol procuró no demostrar demasiada ambición.

Mientras comenzaban a subirlos peldaños de la escalera llena de corrientes de aire hacia la cámara del Consejo, Thanquol maldijo hacia dentro al recordar todas aquellas ocasiones en las que había subido triunfante aquellas escaleras. No siempre había sido desaprobado por el Consejo. Podía recordar claramente los primeros días en los que había disfrutado de sus favores, en los cuales había competido con las intrigas de sus hermanos Videntes para obtener las más selectas misiones.

Con una cierta sensación de triunfo recordó haber sido elegido como emisario del Consejo en la fortaleza del Clan Eshin, en las lejanas tierras que los humanos llaman Catai. Allí pudo contemplar los extraños templos pagoda, observó el entrenamiento de los asesinos y aprendió a mostrar cierto respeto por las habilidades de los asesinos del clan.

Recordó ser elegido para estudiar las costumbres de los Humanos, lo cual fue un gran honor, ya que el Consejo consideró el rápido crecimiento de esa raza como una amenaza para el Imperio Subterráneo. Cierto, eran increíblemente estúpidos, aunque no tanto como los Orcos. Eran mejores hechiceros que la decadente raza de los Enanos, y muchísimo más numerosos que los Elfos en extinción. Pero también eran manipulables, y resultarían buenos esclavos una vez se encontrasen bajo el azote Skaven. Thanquol ha sido el cerebro de múltiples operaciones sobre ellos.

Al mismo tiempo que corrompió a los Burgomaestres Tileanos organizó la rebelión mutante en Mousillon en tierras Bretonianas. Había previsto el resurgir de la vieja rivalidad entre los templos de Ulrich y Sigmar. El Consejo se había mostrado más complacido con él entonces, pues lo recompensaron con los servicios de su rata-ogro guardaespaldas Quebrantahuesos. Maldijo a esa impotente y traicionera jugarreta del Clan Moulder. Casi le causó la muerte a Thanquol por su incompetencia. Thanquol siempre ha sospechado que las ratas ogro traen mala suerte.

Había estado demasiado cerca. El éxito final había estado entre sus garras. Estuvo a punto de enviar al Imperio, el más poderoso de los estados humanos, al borde de una guerra civil. Su peón humano, von Halstadt, habría asesinado al hermano del emperador. El asesinato de ese hombre a manos del jefe de la policía secreta del Elector de Nuln habría traído la guerra entre la poderosa ciudad estado de Nuln y las fuerzas del Imperio. Habría sido una guerra que debilitaría de forma fatal a ambos bandos y habría despejado el camino para la invasión Skaven en el mundo de la superficie.

Y así debía haber sido. En vez de eso todo salió terriblemente mal. Von Halstadt había sido asesinado por algunos hombrecillos. Antes de que Thanquol y Destripahuesos pudieran intervenir y salvar a von Halstadt, Destripahuesos había muerto a manos del hombrecillo que acompañaba al enano y Thanquol se vio obligado a realizar una prudente retirada. Después de eso hizo todo lo posible por salvar la situación.

Negó rotundamente aquellas pérfidas almas susurrantes que tan solo querían venganza sobre el enano por tal humillación. Sencillamente no era cierto. tenía una visión muy certera sobre eso. La invasión de Nuln había sido un plan meticulosamente trazado. Debería haber funcionado. Al mantener sus órdenes sus subordinados habían emergido en el palacio del Elector en medio de la Gran Cámara. Mantuvo con una estocada a todos los líderes de la ciudad entre sus garras y podía haberles obligado a seguir su voluntad. De nuevo vio frustradas sus ambiciones por la incompetencia de sus subordinados. ¿Quién habría pensado que aquel hombrecillo haría abalanzarse a un grupo de hombres a atacar el palacio? ¿Quién habría pensado que él y el enano podrían abrirse camino hasta la Gran Cámara y liberar a los nobles? Ni siquiera un Skaven con la perspicacia de Thanquol podría haber imaginado el desenlace de tales acontecimientos.



Después de eso a Thanquol no le quedó otra opción que la de ordenar una invasión a gran escala sobre la ciudad. Había sido una decisión perfectamente racional. De ningún modo había sido tomada por la ira o la venganza, como algunos de sus enemigos han hecho correr el rumor. La sincronización había sido correcta y cogieron desprevenidos a los humanos al aparecer entre ellos esa fuerza Skaven de forma masiva.

Todavía se le llenaba el corazón de orgullo al recordar aquel enorme ejército de hombres rata moviéndose entre los desagües. Todos ellos formaban una horda invencible. Los desorganizados humanos no podían oponerse al fanatismo de los monjes de plaga del Clan Pestilens. Habían sido masacrados por las máquinas de guerra del Clan Skryre y habían sido expulsados de sus barricadas por los lanzadores de viento envenenado. Su ejército había sido invencible. Durante una hora, la clamorosa horda arrasó como una marea las calles de Nuln.

La ciudad habría caído en pocas horas de no haber sido por aquel maldito enano que alertó al cuartel de la ciudad del ejército que había surgido, obligándoles a dirigirse velozmente hacia los regimientos que acechaban tras las zonas más luminosas. Casi podría haber sido una emboscada bien preparada, aunque Thanquol dudaba de que ningún humano tuviese el ingenio para prepararlo. Ahora, más que nunca, tenía sospechas de haber sido traicionado.

Las bajas Skaven eran cuantiosas pero la devastación sufrida por el bando humano también lo había sido. Había sido un duro revés para la raza de los hombres. Desde el punto de vista correcto había sido un éxito. Absoluta y definitivamente un éxito, y eso es lo que le diría al Consejo.

Se detuvieron frente a dos enormes portones negros que tenían grabadas las marcas de la Rata Cornuda. Al lado de la puerta se encontraba un enorme gong de latón. Mientras Thanquol observaba una gigantesca rata ogro golpeó el instrumento y sonó una única nota terrorífica. Las puertas se abrieron de par en par mediante algún tipo de mecanismo oculto, revelando la Cámara de los Trece.

Thanquol respiró profundamente y comenzó a realizar los ejercicios que el viejo Sleekit le había enseñado para regular los latidos de su corazón. Forzándose a avanzar una pezuña tras otra, caminó hacia la cámara, forzando su aguda visión para perforar la oscuridad.

La cámara era amplia, de forma circular y apenas iluminada. Un estrado hemisférico bordeaba la sala. Sobre éste había un gigantesco podio tapizado de rojo y negro. Tras el podio había trece sillones. Algunos de los sillones estaban ocupados, y otros estaban vacíos. Resultaba difícil hacer cualquier tipo de descripción sobre sus ocupantes debido a la escasa luz. Detrás de cada respaldo se repetía el símbolo de la Rata Cornuda. Frente a cada sillón había un estandarte con los símbolos del clan o de la facción de cada ocupante. Todas las paredes estaban cubiertas por un inmenso tapete rojo.

jueves, 22 de marzo de 2012

Los recuerdos de Thanquol (relato clásico, 2)




¿Pero qué tendría que temer? ¿Acaso no era él un Vidente Gris, el más potentado de entre todas las ratas-mago, más astuto que cualquier agente del Consejo? ¿No había atravesado los Trece Círculos de Iniciación, y caminado con los ojos vendados por el Laberinto de la Muerte Inevitable? ¿Acaso no había asesinado a su propio mentor de hechicería y devorado su alma? ¿No había sobrevivido tres generaciones desde su nacimiento? ¿Acaso no era el responsable de algunos de los mayores éxitos del consejo en los últimos años?


Thanquol se permitió a sí mismo una relamida bien merecida. ¿Acaso no había comandado el asesinato del Señor de la Plaga Skratsquick, y no había acabado con el rebelde Señor de la Guerra Kaskat y puesto a su clan a la altura de los talones? Todavía se regodeaba ante el pensamiento de cómo condujo a Kaskat y a todos sus asesores a una conferencia de paz y de cómo logró que cada uno saltase hacia la garganta de otro con sospechas de traición.


¿No se había adentrado en la ciudad humana de Miragliano en Tilea y venció sobre los despellejados burgomaestres en beneficio de la causa Skaven al prometerles poder y la vida eterna? Aquellos locos insensatos estuvieron más que dispuestos a creer en su hechicería. ¿No había comandado al ejército que acabó con la banda de guerreros del Caos de Alarik Melena de León cuando había amenazado los dominios del Consejo en el norte? ¿Y no había acabado personalmente con el Nigromante Vorghun de Praag en combate singular? ¿No debían contar para algo todos esos hechos en el juicio del Consejo?


Cierto, había habido algunos ligeros contratiempos. Todos los Burgomaestres de Tilea mutaron por el polvo de piedra de disformidad que les había dado a consumir, y fueron apedreados hasta la muerte por sus conciudadanos. Alarik únicamente se detuvo al coste de las vidas de cada Skaven bajo su mando. Vorghun había regresado como liche más fuerte que nunca y había jurado enemistad eterna hacia la raza de los Skaven por lo que él vio como una traición. Todos esos no eran más que contratiempos temporales hacia el Gran Plan. No eran fracasos. Solo el idiota más ciego podría considerarlos tal cosa. El Consejo no era ni ciego ni estúpido. Ellos serían conscientes de su valor. Sí, lo serían.


Mientras se aproximaban a la Torre Partida, Thanquol controló la imperiosa necesidad de exudar el almizcle del miedo. Él era un Vidente Gris, el más poderoso de todos los hechiceros Skaven y rehusaba la idea de tener miedo. Sí, le repudiaba mostrar temor, incluso en presencia de la ira del Consejo. La visión de su enorme masa locamente retorcida no lo llenó de temor. No, sus miembros no temblaban ante su vista. Dejaba que las demás ratas supersticiosas evitaran adentrarse en las sombras de la gran torre. Él estaba por encima de todo eso. Ya se había adentrado antes en el interior de la torre, durante su iniciación, y no tuvo temor entonces. Dejó que su mente divagase en los recuerdos de aquellos días felices, aquellos lejanos días en los que era un avezado e inexperto joven.



No había estado batallando desde la madriguera más baja de Plagaskaven hasta su embriagadora posición de poder siendo un cobarde. Él era valiente y feroz. Fue el más pequeño y débil de su camada, con remarcada diferencia por el distinto color de su pelaje. De seguro que debería haber muerto en las turbias profundidades gaseosas, devorado por sus congéneres o muerto en una de las múltiples explosiones y derrumbes que se llevaron a los demás de su camada. Sí, él debería haber muerto pero no lo hizo, porque había sido elegido.


Su ferocidad natural había compensado con creces su falta de tamaño, y su temible color grisáceo ha inspirado tanto temor como odio entre sus semejantes. Su innata astucia le permitió diseñar trampas para acabar con aquellos que le habían humillado de un modo u otro, y su desarrollada inteligencia y elocuencia lo llevaron a convertirse en el líder de su camada. Nadie se ha atrevido a enfrentarse a su temperamento, no desde que tuvo un pequeño ejército bajo su mando.


Y aún había más: no había sobrevivido simplemente por tener ferocidad, astucia y suerte. Cuando el temblor de tierra hizo que el techo se colapsara, una especie de sexto sentido le impulsó a salir corriendo y lo guió hasta una parte segura de los túneles que se estaban desplomando. Cuando las vagonetas motorizadas se estrellaron y todos sus ocupantes murieron, alguna clase de instinto le advirtió que no subiera en el último segundo. Incluso cuando agentes de Clan Skryre llenaron la madriguera de su clan con el viento envenenado que previamente conocía, fue alertado en un sueño y huyó a través de los sumideros hacia un sitio seguro. Únicamente había alertado a aquellos seguidores que le habían demostrado las más altas gestas de respeto.


Sus sueños le han llevado a seguir la petición de los guardianes del Consejo. La Gran Rata Cornuda le había hablado y le había hecho saber que él era su elegido. Thanquol la había escuchado y se aventuró en el templo junto con todos aquellos aterrorizados y jóvenes Skaven que solicitaban entrar al servicio de la Gran Rata Cornuda. En el interior del Templo se había enfrentado a la Prueba de la Muerte. Había adivinado correctamente cuál de las Trece Puertas debía atravesar y anduvo con seguridad hacia el Santuario de la Rata Cornuda mientras los demás cayeron en las Cámaras de Condenación Certera.


Los Videntes supieron entonces que Thanquol era único, genuinamente tocado por la garra de su señor, y le dieron la bienvenida entre risitas mientras escuchaban los agonizantes gritos del resto de candidatos que fracasaron.


Mientras Thanquol y la guardia albina atravesaban el camino de entrada hacia la Torre Partida, el silencio disminuía. El ruido de la ciudad disminuyó del todo como si hubiesen atravesado una cortina mágica invisible. El aire se tornó más frío y se tiñó de humedad. Le recordó intensamente el día en el cual había sido conducido al Sacro de Sacros, el santo lugar en el cual la Rata Cornuda se manifestó a las escrituras de los Videntes Grises y puso fin a la Gran Guerra Skaven, hace cerca de doscientos años.


Recordó la impresión que le dio el gran pilar de trece caras, el cual sostenía los ciento sesenta y nueve mandatos inscritos por la Rata Cornuda en persona. Alzó la mirada hacia la reliquia dejada por el único ser en todo el universo que, en su oculto corazón de Skaven, reconocía ser tan grande como él mismo.


Los Maestros de su Orden no tuvieron la necesidad de ordenarle que se humillara ante el Pilar. Se lanzó contra el suelo en pleno éxtasis de adoración. Incluso durante tal frenesí algún tipo de instinto le advirtió que no tocara las runas inscritas en el pilar. Los maestros chasquearon sus colas con sabiduría, pues reconocieron que él era uno de los Elegidos.


Aún entonces era demasiado joven. Acababa de ser iniciado en los misterios de su orden. Nunca antes había degustado el refinado polvo de piedra de disformidad que le proporcionaba toda clase de visiones maravillosas de carnicería y muerte danzante en su cerebro. Aún no había aprendido los secretos rituales que afinarían sus poderes precognitivos, los cuales le permitirían desgarrar el velo del acontecer. No había sido instruido en las artes secretas de adivinación que le revelarían en su agudizada mente las conspiraciones de sus adversarios , o los mortíferos hechizos que aniquilarían los ejércitos de sus enemigos.


Entonces no sabía nada, pero era joven, sagaz y capacitado para el aprendizaje. Comenzó a destacar con rapidez entre el resto de aprendices. Había vivido mientras otros de su misma edad habían fracasado. Los recuerdos del destino que sufrieron aquellos que fueron iniciados al mismo tiempo que él solía arrancarle unas risitas en las momentos de mayor oscuridad.

(Mañana la 3ª parte)

miércoles, 21 de marzo de 2012

Los recuerdos de Thanquol (relato clásico, 1)

Rodeado por guardianes albinos del Consejo de los Trece y sin saber del todo si era un invitado o un prisionero, el Vidente Gris Thanquol marchaba de manera tosca por las pobladas calles de Plagaskaven hacia la Torre Partida. Mientras intentaba controlar su acelerado corazón, tragó la saliva que salía de su boca como si fuera un acto reflejo en los momentos de estrés. Golpeó el suelo tres veces con su cola tan ferozmente que incluso la enorme Alimaña albina que se encontraba detrás de él retrocedió unos pasos. -Bien-bien, –pensó – por lo menos muestran un poco de respeto.

Las multitudes se apartaron ante el paso de los guardias como por arte de magia. Mientras avanzaban en la librea incluso los orgullosos guardaespaldas de los señores de clan se apartaban hacia las desbordadas alcantarillas y asentían con obediencia. Thanquol se tranquilizó de alguna manera. Incluso si estaba prisionero, una posibilidad que aún no estaba dispuesto a admitir ni siquiera a sí mismo, aún podía causar temor en el enjambre que era la población de la ciudad.

Se sentía por todas partes la presión de los cuerpos. Plagaskaven estaba llena de ocupantes con vida. Se frotaban los unos con los otros constantemente y los colmillos asomaban en forma de sonrisas amenazantes. Una marea resacosa de hombres rata cubiertos por capuchas y desperdicios se movía por toda la ciudad, correteando de un lado a otro en pos de sus propios y oscuros asuntos. Los palanquines de los grandes señores eran llevados por la multitud, alzándose entre las masas como barcazas que navegaban en ríos de pelaje de rata.

Por aquí y allá yacen las alimañas sobre las losas partidas. Tal vez estaban durmiendo; probablemente estaban muertos, pero a Thanquol no le importaba. Había muchos más de donde salían. A Thanquol le preocupaba más esa fuente erosionada por el tiempo, aquella que todavía mostraba el vago contorno de un arquero humano, más de lo que se preocupaba por cualquier de sus compañeros Skaven, y no se preocupaba por la estatua en absoluto.

El clamor era casi ensordecedor. Solamente el ruido de las distantes máquinas bajo tierra y la molienda de los grandes molinos se alzaban sobre el barullo producido por veinte mil Skaven. Chillaban con cientos de tonos distintos: furiosos chillidos, protestas de inocencia, quejidos de súplica y llantos de atención que competían los unos con los otros.

Respiró profundamente y se llenó los pulmones de cálido y húmedo aire. Olía a una mezcla de metano, basura en descomposición y los sucios cuerpos de la multitud. El aire portaba la esencia del agua estancada y el dulce regusto picante de corrupción a sus sensibles orificios nasales. Era un reconfortante aroma que revelaba la presencia de muchos de los suyos que ocupaban la extensión del lugar por incontables generaciones de Skaven. Para Thanquol era el aroma del hogar.



Observó detenidamente a su alrededor, intentando dejar de lado la persistente sensación de que tal vez fuese la última vez que mirase por encima de ellos. Entre la turbia niebla, Plagaskaven mostraba su mayor atractivo. Las gigantescas y desmoronadas construcciones cuya silueta mostraban entre la niebla. Enjambres de ratas pululaban por cada rincón del suelo, por cada puerta y cada ventana. Los enormes apoyos de roble podrido crujían al soportar el peso de las construcciones de piedra. Entre la niebla resaltaban parpadeantes hongos luminosos. los charcos relucían con el brillo de algas fosforescentes estancadas en el machacado camino. Los Skaven lo observaban desde todos los rincones con miradas depredadoras que rebosaban hambre.

Su escolta portaba espadas desenvainadas, y esto puso nervioso a Thanquol. Acababa de ser despojado de todas sus armas en la antecámara. Únicamente los trece guardianes elegidos, todos ellos silenciosas alimañas albinas, estaban autorizados a portar armas en el interior de la Torre Partida, y eran tan leales hacia sus maestros como se le permitía ser a un Skaven. Thanquol conocía esto demasiado bien. Más de una vez había intentado sobornar o coaccionar a alguno de ellos, y siempre sin éxito. Temían a sus maestros mucho más de lo que temían su hechicería, no podía igualar el precio que compraba su lealtad.

Por la mente de Thanquol se pasó una ligera especulación. ¿Nacerían los guardianes del Consejo con el pellejo blanco, o se les quedaría así al ser asignados al servicio de los Trece?

Tal vez los rumores fuesen ciertos y todos ellos fuesen mutantes proporcionados a un alto precio por el clan Moulder. Thanquol descartó esa idea. Les proporcionaría a los Señores de las Bestias demasiado poder sobre los miembros del Consejo. ¿Y si fueran criados para atacar a la vez bajo un código verbal? Todos los miembros del Consejo podrían ser eliminados en un ataque bien sincronizado. Thanquol hizo otra nota mental que le recordase encontrar la causa de la mutación de las ratas albinas. Uno nunca sabe cuándo podría ser de utilidad ese tipo de información ni qué otros interesantes caminos por explorar podría abrir. Que sobreviviese a su entrevista con los Trece ya era mera presunción, por supuesto. de que pudiese hacerlo, no tenía duda alguna.

Cierto, el pensamiento de encontrarse con los terroríficos gobernantes de esa raza de hombres rata llenaba al Vidente Gris de pavor, y para él tal horror no le era desconocido. Los Trece eran famosos por su astucia y se adentraban en la oscuridad del mal. Se decía que eran inmortales, elegidos por la mismísima Rata Cornuda, y familiarizados con las más dañina y potente hechicería. Cada uno había llegado a lo más alto de la sociedad Skaven en virtud de su ferocidad, su astucia e innombrables actos. Únicamente pueden ser reemplazados al ser defenestrados por un Skaven más fuerte que ellos mismos. Ni un solo Señor ha cambiado en las últimas diez generaciones.

Los Señores de la Descomposición eran despiadados, sabios y no toleran alegremente el fracaso. A Thanquol le aterraba que ellos pudieran, de forma injusta, considerarle un fracaso. Empujó tal pensamiento a un lado. Los negocios con la ciudad humana de Nuln habían sido un fiasco, pero no era culpa suya. 

martes, 20 de marzo de 2012

Goblins del Caos

Hace poco Carnívoro hablaba en los comentarios de esta entrada acerca de los pielesverdes y el Caos. Comentaba que, en el mundo de Warhammer, todas las razas (bueno, casi todas) tienen su equivalente corrupto, malvado, Caótico al fin y al cabo. Menos los pielesverdes.

Comentaba que, en el HeroQuest, los orcos aparecían compinchados con el Caos. El Lord Orco, Ulag (y su sucesor, Grak) eran fieles siervos del brujo del Caos, Morcar (¡ah, qué recuerdos!). En el BattleMasters, los orcos y goblins formaban parte del ejército del Paladín del Caos Gorefist el Saqueador que asolaba el Imperio. Bien es cierto que el mundo de Warhammer tal y como lo conocemos terminó de cuajar con la 4ª edición, y que ambos juegos (HeroQuest y BattleMasters) son anteriores. Y tampoco es que se hable demasiado de la vida diaria entre los pielesverdes.

Pero en la tercera edición de Warhammer se puede encontrar una alusión a esto. Aquí podéis verlo:

La traducción (libre) es la siguiente:

La raza de los goblins ha demostrado ser especialmente vulnerable a los efectos mutantes de las Incursiones del Caos. Incluso las tribus que viven en lugares tan al sur como las Tierras Yermas pueden resultar afectadas. Como en las sociedades humanas, los mutantes son expulsados de sus tribus, por lo que se ven forzados a vagar juntos por necesidad de autoconservación. En el norte, los goblins del Caos se unen a las partidas de guerra de las fuerzas del Caos para asolar los yermos del norte, las fronteras de Kislev, e incluso partes del Viejo Mundo. Algunas tribus goblin toleran a los mutantes, al menos a aquellos cuyas mutaciones no son demasiado peligrosas. Otras están incluso orgullosas de sus individuos mutantes.

Esto es lo que he encontrado al respecto, aunque pronto, en la campaña, quizá miz chikoz kompren unaz armaduraz de pinchoz a loz taponez del Káoz...

lunes, 19 de marzo de 2012

El niño borracho (música de batalla, 3)

Por tercera semana consecutiva, los skaven se han vuelto a colar en la Biblioteca, y han dejado su ración de música de batalla. Por cierto, que aquellos que deseen más información (o más música), que me escriban un correo y trataré de complacerles.


¡Angelo Mangiaterra para servirle! ¡Bienvenido al Niño Borracho! Ah, ¿es usted el trovador de esta noche? He oído comentarios de todas índoles acerca de su talento. Le advierto que mi clientela es poco refinada y un tanto exigente en lo que a entretenimiento se refiere, de modo que esta noche habrá diversión de todas formas. Oiga, ¿es esa su única vestimenta? No, por nada...



Hoy la cosa va sobre un compositor de música instrumental fantástica bastante peculiar: David Arkenstone. Su estilo nace en la música New Age y se abre a un gran número de vertientes como la celta, étnica... toda ella cargada de sutileza ambiental. En sus composiciones predominan las melodías alegres y animadas, dignas del reino de Fantasía. Es por este tipo de cualidades que la considero una buena opción a la hora de jugar una sesión de D&D o similares. La mayoría de sus discos son parecidos en cuanto a tipo de composición se refiere. Sin embargo, en otros rompe con ciertos esquemas consigue darles personalidad propia (vamos, que en mi modesta opinión, unos son mejores que otros para según qué cosas :P) . Muchas de sus composiciones son de carácter tranquilo y agradable, con una amplia variedad de instrumentos y unas melodías muy trabajadas.

Otro punto a su favor es la ausencia de voces (salvo coros) en la mayoría de sus discos. No se vosotros, pero cuando escucho en una canción una voz que susurre cualquier tipo de mensaje en un idioma que me sea mínimamente comprensible, pierdo el hilo de lo que estaba haciendo y me distraigo con lo que la voz cuenta.



También ha participado en la composición de las bandas sonoras de “WoW: Taverns of Azeroth” y “WoW: Cataclysm”. En concreto el Taverns of Azeroth me parece uno de los mejores discos de ambiente medieval-fantástico para situaciones de taberna que he escuchado. “Os encontráis en una posada...”, ¿a quién no le han dicho eso alguna vez? Pues de seguro que estaríais escuchando alguna de las melodías de ese disco. Otro de sus trabajos con el que me llevé una grata sorpresa es “Music Inspired by Middle Earth”. ¿Os imagináis en qué se basó para realizar el disco? xD

Recomendaciones: The Celtic Book of Days, Citizen of the World, Return of the Guardians.





domingo, 18 de marzo de 2012

Bestiario del Viejo Mundo: Cambiaformas (2)

(Ir a la primera parte)


EL OJO DEL SABIO

Las historias sobre cambiaformas son comunes en el Viejo Mundo, aunque no muchas de esas historias los hacen aparecer como otra cosa que no sean bestias malvadas. Los cambiaformas son hombres y mujeres con la habilidad de adoptar algunos de los atributos o incluso la forma completa de un animal. Algunos han sido malditos, mientras otros parecen tener la habilidad desde el nacimiento. Los estudiosos del Imperio suelen discutir sobre dónde está la línea divisoria entre un cambiante y un mutante. No parece haber una respuesta clara o sencilla, razón por la que el debate ha continuado durante siglos. Los nórdicos llaman a estos cambiaformas "licántropos" y, de hecho, cambiaformas; es obvio que surge de su lenguaje.

"Los nórdicos no tienen una palabra para `mutante` en su lengua nativa. La más cercana y adecuada se traduce quizás como `dotado` , o quizás `elegido`sería más aproximado. Escogidos por los Poderes Oscuros, dotados por sus dioses. Existen líneas familiares completas que han sido tocadas hasta donde abarca la tradición oral con el poder de adoptar la forma de ciertos animales, sobre todo osos o lobos, aunque he oído hablar de otras bestias... y de cosas que es mejor no describir. La mayoría de esos `dotados`sólo adoptan parcialmente la forma de su bestia `tótem` en combate; pero los que parecen ser los mayores de ellos, sus líderes y nobles, se transforman completamente cuando la furia de la batalla les domina."
WILHELM BIEL, MERCADER DE TIERRAS LEJANAS



El argumento se complica por el hecho de que muchos nórdicos están claramente corrompidos por el Caos, aunque ellos dirán "bendecidos", y muchos de los que una vez fueron considerados cambiaformas bien podrían estar en camino de convertirse en engendros del Caos. Lejos del norte, la historia cambia. Los cambiaformas pocas veces dan alguna señal de que sean algo distinto a un humano. De hecho, los que están malditos con el "cambio" podrían no conocer siquiera su naturaleza, cambiando de forma sólo cuando se ven obligados, bien por las lunas, al ser heridos o por la orden de un hechicero, indicando que la corrupción del Caos podría no tocar a todos los cambiaformas de la misma manera.

"No es una enfermedad, es una marca de nacimiento o quizás una maldición para algunos. Los campesinos te dirán que el mordisco del cambiaformas es infeccioso, portando la posibilidad de convertir a otro también en un cambiante. Los estudiosos menos informados se refieren a esta aflicción como licantropía, e intentan tratarla con varias hierbas, incluyendo el venenoso acónito. Yo digo que es mentira. Los que consiguen sobrevivir al ataque de un hombre lobo y luego se convierten ellos a su vez ya tenían la sangre del cambiante en su línea familiar. El ataque no hace más que despertar lo que ya estaba dentro de ellos, llevándolo a la superficie. No creo que haya nada necesariamente malvado en tener una forma fuerte; creo que se remonta a tiempos más antiguos, y quizás a anteriores creencias. En las leyendas que rodean el tiempo de Sigmar, hay referencias a los Cherusen, una de las doce tribus fundadoras originales, de la que no sólo eran expertos cazadores, sino que también tenían la habilidad de correr como los lobos. Un pensamiento conservador diría que esto era tan sólo una alusión velada a su habilidad como domadores de bestias, pero yo no lo creo así."
ECKHARD, ESTUDIOSO DE NULN, QUEMADO COMO HERÉTICO

viernes, 16 de marzo de 2012

Unos latigazos para los chicos de Forgeworld

Suelen gustarme las cosas que hacen los tipos de Warhammer Forge. Me parece que vuelven a traer a la vida una época diferente de Warhammer, una época que recuerdo con nostalgia. Las creaciones de estos chicos están hechas "a la antigua usanza", y no me refiero al diseño de las miniaturas, sino a cómo encajan estas en el mundo de Warhammer.

Sin embargo, su última creación está fuera de lugar. Se trata de un Dragón de fuego de disformidad (Warpfire dragon). Acabo de verlo en el blog del compañero Luffy-strawhat, Apocaleches 40k. (Pinchar sobre las imágenes para ver en tamaño grande)



La figura está muy bien, un dragón siniestro y retorcido. Incluso el precio (40 libras) está bien (bien para los precios a los que nos tiene acostumbrados GW). Entonces... ¿A qué viene mi disgusto y mi deseo de dar unos latigazos a los chicos de Forgeworld?

Pues por el trasfondo. Como podéis ver en Forgeworld, se trata de dragones que comen piedra de disformidad. ¡Dragones comiendo piedra de disformidad!



Los dragones, junto con los ogros dragón, son las criaturas más antiguas del mundo de Warhammer. No son meramente bestias, sino que poseen una inteligencia probablemente muy superior a la humana. Estas criaturas vivieron la llegada del Caos al mundo, y saben muy bien de qué es capaz el poder en bruto del Caos. Para que estos monstruos llegasen al servicio del Caos, fue necesario el sacrificio de un Señor de la Transformación a manos del dragón Galrauch, que se convirtió en el primero de los Dragones del Caos (y en el antecesor de todos ellos). Obviando a los dragones negros (que van con los elfos oscuros por su afinidad con la raza élfica) y a los dragones zombi (que están muertos), los dragones saben de sobra que los tratos con el Caos son malos, muy malos.

¡Pero de repente hay una estirpe de dragones que no sólo no tratan con las fuerzas del Caos, sino que incluso consumen grandes cantidades de piedra de disformidad!



En los breves dos párrafos en los que se explica qué es esta criatura, incluso se comente el error de decir que "tan sólo la constitución de un dragón puede soportar ingerir esa cantidad de piedra de disformidad". ¿Y qué hay de los skaven? ¿Es que todos los skaven mueren al consumir piedra bruja? Me da a mí que no (y si no, que se lo pregunten a Thanquol, el yonki de la piedra bruja, o a Nagash, que consumió toneladas y toneladas de este material para hacer el Gran Ritual).

Pues esa es mi queja. ¿Es que acaso Yibrael es demasiado purista? ¿Es que todo tiene que encajar a la perfección? ¡Pues sí! ¡Que para eso cobran la resina a precio de Coltan, y sus manuales impresos en China a precio de viaje a China en primera clase! ¡Exijo un mínimo de coherencia, por favor!
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