viernes, 30 de agosto de 2013

Logro desbloqueado: Grotón el Ogrósofo


Estaba esperando a llegar a este punto de la historia en Aventuras por el Viejo Mundo para "desbloquear" a este personaje. Grimnioz Bronson fue un gran personaje de Trosef Butterflanks, y murió como un héroe defendiendo a unos humanos de una bestia gigantesca. Sin embargo, siempre le recordaremos por aquella ocasión en el que casi pierde un brazo por ponerse al alcance de una ogra que estuvo a punto de devorarlo y por su manía de "decapitar a martillazos" a sus enemigos y monturas. Pero debemos pasar página y es el turno de que Grotón el Ogrósofo salte a la palestra (oooh, qué chasco, buuuh, queremos a Grimnioz...).

Grotón comenzó muy pronto sus andaduras como líder de una tribu de ogros. Llevaban un estilo de vida nómada por las montañas, entre las cordilleras del norte de Bretonia y las Aguas Negras. Grotón logró que el grupo prosperara al convencerlos de alquilar sus servicios como "ogros de confianza" a aquel que mejor les pagara, en lugar de ir saqueando y devorando a viajeros incautos. Sin embargo, en uno de sus encargos fueron engañados. Habían sido contratados por un coleccionista de objetos valiosos para que recuperaran unas piezas que supuestamente le había robado un competidor. Tras llegar al escondrijo de los ladrones y realizar el trabajo, fueron emboscados por un grupo de comerciantes de esclavos. Algunos de sus compañeros lograron huir de las redes y otros cayeron abatidos por las armas de fuego, pero Grotón tuvo un final distinto. Una bomba de gas alquímico explotó a sus pies y su siguiente recuerdo era el de abrir los ojos y encontrarse entre los barrotes de un carro cubierto por una lona. Al concluir su viaje conoció a Smirnoff Sacaojos (cosas de Butterflanks, no he tenido nada que ver), quien sería su dueño desde entonces y hasta que pudiera recuperar su libertad diez años más tarde. Durante ese tiempo no hizo otra cosa que luchar, comerse los restos de sus enemigos... y leer.

Quiso el destino que en una ocasión se cayera a la arena de pelea la bolsa de un tipo que se encontraba entre el público, y lo que cae a la arena es del primero que lo coge. Apenas encontró nada que le llamase la atención, salvo un libro que resultaba diminuto en sus manos. Otro de los esclavos de Sacaojos le propuso enseñarle a leer, a cambio de que le guardara las espaldas cuando tuviera la necesidad de ello. La lectura pasó a ser el único entretenimiento del que Grotón podía disfrutar mientras pasaba las horas en las dependencias de Sacaojos. El tratante de esclavos le permitía ir leyendo los libros de que disponía, a cambio de que se alimentase con lo que encontrase en la arena de batalla. Huelga decir que esto le mantenía motivado: la hora de luchar era su hora de comer. Disfrutaba sobremanera leyendo los escritos de Detlef Sierck y la serie de sonetos titulados "A mi Inmutable Dama". No imaginaba que muchos, muchos años más tarde, acabaría por conocer en aquella misma arena a la muchacha que sirvió de inspiración de aquellos sonetos... pero esa es solo otra de las muchas vivencias que le ocurrirían a Grotón tras recuperar su libertad y conocer a los dos aventureros errantes que serían sus compañeros por mucho tiempo.






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Grotón el Ogrósofo
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Coste: 315 Puntos

Tipo de unidad: Infantería Monstruosa

Armas: Espada Tajadora (arma mágica, cada herida que cause se multiplica por 1d3 heridas)

Equipo: Armadura de Gromril, Puño de Hierro, Amuleto de la Suerte (repite una única tirada por batalla)

Reglas especiales: Arremetida, Terror, Golpe Letal (solo en desafíos)

Mercenario Ogro: Grotón sigue las reglas habituales de los personajes mercenarios y su coste en puntos debe contarse para el porcentaje de comandantes. Puede ser el general de un ejército ogro, siempre y cuando no haya otro personaje ogro con mayor liderazgo.

Sabio Ogro: Grotón es como poco el más cultivado de los ogros y uno de los más reflexivos, lo que le hace ser tan voraz como cauto. Al final del despliegue, puedes volver a colocar a Grotón y la unidad en la que se encuentre en cualquier punto de la zona de despliegue, respetando las reglas de despliegue del escenario.

jueves, 29 de agosto de 2013

Aventuras por el Viejo Mundo (capítulo 10)


Décima entrada
El viaje continúa


Mientras nuestros pasos nos conducían por aquella senda en dirección a nuestra siguiente parada en Karak-Azrizungol, a los pies del Monte Lanza de Plata, no podía evitar repasar mentalmente todos los acontecimientos vividos junto a mi compañero mago Heimrich Ritcher en los últimos meses: nuestro encuentro en uno de los múltiples regimientos de Piero Enzo; nuestros numerosos encontronazos con los hombres-bestia y otros sirvientes del Caos por el largo y ancho del Viejo Mundo; la travesía que compartimos junto con Otto Heishner y su cuadrilla de enanos transportistas de cerveza de Zhufbar; el alivio que sentí al librarme de tener que explicarles a las sacerdotisas de Valaya nuestra desafortunada incursión en aquel turbio asunto relacionado con Heimrich Kemmler; la batalla en la que logramos prevalecer sobre los regimientos de hombres-bestia del hechicero Grindel en Villa Vohemheimner junto a Piotr y sus hombres; la heroica y sangrienta muerte de Grimnioz, su funeral de honor y el martillo que una vez fue suyo y que ahora roza mi espalda a cada paso que doy...

Hacía horas que habíamos partido del poblado antiguamente conocido como Villa Vohemheimner y que ahora tenía el nombre de su héroe, mártir y salvador, mi compañero de aventuras Grimnioz Bronson. Mientras repasaba con la mirada el arcabuz que Piotr me había entregado en agradecimiento por salvar su poblado y me vino a la mente el momento en que tuve que romperle el corazón a aquella mujer de la aldea al confesarle que su hijo había muerto hacía días. Observé cómo Heimrich jugueteaba entre sus dedos con el pequeño talismán que la hechicera Fiona le había entregado días antes mientras caminaba con la mirada perdida, absorto en sus pensamientos. Supuse que estaría pensando en lo mismo que yo, pero aquel día no nos dijimos prácticamente nada. Hay momentos en los que se me olvida por qué sigo en este negocio.

Por fortuna, Piotr nos había facilitado un par de ponis para facilitarnos el transporte de provisiones por las montañas. Tras un día de camino, divisamos en el valle lo que parecía un pequeño torreón. Decidimos acercarnos para intentar tomar una referencia de dónde nos encontrábamos. A medida que avanzábamos logramos discernir mejor la naturaleza de la estructura. Se trataba de un enorme altar con enormes bocas labradas rudimentariamente en madera y piedra, adornado por toneladas de huesos limpios y triturados. A los pies del altar se hallaba atado por enormes cadenas un enorme ogro cuya piel estaba prácticamente cubierta de cicatrices. Nos acercamos con cautela para comprobar si la criatura se encontraba todavía con vida. De repente, como si fuera el resorte de un arma, el ogro salió de su letargo, se estiró hacia adelante todo cuanto le permitían sus cadenas y, quedando a escasos centímetros de mi cara, bramó encolerizado por recuperar su libertad.

Y mi vista se nubló.

- Hombrecillo – me susurraba una voz ronca perdida en la oscura lejanía mientras comenzaba a percatarme del enorme zarandeo al cual me estaba sometiendo el ogro. - ¡Espabila hombrecillo! Mis antiguos compañeros se están acercando y andaban con ganas de pelea.- Cuando recuperé el sentido y me di cuenta de que estaba siendo zarandeado de un lado a otro por el ogro me tenía sujeto por la cintura, comencé a gritar  y a patalear temiéndome lo peor.

Tras posarme en el suelo, Heimrich me agarró del hombro y me llevó corriendo a ocultarnos tras una pila de huesos a varios metros del altar. El ogro volvió a sujetarse de las cadenas y se hizo el desfallecido. Heimrich me puso al corriente de la situación ya que por lo visto había estado sin conocimiento un buen rato. Por lo visto, el ogro había recuperado el sentido en el mismo instante de nuestra llegada. Era el líder de una cuadrilla de ogros mercenarios que ahora se estaba aproximando a la zona, precedida por un ruidoso cántico que imploraba sangre para el dios de la sangre. Al parecer el ogro, de nombre Grotón, fue capturado hacía años y vendido como gladiador en la ciudad de Altdorf. Tras recuperar su libertad volvió a reunirse con sus antiguos compañeros pero se encontró con que estos ya no adoraban a las Grandes Fauces y ahora portaban los emblemas de uno de los pérfidos dioses de los poderes ruinosos. Lo que más le sorprendió a Heimrich era que Grotón había demostrado tener una verborrea y elocuencia mucho mayores que las de muchos humanos, probablemente desarrolladas durante su estancia en Altdorf. Ese fue el motivo por el cual Heimrich creyó que probablemente su historia fuese cierta y restableció su vitalidad mientras yo me echaba el sueñecito.

Mientras tanto, el grupo de ogros enfundados en oscuras armaduras del Caos había cogido a Grotón y lo habían lanzado al suelo. El nuevo líder del grupo se dirigió frente a Grotón y el resto de ogros se pusieron a su alrededor, formando una improvisada arena de combate. Grotón se hallaba claramente en desventaja por las palizas sufridas con anterioridad, y el ogro rival le tomó la delantera. Los demás ogros rugían babeantes mientras el nuevo jefe lanzaba un puñetazo tras otro. Grotón apenas lograba contraatacar y pese a que logró asestar unos contundentes golpes que pusieron en graves apuros a su rival acabó por morder el suelo.

En ese momento Heimrich y yo, en vista de que el ogro no había resultado un ser despreciable como sus antiguos camaradas, decidimos intervenir. Envolvimos a los ogros y disparé mi nuevo arcabuz sobre el grupo que presenciaba la pelea, logrando así atraer su atención y permitiendo a Heimrich acabar con el ogro vendido al Caos. Grotón aprovechó el momento para incorporarse y recoger su arma junto al altar. Mientras, los ogros quedaron confusos por la muerte de su líder y por los ataques que sufrían por mi parte y la de Heimrich. Uno tras otro y jugando con la distancia logramos acabar con ellos, aunque Grotón quedó gravemente herido tras su último enfrentamiento.

- Tranquilo, te quitaré todos los males – decía Heimrich mientras se dirigía con paso veloz hacia el agonizante ogro, al mismo tiempo que realizaba una serie de complejos gestos con sus manos a fin de realizar algún tipo de hechizo sanador. De repente, tras realizar el giro de muñeca que concluía la ejecución de su conjuro, algo inesperado ocurrió y todas las prendas que cubrían el cuerpo de Heimrich salieron despedidas en todas direcciones a varios metros alrededor del mago. Fue en ese instante en el que conocí la vergüenza ajena. Me senté a aguantarme la risa y a esperar a que mi compañero estuviera más presentable. Escuché pasos detrás. Al girarme, vi a Heimrich, de nuevo ataviado con su vestimenta habitual aunque con una expresión en su rostro mucho más seria de lo normal, y a Grotón, que aún tenía pegados en sus dedos trozos del corazón espachurrado de su ex-compatriota; en ese instante se me terminó de quitar la carcajada del cuerpo.

Una vez calmados los ánimos me quedé asombrado con la enorme facilidad que tenía el ogro para relacionarse con nosotros. Sin duda alguna Grotón era diferente a los de su raza y estaba muy habituado a tratar con los humanos. En vista de que Grotón ya no tenía nada que le atase a este lugar, decidió que sería buena idea partir junto con los hombres que le habían salvado el pellejo, pese a que a mí no me hiciera la más mínima gracia tal circunstancia.


miércoles, 28 de agosto de 2013

Romance de los Nueve Imperios: el juego


El problema que surge a la hora de realizar un trabajo es que, cuando consigues la respuesta a una pregunta, se te plantean muchas otras. Sigo haciendo mis pinitos como traductor; ahora, en concreto estoy con los subtítulos de Gamers: Hands of Fate. Aparte de las dificultades habituales (entender lo que dice alguien que balbucea, susurra o habla en jerga, además del vocabulario) se añaden otras dificultades, como por ejemplo no tener idea del contexto. Es por esto que me he estado informando acerca del juego de cartas Romance of Nine Empires, y voy a daros un pequeño resumen de lo que va la historia del juego.



Hace eónes (siempre he querido comenzar una frase diciendo eso :P ), en 1982, se diseñó este juego en el cual cambian las condiciones de juego en base a los resultados de anteriores partidas. Años después, cuando uno de sus diseñadores se mudó a otro estado organizó torneos en otros eventos, en el cual obtuvo nuevos resultados... y volvieron a cambiar la historia. De este modo mantenían viva una historia que se iba difundiendo por otras convenciones y crearon un concepto nuevo:  la Convención Argumental de Historia Envolvente (Evolving Storyline Convention Adventure). Volvieron a pasar los años, hasta que en 1996 se pusieron a recopilar el ESCA de los catorce años previos y crearon un canon que dirigiría el modo en el que se practica el juego de un año a otro.



Lo curioso de esto es que permite al ganador de dicho torneo incluir en la historia ciertas líneas argumentales basadas en las partidas que ha jugado, o a su propio antojo. Esto ha dado lugar a decisiones tanto lógicas como ridículas. Por ejemplo; veo como lógico que derogaran la norma impuesta que impedía utilizar cartas o mazos prestados. Sin embargo, considero ridícula una regla que se aprovechaba de un juego de palabras ligado a un tecnicismo del reglamento. Básicamente decía que si algo podía hacer objetivo a un orco (orc), también lo podía hacer a un hechicero (sORCerer). Hay que ser rebuscado...

En otra ocasión os hablaré del sistema de juego y de las nueve facciones. lamentablemente no existe nada similar al Cockatrice o una página como magiccards.info para este juego, pero si sentís curiosidad y os apañáis con el inglés podéis descargaros el reglamento AQUÍ.

martes, 27 de agosto de 2013

Aventuras por el Viejo Mundo (capítulo 9 y anexo 2)

Novena Entrada 
Cruenta batalla


La defensa estaba preparada y motivada. No eran muchos los efectivos de que disponía Piotr, pero estaban adecuadamente preparados y motivados para luchar por sus vidas y las de sus seres queridos. Ni siquiera llegábamos al centenar de hombres, pero confiaban en la resistencia de sus muros, en las trampas ocultas del camino, en sus armas y en las esperanzas que les habíamos proporcionado. Dos unidades de lanceros situados en las partes altas del muro aguardaban la embestida, mientras que Piotr aguardaba junto con sus mejores hombres tras las puertas de la aldea. Además, Piotr había estado reservando una sorpresa hasta el final: un cañón imperial había sido colocado en las inmediaciones de su vivienda, en el lugar idóneo para que la radio de acción de éste abarcase todo el campo de batalla. 

Grimnioz se había unido a la unidad de lanceros que protegía el flanco derecho, mientras que Heinrich había preferido situarse en solitario sobre el muro, en un punto en el que podría atacar al enemigo y proteger a nuestros aliados. Por su parte, Fiona eligió quedarse tras los muros con el fin de sanar con sus hechizos a los heridos. En cuanto a mí me situé en el flanco izquierdo junto con los ballesteros y arqueros, ya que era el punto más propicio para ello. 

Apenas dos horas después del amanecer se hizo visible el ejercito de hombres-bestia en formación y preparados para atacar. Los primeros en avanzar fueron los minotauros, seguidos de los gors, centigors y demás efectivos de los hombres-bestia. Un grupo de arqueros lanzó una oleada de flechas que lograron herir a dos de nuestros lanceros. Al otro lado del batallón, un cigor intentaba lanzar una enorme roca hacia la parte del muro en que se encontraba Heinrich, pero por fortuna a la torpe bestia erró el lanzamiento, dejando caer el pedrusco a sus pies. Entre las unidades pudimos distinguir la figura del chamán hombre-bestia Grindel que, tras un movimiento de su báculo lanzó un hechizo que consiguió derribar a otros ocho de nuestros hombres. 



La reacción de nuestros magos no se hizo esperar. Tras situarse en posiciones más estratégicas procedieron a sanar con sus hechizos a varios de los hombres que habían resultado heridos. Piotr dio la orden de disparar. Mientras que los escasos arqueros y ballesteros abatíamos a dos hombres-bestia, el artillero logró abatir un total de cinco mastines del caos que se aproximaban de un certero disparo que terminó por impactar de lleno sobre el zigor, dejando a este fuera de combate. 

El impacto del cañón sobre los mastines hizo que estos se desviaran de su rumbo inicial para toparse de lleno con uno de los fosos llenos de estacas. Otro de los mastines cayó en su interior, y con él otros dos hombres-bestia que se encontraban a su lado. De nuevo los arqueros gors lanzaron sus flechas pero no obtuvieron ninguna baja. Mientras gors y centigors avanzaban, Grindel continuaba castigando con sus hechizos a nuestros hombres, logrando abatir a otros cuatro de ellos. 

Heinrich se esforzaba mucho en su labor, y aunque aparentemente le costaba gran esfuerzo controlar los vientos de la magia su pericia como mago logró evitar que Grindel lanzase más hechizos por el momento. Por fortuna para nosotros, los ungors que se acercaban cada vez más a las puertas de la aldea erraron sus disparos. Heinrich pareció desistir por el momento de emplear su magia para mermar las fuerzas del oponente y optó por utilizar su pistola contra los minotauros que corrían hacia nosotros. Grimnioz también descargó su arma y de la parte alta de la aldea resonó un nuevo cañonazo, pero ninguno de ellos tuvo éxito aparentemente. Sin embargo, mis flechas y las de mis compañeros lograron abatir unos cuantos centigors más, haciendo huir al resto de ellos. 

Las bestiales tropas consiguieron por fin llegar a los pies del muro y dio comienzo una carnicería en la que los hombres-bestia caían más fácilmente debido a la desventaja de su posición. En el proceso de ataque observé cómo dos gors más caían en los fosos llenos de estacas, pero me quedé boquiabierto cuando los observé salir arrastrándose para volver a unirse a su unidad. La estampida de gors arremetía contra la puerta que a duras penas aguantaba. Sin duda, ver el cuerpo del ogro-dragón que tenían a su lado minaba sus ánimos a la hora de golpear. Sin embargo Grindel continuaba haciendo 
estragos y la unidad que se hallaba junto a Heinrich había sido reducida a tan solo dos valerosos hombres que asombrosamente aguantaron su posición. 

Por fin la magia volvía a sonreír a mis compañeros, y mientras Fiona ayudaba a reponerse a cuatro lanceros, Heinrich fulminaba con sus hechizos a los minotauros, dejando tan solo a una de las criaturas en pié aunque gravemente herido. Mientras tanto, varios hombres empujaban un enorme caldero lleno de brea caliente y lo arrojaron sobre la unidad de gors que protegía a Grindel, forzándolos a una retirada estratégica. El charco de brea se extendió hacia otra unidad de gors en el flanco derecho, haciendo que otros cuatro hombres-bestia cayeran en la charca ardiente mientras se retorcían de dolor. La unidad de ballesteros logró por fin acabar con el minotauro que aún quedaba en pié, mientras que mi unidad de arqueros disparó junto con los de Piotr, logrando acabar con la practica totalidad de los gors que protegían a Grindel, dejando al chamán con su oficial y su músico como únicos compañeros. La unidad de gors que se había quedado rezagada tomó el relevo y se dirigió con furia hacia las puertas de la aldea. Sonó un nuevo cañonazo y otros cinco hombres bestia saltaron en pedazos. 

Las nubes de tormenta seguían concentrándose sobre nuestras cabezas, señal de que algo siniestro estaba a punto de suceder. Grindel lanzó otro de sus mortales hechizos contra Grimnioz, que por lo que parecía estaba realizando un gran trabajo despeñando cuerpos de hombres-bestia desde el muro. Por fortuna la destreza de Heinrich a la hora de manipular los vientos de la magia evitó de alguna manera que el chamán tuviese éxito en su intento. Empleó sus reservas de energía en lanzar un segundo hechizo, pero no ocurrió nada que yo pudiese apreciar. 



Por desgracia la puerta se encontraba ya en pésimas condiciones y terminó de ceder, permitiendo a los hombres-bestia entrar en el interior de la villa. Los hombres de Piotr ya habían dejado sus arcos y preparado sus espadas, y estaban listos para la contienda final. Los hombres que se encontraban con Grimnioz ya habían acabado con el último de los hombres-bestia que atacaban por el muro y se prepararon para flanquear a la unidad de gors que había conseguido traspasar las puertas. 

Fiona redoblaba sus esfuerzos y parecía estar exhausta, pero gracias a ella cuatro hombres pudieron volver a ponerse en pie. Pareció darse cuenta de que en el lugar en que se encontraba corría peligro, pero antes de retirarse fortaleció más a los luchadores. Era evidente que la presencia del chamán era demasiado peligrosa, de modo que volví a dar la orden de lanzar una oleada de flechas más. Sonaron gritos de júbilo cuando Grindel y el resto de su escolta cayeron al suelo ensartados por nuestras flechas, gritos que quedaron ahogados por el estruendo del cañón. El artillero volvió a afinar la 
puntería y esta vez el proyectil impactó en la cabeza de un ungor, para finalmente derribar otros dos hombres-bestia que se encontraban detrás de él. Por otro lado los ballesteros del flanco derecho vieron un claro objetivo en el ungor restante y sus virotes agujerearon la carne de la bestia, logrando abatirla. 

Los hombres-bestia que habían conseguido entrar en la villa cargaron con pasos pesados hacia los hombres de Piotr. El entrechocar de los metales comenzó a resonar y aunque se encontraban en inferioridad numérica la violencia de su ataque logró mermar la defensa humana. Piotr consiguió abatir a un hombre-bestia mientras que sus hombres se vieron 
obligados a aguantar la carga cuanto pudieran. 

Un corro de hombres y bestias humanoides se abrió en medio del tumulto. El más bravo de los hombres-bestia lanzó un mugido de desafío en dirección a Grimnioz, que se dirigió hacia aquella montaña de músculos sin dudar. El gor atacó ferozmente a Grimnioz. Grimnioz logró evitar el primer golpe pero el gor consiguió golpearle en un brazo, haciendo mostrar al enano una mueca de dolor. La reacción de Grimnioz fue devastadora para el oficial, que recibió un fuerte golpe en el pecho con el martillo de fuego del enano. El hombre-bestia retrocedió unos pasos a la vez que una humareda 
permanecía en el lugar que antes ocupaba. 

En el mismo momento en que Grimnioz se batía con el hombre-bestia, Piotr y sus hombres luchaban ferozmente con las demás bestias del caos. El combate resultaba muy igualado para los dos bandos. Resonaban golpes de metal por doquier y únicamente Piotr consiguió llevarse un trofeo. En cambio los gors conseguían abatir a otros dos hombres. Grimnioz aprovechó el instante que le llevó al oficial gor reponerse del golpe para tomarse la poción que Fiona nos había entregado a cada uno. En cuanto pegó el último trago parecía que acabase de llegar a la batalla como su se hubiese levantado de la mejor de las siestas. Ambos bandos se consideraron en condiciones de acabar con sus adversarios y mantuvieron su posición sin flaquear. 

Los hombres de Piotr apenas guardaban todavía una ligera superioridad numérica frente a los hombres-bestia que los atacaban. Los hombres-bestia confiaban en su fuerza bruta para acabar con Piotr y sus hombres, pero estos contaban con una ayuda: los hombres que se habían quedado en los muros disparando con sus ballestas ahora tenían una vista lo suficiente limpia del exterior como para dejar a un lado sus ballestas y lanzarse a la contienda en ayuda de su jefe. Para ayudar a los hombres que corrían a la refriega, Heinrich decidió reforzarlos con su magia. 

Los arqueros continuábamos disparando a aquellos incordiantes seres que eran los mastines del caos y por fin logramos acabar con todos ellos. En ese momento escuché gritos de júbilo. Volví la cabeza y pude contemplar el momento en el que Grimnioz asestaba un nuevo golpe al hombre-bestia, que cayó desplomándose hacia atrás dibujando un arco de humo desde el punto en que se produjo el golpe hasta su pecho. Los hombres de la unidad de Grimnioz gritaban al enano con entusiasmo. Afortunadamente el ataque de los ballesteros por el flanco había creado gran confusión entre los hombres-bestia. Ello, unido al rotundo desenlace del combate de su oficial, les obligó a huir en estampida mientras los hombres de Piotr clamaban victoriosos. 

Apenas habían comenzado a romper las filas cuando los vítores acababan ahogados por el sonido de un trueno ensordecedor. Los magos parecían todavía alertas, lo que hizo que Piotr diese la orden a sus oficiales de permanecer unidos. En esos momentos la voz del artillero nos alertó de lo que ya nos temíamos. El shaggot y los tres ogros dragón que dejamos dormir en la cueva se acercaban hacia la villa velozmente montaña abajo. Piotr comenzó a reformar a sus hombres mientras Heinrich y Fiona se apresuraban en reforzar mágicamente a los hombres. Ordené a la unidad de arqueros que lanzasen una descarga de flechas, pero todas ellas rebotaron en las duras escamas de los monstruos. Por desgracia para el artillero hacía falta que los ogros-dragón estuviesen en una posición más cercana para poder acertarles un disparo. Todos estaban preparados para la arremetida que provocasen los monstruos. 


Por fortuna, los siglos de aletargamiento parecían pesar sobre las espaldas de los ogros-dragón y un desnivel en su trayectoria retrasó a las horrendas criaturas en su imparable carrera. Grimnioz había sacado su pistola pero a tanta distancia el tiro pareció perderse. El artillero que manejaba el cañón apuró al primer momento en que pudiese herir a los ogros-dragón y la bola estuvo a punto de volar por los aires la cabeza al shaggot, pero por suerte para la criatura solo le hirió en un hombro. Nuestros flechazos comenzaban a surtir efecto ya que los ogros-dragón se encontraban cada vez más cerca; tan cerca que en pocos instantes conseguían abalanzarse sobre Piotr y sus hombres, que aunque habían crecido en número gracias a los cuidados mágicos de Fiona eran apenas una veintena los que se encontraban en condiciones de pelear. 

De entre las filas de los hombres apareció Grimnioz echando a un lado a empujones a los hombres de Piotr y comenzó a espetar bramidos hacia el más grande de los ogros-dragón. El shaggot dejó a un lado la atención que había puesto en los hombres de Piotr y se fijó en Grimnioz, que le esperaba al frente de la unidad con su martillo mágico alzado y listo para el combate. Intercambiaron ataques el uno sobre el otro y el shaggot consiguió golpear a Grimnioz un duro golpe en el brazo que hizo que soltase su martillo a causa del dolor. 

A su lado, Piotr seguía defendiéndose con destreza y con un certero tajo en el cuello logró acabar con la vida del ogro-dragón que estaba ya malherido. La imponente masa de los ogros-dragón unida a la violencia de la carga provocó que otros dos hombres desfallecieran entre la masa. El combate resultaría demasiado duro para ellos solos, de modo que los ballesteros y arqueros que nos apostábamos en los laterales del muro decidimos unirnos a la lucha. 

Heinrich vio que la vida de Grimnioz corría peligro y lanzó un hechizo que restableció las habilidades del enano, haciendo que pudiera recoger su arma del suelo y prepararse para un asalto más. El shaggot consiguió golpear nuevamente a Grimnioz, pero esta vez se repuso y consiguió golpear al ogro-dragón, que retrocedió levemente. Fiona se esforzaba en sanar a los heridos, pero los hombres caían más rápido de lo que ella podía reanimarlos. Los ogros-dragón que se hallaban trabados en combate lograban abatir a tres hombres más. La testarudez de hombres y ogros-dragón hizo que ninguno perdiese su bravura y continuaron luchando. 

Los dos grupos de ballesteros y arqueros que quedábamos libres nos encontrábamos en una posición inadecuada. No podíamos llegar directamente al combate pues estaba teniendo lugar bajo la misma entrada y no era posible un ataque frontal, de modo que nos apresuramos en tomar posiciones tras el muro con intención de rodear por completo a los ogros-dragón y sorprenderles por todas partes. 

Mientras rodeábamos a los ogros-dragón pude contemplar cómo el shaggot se había agachado y conseguía inmovilizar a Grimnioz. Le gritaba maldiciones en idioma enano mientras la enorme bestia lo elevaba sobre su cuerpo. Sus dos garras casi ocultaban por completo el cuerpo del enano. Lo último que Grimnioz pudo hacer fue escupir al monstruo. El shaggot comenzó a tensar sus músculos y la cara de Grimnioz comenzó a enrojecerse. Cuando sus garras se separaron en un movimiento seco, un arco de sangre salió dibujado en el aire y una de sus extremidades había sido arrancada de cuajo. El shaggot lanzó al aire un rugido y lanzó el cuerpo de Grimnioz tras los hombres, hacia el centro de la plaza. 

Los ogros-dragón seguían causando más y más bajas envalentonados por la victoria de su jefe. Piotr, que había observado lo que le había ocurrido a Grimnioz por protegerlos de los ataques del shaggot, gritó furioso órdenes a los pocos hombres que le quedaban para que aguantasen la posición. Yo espetaba bramidos a los tiradores para que cambiasen sus armas y se prepararan para el combate. Hubo un instante en el que vacilaron, pero consiguieron corresponder a mis gritos y nos lanzamos a tomar posiciones. Nos encontrábamos bastante cerca de su flanco y retaguardia como para desaprovecharlo y la muerte de Grimnioz merecía ser vengada cuerpo a cuerpo. 

Nuevamente se escuchaban rugidos de dolor por parte de los ogros-dragón, aunque estos seguían atacando con ferocidad. Pude ver a Fiona situada sobre el muro. La expresión de su cara ya no reflejaba cansancio, sino furia. Tras las filas parecía que los hombres que habían conseguido herir los ogros-dragón se levantaron como si nada les hubiese ocurrido. 

La espera ya había durado suficiente. Di la orden de cargar contra el enemigo y las unidades de ballesteros y arqueros corríamos empuñando nuestras armas para acorralar a los monstruos. Los ogros-dragón se vieron superados y varias armas conseguían penetrar en la escamosa piel de otra de esas criaturas hasta provocar su muerte. Comenzaron a verse amenazados y estuvimos a punto de hacerles huir, pero las bestias no terminaron de acobardarse. 

Heinrich continuaba esforzándose por ayudar con su magia a los hombres que más flaqueaban. En un instante en que le había perdido de vista reapareció por sorpresa a nuestra izquierda, tras el muro. Aprovechando la cobertura del muro extendió su bastón y consiguió darle al último de los ogros-dragón el golpe de gracia. Ignoro por completo si utilizó alguna treta mágica para acabar con el o fue cuestión de suerte. 

Por fin el shaggot se vio completamente solo y mis hombres y yo pensábamos aprovechar la ocasión. Me lancé al ataque y conseguí hundir mi hacha en las escamas de la enorme bestia que había partido en pedazos a mi compañero. Escuché varios sonidos similares al que hizo mi hacha al clavarse en el costado de la bestia. Cuchillos y espadas habían sido clavadas a mi alrededor en la espalda del shaggot y la bestia comenzó a tambalearse. Ni siquiera me fue posible retirar mi hacha, ya que la bestia comenzó a dar tumbos hasta desplomarse en el suelo. El estruendo que produjo el enorme monstruo al desplomarse en el suelo fue seguido por el estallido de los vítores de los hombres de la villa que habían sobrevivido a la cruenta batalla. La amenaza había sido aniquilada y los hombres no esperaron a que Piotr diese la orden para romper sus filas. Cascos y yelmos volaban por los aires mientras algunos hombres se abrazaban y reían. Otros no quedamos tan ilusionados, pues habíamos sufrido múltiples bajas. Hubo incluso alguno que se puso rápidamente a buscar entre los caídos el cuerpo del que tal vez fuese su hermano o su mejor amigo. 

Todos los habitantes de la villa comenzaron a salir de sus casas o escondites que habían encontrado y corrían en busca de sus seres queridos. Sin embargo varias personas se alejaban lentamente de la zona de batalla en dirección al centro de la plaza. Pude reconocer fácilmente los llamativos ropajes de Heinrich a mi izquierda, que avanzaba con paso fatigoso. Unos pesados pasos y el ruido que hacía una armadura delató a Piotr tras de mí. Al mirar de nuevo al frente pude ver a Fiona de rodillas, haciendo gestos con sus manos y rezando plegarias con la voz ligeramente quebrada. A su lado unos cuantos hombres y un montón de curiosas cotillas se apiñaban para ver la morbosa escena. Piotr pidió con voz firme a los curiosos que dejasen sitio y el corro de gente comenzó a disolverse para revelar la imagen de los restos de Grimnioz que Fiona había tenido la delicadeza de tapar como pudo con una manta. El silencio de los presentes solo fue roto por las oraciones de Fiona y por uno de los combatientes que llegó poco después con el martillo y los demás restos del enano, envueltos de manera ceremonial bajo su capa. 

Piotr acabó por sugerir que allí ya no podíamos hacer nada, y tenía razón. Había muchos destrozos que reparar, heridos a los que atender y tumbas que cavar. 




Anexo II : Algo muy extraño 

No me hace gracia hablar de funerales, pues es algo de muy mal fario. Pero después de lo que le sucedió a Grimnioz, considero que ha de quedar constancia de lo que ocurrió y de lo que vi.
Habían pasado varios días en los que los hombres de la aldea trabajaron muy duro. Mientras unos reconstruían los portones y muros de la aldea, otros apilábamos cuerpos mutilados de hombres-bestia y demás monstruos para calcinarlos. Fiona se dedicaba al cuidado de los heridos y sus ayudantes preparaban los cuerpos para su conservación 
hasta el momento de darles sepultura. Mientras, Heinrich y Piotr planificaban la reconstrucción de la aldea y facilitaban el trabajo de los demás en lo que les era posible. Los funerales y entierros ocurrieron los días siguientes, después de que pudieran por lo menos asegurar nuevamente las puertas. 

Se había cumplido una semana desde el día de la batalla contra los hombres-bestia. Aquel día Fiona ofició el funeral de Grimnioz, un funeral al que asistió todo el pueblo. Aquellos días la noticia del sacrificio que un enano había hecho por la aldea corrió como la pólvora. Ramilletes de flores que habían hecho las campesinas adornaban la tumba de mi compañero, que fue situada en la parte de la aldea desde la cual se podía ver el valle entero y la extensión interminable de montañas que lo rodeaban. 

Tras la ceremonia siguió una arenga por parte de Piotr. Relató con euforia cómo el heroico enano dio su vida por protegerlos a el, a sus hombres y a toda la villa de la furia del shaggot. También dirigió sus alabanzas a los compañeros de Grimnioz, forasteros que desinteresadamente habían contribuido a tal hazaña. Tras ello, proclamó que la villa 
tomaría de ahora en adelante el nombre de su salvador, decisión que el pueblo aprobó unánimemente. Heinrich, Piotr, Fiona y yo fuimos los últimos en abandonar el lugar. El día había sido largo y el sol comenzaba a ocultarse tras el pico de una de las montañas. Nos quedamos un instante más para guardar nuestro respeto al amigo caído y poco a poco comenzamos a descender hacia las cabañas.
Heinrich me hablaba acerca de nuestra marcha de la villa, aunque no le prestaba mucha atención. Hacía días que tenía preparadas mis cosas para proseguir el viaje. No sé por qué lo hice. Ni siquiera sé si lo que vi fue real, pero mientras me alejaba giré la cabeza. Tras los rayos del sol y frente a la tumba de Grimnioz vi la figura de un enano con un casco cornudo derramando el contenido de una jarra en la tierra. Su capa roja, que ondeaba a un lado por el viento no era capaz de ocultar del todo la enorme hacha de doble filo que portaba. Cerré un instante los ojos a causa del sol y ya no quedaba rastro alguno de la misteriosa figura, a excepción de un pequeño charco espumoso sobre la tumba de Grimnioz.

"Ha sido un glorioso final para un gran enano. ¡Aprende del ejemplo!"

lunes, 26 de agosto de 2013

Los Altos Elfos de Elric de Meliboné

Hoy Elric nos trae un Armies on Parade muy completo sobre sus Altos Elfos. Me dijo que lo pusiera cuando me sintiese vago. ¡Qué majo él...! :P

























sábado, 24 de agosto de 2013

Aventuras por el Viejo Mundo (capítulo ocho)


Octava Entrada
Escala escabrosa


Transcurrieron varios días pasando por el interminable desfile de montañas cuando nos dimos cuenta de que no estábamos muy seguros del rumbo que habíamos tomado. Al pasar una cima divisamos un camino que conducía a una pequeña aldea. No era el sitio al que nos dirigíamos, pero debido a nuestra necesidad de reponernos de las heridas recibidas recientemente y ya que no nos habíamos desviado demasiado del rumbo decidimos encaminarnos hacia la aldea.

Llegamos a la aldea de Vohemheimner. Conforme avanzábamos comprobamos que la aldea apenas estaba formada por una treintena de cabañas y casas de descuidada manufactura. Estaba amurallada por una hilera de estacas en punta, y la entrada ni siquiera tenía puerta ni el más leve rastro de algo parecido a una guardia. Entramos en la aldea y la primera persona en encontrarnos era una señora ya entrada en años que se disponía a hacer la colada. Al ver el aspecto que presentábamos, dejó caer el cesto en el que guardaba su ropa sucia y se dirigió rápidamente a comprobar el estado en que se encontraba Grimnioz.

Brunilda, que así se llamaba la mujer, fue muy amable con nosotros. Le proporcionó una cama a Grimnioz y lavó sus heridas. Mientras cocinaba un jabalí que había cazado su hijo le contamos el por qué del estado que presentaba nuestro compañero, por no mencionar el mío propio. Al saber de los peligros que afrontamos hizo que su hijo pidiese una audiencia al líder de la aldea. Tras comer como si no hubiera un mañana y descansar en un montón de paja que me pareció la cama más cómoda que había tenido la suerte de usar, nos dirigiríamos a la choza de Piotr, el jefe de Vohemheimner.

Por la mañana nos presentamos en la casa de Piotr. No era la más grande ni la más acondicionada, pero estaba bastante bien conservada y encontraba situada en la parte más elevada de la ladera, centrada con la aldea. Piotr nos recibió en el salón de su vivienda. No tenía grandes lujos, pero si unos cuantos trofeos de caza adornando la estancia y una pequeña estantería con unos cuantos libros junto a un escritorio de madera vieja. Ya había sido informado de nuestra hazaña y parecía entusiasmado. El hombre trataba de transmitirnos su amor por este poblado de forma casi tangible. Comenzó a hablarnos de sus años de estancia en Suttenberg, y de cómo logró llevar a cabo un intento de revolución en la ciudad, por así decirlo. Nos contó cómo el y los suyos, habiendo fallado su intento, se vieron obligados a exiliarse en las montañas con sus familias. Aun contando estos tristes sucesos, Piotr trataba de plasmarlos como actos de heroísmo e intentaba justificar su expulsión como el pago por la guerra perdida.

Tras relatar brevemente sus hazañas nos dijo que recientemente el poblado había estado sufriendo ataques por parte de hombre-bestia. De hecho, que echásemos en falta un portón a la entrada de la aldea no era cuestión de falta de presupuesto sino debido al poder de su embate. La manada de monstruos estaba liderada por un chamán al que llaman Grindel. Por desgracia para ellos sus informadores habían descubierto que el chamán había reunido un pequeño ejército y que se encontraba a solo tres días de camino. En vista de la situación no pudimos negarnos a su petición de liderar la resistencia del enfrentamiento contra las bestias. Si no organizábamos correctamente la resistencia aquel pueblo de guerrilleros fugitivos podría pasar a la historia.



-Día uno

Aquella misma mañana, Grimnioz y Heinrich comenzaron a planear la forma de endurecer las defensas de la aldea. Por la tarde ya tenían gente trabajando para reparar la puerta y a otro grupo de hombres cavando un foso frente a la entrada para disimularlo posteriormente. Grimnioz mostraba un comportamiento muy similar al del sargento Gurnoson mientras instruía a los más jóvenes en el uso de las armas.

Mientras todos realizaban sus labores yo me dispuse a explorar un poco los alrededores junto con German y Lars, dos exploradores que se dirigían a recoger leña. Nos dirigimos montaña arriba, cuando se percataron de la existencia de una cueva que no conocían. Al parecer una avalancha reciente había dejado al descubierto la boca de la cueva, pero parecía que algo menos natural había terminado de allanar el camino de entrada. No me pareció apropiado arriesgar la vida de aquellos exploradores innecesariamente de modo que cuando terminamos de recoger leña y decidimos volver. La breve preocupación que les rondaba por la cabeza quedó relegada a la memoria cuando vimos una cabra salvaje y logramos darle caza.



Estábamos a pocos pasos de la aldea cuando el vigía de una de las torretas avisó de una columna de humo que procedía de Hollenhässen, una villa a dos días de camino de Vohemheimner. Les pedí a Heinrich y a Grimnioz que me acompañasen a explorar la cueva. Grimnioz se encontraba casi repuesto de sus heridas. Su brazo tenía mucho mejor aspecto después de recibir los cuidados del halfling Bongo y la anciana Brunilda. Incluso bromeaba con la idea de que parte de su rehabilitación consistía en un poco de acción. Heinrich por otro lado no era tan optimista en vista de la guerra en la que nos habíamos visto involucrados y pedía a los dioses en que esta expedición sirviera para algo. Llegamos a la cueva y tras adentramos en ella los ruegos del mago se vieron recompensados, aunque no en la forma en que hubiera deseado.

El interior mostraba señas de haber sido excavado, aunque parecía que tuviera varios miles de años de antigüedad. El túnel conducía a una amplia cámara en forma de bóveda con un altar de piedra en el centro. Al posar el pie en la cámara pude darme cuenta de que además el suelo estaba repleto de huesos. Tras el altar, en la pared de la sala se veían cuatro entradas: tres de ellas grandes y la otra enorme. Heinrich hizo una comprobación del lugar por si acaso había trampas u otras alarmas mágicas. Desestimó esta posibilidad y realizó un hechizo para iluminar el lugar. Observamos objetos que relucían entre los huesos. Había monedas y alguna que otra arma, a simple vista. Sin embargo, una fortuita patada en una pila de huesos me hizo ver un vial metálico que contenía alguna clase de veneno .

Nos decidimos a probar fortuna con la entrada de la izquierda. Dicha entrada formaba parte de otro túnel que descendía. El sonido de los huesos crujiendo resonaba a cada paso y nos manteníamos alerta. Mientras descendíamos encontramos un esqueleto todavía formado que vestía una armadura de placas. Lo examinamos más detenidamente y observamos que llevaba un emblema de dos estelas de cometas que se cruzaban entre sí. En esos momentos Heinrich sí detectó un rastro mágico que procedía de debajo del esqueleto, aunque dudaba que fuese peligroso al examinar el entramado mágico. Junto a los restos del cadáver se encontraba el arma del caballero. Se trataba de un martillo de manufactura enana, con grabados en kazalí que según Grimnioz decían:

“Este arma fue entregado por el Rey Alrik Ranulfsson a los Caballeros Pantera en honor a sus heroicas hazañas en la batalla del Paso de la Muerte”

Grimnioz optó por sustituir su martillo por el recién encontrado, ya que según Heinrich tenía propiedades mágicas, y fuesen las que fuesen seguro que no serviría para curar las heridas de nadie. Continuamos nuestro descenso y una vez llegamos abajo de todo, el túnel se transformaba en una enorme cavidad con una alfombra de huesos que adornaba toda la estancia. Lo más aterrador se encontraba en un montículo de huesos en el centro de la sala. Uno de esos mitológicos seres mitad ogro y mitad dragón dormía apaciblemente sobre un huesudo lecho.

Heinrich estaba más confiado que nosotros pues según había leído en uno de sus muchos libros que si un ogro-dragón está dormido solo puede despertar una vez cada mucho tiempo, y muy probablemente no iba a ser durante esos momentos. Lo que estaba claro para el mago era que los hombres-bestia podían despertar a esta criatura y utilizarla en nuestra contra. No solo eso, era muy posible que en los otros túneles anidaran más de estas criaturas. A riesgo de despertar a la criatura decidimos poner fin a su existencia antes de que despertase con ganas de desayunar. Grimnioz se situó al lado del monstruo, preparado para golpear la cabeza de la criatura. Heinrich y yo nos situamos a una distancia prudente y nos preparamos para el ataque. Grimnioz agarró su martillo con ambas manos, yo tensé mi arco con una flecha envenenada y Heinrich comenzó a hacer gestos con las manos para concentrarse.



Todo ocurrió muy rápido. En el momento en que Heinrich dio la señal, un proyectil mágico salió disparado hacia el ogro-dragón al que le siguió mi flecha. El proyectil impactó en la cabeza deshaciéndose en un fugaz estallido de luz. Siguiendo la estela del proyectil mi flecha se clavó en la cabeza de la enorme bestia como si de una diana brillante se tratase. En ese instante Grimnioz ya se encontraba descargando un feroz ataque en el mismo punto que nosotros. En el momento en el que el martillo cayó contra el maltratado cráneo de la bestia pudo notar un olor a quemado, y tras retirarlo observó que la punta de mi flecha se había fundido y que la piel de la bestia se había ennegrecido en el lugar del impacto. Grimnioz tenía la respuesta al enigma de las propiedades de su martillo, y llevado por el ansia de estrenar su nuevo martillo en condiciones se dispuso para volver a atacar.

Fue entonces cuando el ogro-dragón despertó de su sueño con un alarido ensordecedor. Realizó un movimiento en el suelo para ponerse de pie, el cual sirvió además para que Grimnioz recibiese un golpe con la cola que le tiró de espaldas al suelo. Nuestros disparos lograron atraer la atención de la bestia lo necesario como para que Grimnioz tuviese tiempo suficiente para levantarse y comenzar a repartir martillazos por el cuerpo de la criatura. Afortunadamente el ogro-dragón no acertaba a propinar muchos golpes en el cuerpo del enano, pues tras despertarse y con el ataque sufrido en la cabeza la criatura parecía aturdida. A pesar de esas dificultades no sé cómo Grimnioz podía resistir los ataques de la bestia. Cuando no podía esquivarlos o desviarlos de su trayectoria, el enano pagaba con dolor su falta de atención.

El combate se prolongó por poco tiempo. Era evidente que las heridas infligidas en la cabeza del monstruo habían hecho mella y aunque Grimnioz pasó un mal rato entre todos logramos dar muerte al monstruo. Había acabado de nuevo con el cuerpo lleno de moratones, pero por fortuna esta vez no había sufrido ninguna herida de importancia. Hay quien pensaría que no fue justa la forma en la que atacamos a la criatura, pero en vista de la ferocidad de su ataque aún estando aletargado por su reciente despertar, un combate frente a frente habría sido igual de injusto para nosotros.

Nos detuvimos en aquel mismo sitio para recobrar el aliento. Cuando dejamos de escuchar los latidos de nuestros corazones escuchamos una ronca voz procedente de la cámara que habíamos dejado atrás. La voz hablaba en una lengua siniestra que Heinrich se esforzaba por comprender. De todos modos no nos hacía falta comprender qué susurraban aquellas palabras para imaginar que algo muy grave estaba ocurriendo. Al regresar a la cámara principal nos encontramos a Grindel, el chamán hombre-bestia del que nos había hablado Piotr. No podía ser otro. Se hallaba frente al altar, y sobre este yacía un niño sobre un altar de piedra, atado de pies y manos mientras lloraba y forcejeaba con la esperanza de soltarse de sus ataduras.

Cuando el chamán volvió su mirada hacia nosotros hizo una mueca desafiante. Los harapos toscamente adornados que lucía apenas lograban tapar la mitad de su cuerpo recubierto de yagas. Sin perder un segundo puso su mano sobre su hombro y se arrancó una de sus muchas costras. La llevó a su boca y comenzó a masticarla mientras comenzaba a manar de la herida un leve rastro de sangre que rápidamente comenzó a secarse. Nosotros iniciamos la carga contra el chamán, pero antes de que pudiéramos llegar a la mitad del recorrido escupió al suelo el bolo de costra, que se hinchó rápidamente hasta transformarse en un montón nurgletes.



Algo recorrió mi interior. Fue un escalofrío que no podía compararse a nada que hubiera sentido antes salvo en el templo subterráneo de Sigmar. Algo en mi mente se torció al ver aquellas horrendas criaturas, algo que a su vez me resultó terriblemente familiar. Mi cuerpo quedó paralizado mientras las gotas de sudor frío recorrían mi frente. Todo ocurrió demasiado rápido. No pude hacer nada mientras mis compañeros corrían hacia ellos. Me quedé parado mientras observaba con espantoso detalle la escena. Grimnioz y Heinrich, corrían a la masa de monstruos verdes y marrones. El chamán, alzando su daga sobre el cuerpo del muchacho. Muchos nurgletes estallaban en nubes de humo verdoso mientras el chamán hundía la daga en el corazón del muchacho. Observaba impotente cómo el asesino hombre-bestia huía, dejando a aquel chico sobre el altar bañado en sangre.

Fue demasiado. Para cuando Heinrich y Grimnioz habían acabado con casi todos esas babosas repugnantes mi cuerpo comenzó a reaccionar. Un trueno hizo retumbar toda la cueva en el mismo instante en que mi cuerpo agarrotado despertaba de su sopor y comencé a gritar de ira. Salí corriendo mientras gritaba hacia el último de ellos para golpearlo con mi hacha. Asesté el hachazo en su hilarante rostro, que estalló en forma de humera verdosa.

Me di la vuelta y anduve con paso tembloroso hacia mis compañeros hasta caer de rodillas ante ellos. Creo que Grimnioz estuvo a punto de emitir algún comentario muy juicioso, pero Heinrich dio a entender que lo que había ocurrido estaba más allá de mi comprensión y que no me sintiera “tan” culpable conmigo mismo. Me levanté y recogí el cadáver del muchacho con intención de regresar su cuerpo a la aldea que lo vio nacer. Durante el camino de vuelta no dejaba de pensar en que tal vez, si hubiese reaccionado a tiempo... pero ya daba igual. Llevé al muchacho hacia la aldea y siguiendo el consejo de Heinrich, lo enterré oculto tras una colina. No era buena idea desmoralizar a la gente antes de una guerra con noticias funestas. Ya tendría tiempo de decirles a sus padres que ya no volverían a ver a su hijo una vez todo esto hubiese acabado.

Tras enterrar el cuerpo del muchacho en un lugar apartado del camino regresamos a la aldea. Desde lo alto pudimos ver que varios carros habían llegado a la aldea. Al llegar nos recibieron los aldeanos y nos informaron de que la caravana provenía de Hollenhässen y que eran los escasos supervivientes de una batalla contra los hombres-bestia. De hecho le pidieron a Heinrich que fuese a hablar con Fiona, la hechicera de aquella villa. Heinrich se dirigió a su carro mientras Grimnioz y yo buscamos un lugar donde beber y reposar, respectivamente.

Apenas había pasado una hora cuando me hicieron llamar en nombre de Heinrich. Iba de camino hacia el carro de la hechicera cuando me encontré por el camino con Grimnioz, que por lo que pude comprobar había estado bebiendo todo el rato. Este hecho me hubiese resultado normal de no haber sido porque el enano mostraba el mismo aspecto que al día siguiente de una jornada entera de borrachera. Me contó de camino que, sorprendentemente solo se había tomado dos jarras de cerveza y que lo habían encontrado desmayado sobre un montón de paja. Sin duda, algo extraño ocurría. Pasamos al interior de la carreta de la hechicera Fiona. Estaba adornada con múltiples frascos, huesos de animales y demás parafernalia que confería a la carreta un aire de misticismo un tanto extraño. La mueca que hizo la anciana al vernos reflejaba una mezcla de incomprensión, pena y asco. Se acercó a nosotros y realizó un breve reconocimiento algo diferente de los que había recibido a manos de médicos titulados.

Aparentemente el estudio que realizó le reveló que ambos estábamos aquejados por la podredumbre de Nurgle. Era algo que sorprendió al enano, pero en mi caso las pistas eran más claras. Me reservé de hacer cualquier comentario al respecto de nuestro encuentro con Heinrich Kemmler, y del modo en el que comencé a padecer tales síntomas. Fiona comenzó a aplicar sobre nosotros un ritual un tanto peculiar, que mezclaba oraciones en un extraño idioma y apliques de ungüentos seguidos de una dolorosa cauterización de las heridas más graves. Tras el ritual hizo llamar a uno de los hombres de Piotr y le recomendó que nos permitieran pasar un día de reposo en una cabaña aislada del resto para evitar el riesgo de contagio.

Habíamos dejado nuestros pertrechos con Heinrich y nos proporcionaron unas nuevas vestimentas, ya que las nuestras fueron quemadas. Resultó un tanto extraño el modo de actuar de Heinrich; tan atento con nosotros, preocupado por que pudiésemos descansar sin distracciones e interesado por cuidar de nuestras posesiones... tal vez me estaba volviendo paranoico, pues aquella noche llegué incluso a soñar con el mago. No recuerdo bien la situación del sueño; tan solo le recuerdo dando vueltas alrededor de una mesa como si examinase algo que hubiera sobre ella, farfullando, preguntando al aire por “su secreto escrito” y concluyendo con la palabra “enanos” de forma desolada.



-Día 2

Al día siguiente, Grimnioz y yo no salimos de la cabaña que nos habían preparado. Pasamos la totalidad del día en reposo, entre cabezada y cabezada. Heinrich alivió el aburrimiento que sufríamos pasando muy de vez en cuando para vernos y contarnos cómo se desarrollaba la jornada. Al parecer había organizado una expedición a las cuevas con la intención de rescatar el cuerpo del ogro-dragón que habíamos dejado allá. Si la imagen de una cabeza clavada en un poste infundía cuanto menos un ligero respeto, la idea de un ogro-dragón muerto y empalado en estacas a las puertas de la aldea mermaría haría que muchos se orinaran encima. Varios hombres dedicaron el día entero a arrastrar el cadáver del monstruo hasta la aldea, mientras otros reconstruían la puerta de la aldea y la preparaban para poner a su lado el curioso trofeo.

-Día 3

Tras un día de reposo Grimnioz y yo nos encontrábamos mucho mejor. Sin embargo, Heinrich volvió a pedir prestados sus servicios a Fiona, la cual aceptó gustosa. Nos preparó una pócima que dejaba en el paladar un regusto muy particular. El efecto de la misma tardó poco en manifestarse y tanto el enano como yo terminamos de restablecernos por completo. Una vez nos encontramos en plena forma era hora de terminar los preparativos para la batalla.

Cada uno de nosotros dedicó el resto de la mañana a tareas distintas. Heinrich dio instrucciones a varios hombres para que preparasen trampas de foso ocultas en el camino de acceso a la aldea y se retiró a la caravana de Fiona. Grimnioz pasó varias horas aleccionando a los lanceros y alabarderos con técnicas de combate y defensa que los hombres no acababan de comprender. Sin embargo, hizo un buen trabajo modificando su estilo de combate enano a las fuerzas humanas de que disponía. Por mi parte hice que los arqueros más jóvenes e inexpertos se pasaran el día practicando, mientras que yo junto con los más veteranos estuvimos preparando más flechas y aderezando las que ya teníamos con el veneno que encontré en las cuevas.

Por la tarde, Heinrich creyó conveniente realizar una última expedición a las cuevas. De modo que dejamos instrucciones a los hombres y nos dirigimos una vez más montaña arriba en dirección a las cuevas. Una vez allí decidimos que simplemente haríamos una labor expeditiva. No podíamos arriesgarnos demasiado a volver a ser heridos el día anterior a una batalla tan importante. Esta vez decidimos explorar los otros túneles con mayor cautela.

Los dos túneles más pequeños que no habíamos investigado revelaron un total de tres ogros-dragón, dormidos al igual que el primero que nos encontramos días atrás. Sin embargo, el túnel restante, más grande que los anteriores, ocultaba una bestia mucho mayor. Según Heinrich se trataba de un shaggot, algo parecido a los otros ogros-dragón pero de aspecto más aterrador si cabía que los de sus hermanos pequeños.

Heinrich consideró que ya era suficiente. Procuramos no despertar a los monstruos e imploramos a los dioses que permaneciesen dormidos por lo menos un día más; el día en que un ejército de hombres-bestia nos atacaría con una ira salvaje. Al salir de la cueva observamos nubes negras comenzando a formarse sin motivo aparente sobre nuestras cabezas. Si la tormenta estallaba era posible que alguno de los truenos despertase a los monstruos. Heinrich maldijo al chamán hombre-bestia, que sin duda tenía algo que ver con todo esto. Regresamos a la aldea para informar a Piotr de lo que habíamos encontrado y nos retiramos con la esperanza de poder conciliar el sueño antes de la batalla.


viernes, 23 de agosto de 2013

Logro desbloqueado: Heinrich Ritcher


Va llegando el momento de ir dando una pequeña recompensa a los seguidores de Aventuras por el Viejo Mundo (¡esperamos que os guste!). La razón de esta historia es la de hacer unos personajes propios, con un trasfondo elaborado y una historia que lo acompañe. Hoy os presento las reglas de quienes son los protagonistas de Aventuras por el Viejo Mundo. Voy a empezar por Heinrich Ritcher, el Hierofante de nuestro trío mercena* digooo errante, trío errante.

Heinrich Ritcher recibió su instrucción como mago en el Colegio Luminoso de Altdorf. Sus padres, un esforzado herrero y una humilde costurera vieron como un regalo de Sigmar que un noble lo requiriera para trabajar como sirviente en su caserón; o eso fue lo que a ellos les dijeron. Se rumorea que pese a mostrar ser un alumno muy capacitado para las dotes arcanas, fue el estudiante de su promoción que más dificultades presentó a la hora de superar ciertas pruebas referentes a las inclinaciones éticas y morales, cuyas bases son las más severas de los ocho colegios. No es que no se tratara de un muchacho de virtudes intachables, pero no tan intachables como las del resto de sus compañeros. La predisposición al estudio y el interés inusitado que mostraba el joven aprendiz de mago a la hora de expresar sus dudas a sus profesores hacía que de vez en cuando lanzase al aire una pregunta indiscreta que pudiera dar lugar a revelar ciertas verdades incómodas. A pesar de esa "actitud rebelde", Heinrich logró que sus tutores lo reconocieran como iniciado en las dotes arcanas.

Fue entonces cuando decidió salir a conocer el Viejo Mundo por experiencia propia, en vez de continuar sus estudios en Colegio Luminoso. Intuía que no adquiriría toda la sabiduría necesaria para llegar a ser un gran mago, pese a tener a su alcance todo el conocimiento que las bibliotecas de su colegio le podían ofrecer. Recogió sus pertrechos, preparó una ruta provisional, y tras aparecer en las calles de Alldorf a través del muro de ilusión que protege el colegio, se fundió con la multitud y emprendió su viaje en dirección a Marienburgo. Esperaba que en una ciudad cosmopolita multiplicaría sus posibilidades de encontrar algo que le llamara la atención. Fue en un tropiezo fortuito en una taberna donde conoció a Carlo Casoli, uno de los informadores de Piero Enzo, tras evitar que unos tipos con mal perder le dieran una paliza por haber perdido su dinero a los dados. Tras invitarle a una bebida caliente y compartir sus vivencias, Heinrich sintió curiosidad sobre su estilo de vida. Por el contrario, Carlo se alegró de que fuese el propio mago quien tuviera interés en unirse a su batallón.

A lo largo de sus aventuras, ha convivido y compartido experiencias con gentes de todas las índoles y casi, casi todas las razas; a veces por devoción o curiosidad, y otras por obligación o la necesidad de salvar su vida y la de quienes le rodeaban. Durante sus múltiples viajes y empresas ha llegado incluso a "codearse" con personajes ilustres como Heimrich Kemmler, Egrim Van Horstmann, Thorgrim Custodio de Agravios...

Drawn by Niño Borracho xD




M
HA
HP
F
R
H
I
A
L
Heinrich Ritcher
4
3
4
2
5
3
4
1
9


Coste: 240 Puntos

Tipo de unidad: infantería

Armas: Arma de mano, Pistola enana (F4, +1 a las tiradas a impactar)

Equipo: Bastón de Absorción de Luz (+1 a las tiradas a canalizar).

Magia: Heinrich Ritcher es un hechicero de nivel 4 y puede escoger sus hechizos de la lista del Saber de la Luz.

Reglas especiales: Errante, Autodidacta.

Errante: Heinrich Ritcher puede ser elegido como opción de aliado mercenario por los ejércitos de alineamiento bueno y neutral. El coste en puntos de Heinrich Ritcher debe contarse para el porcentaje de Comandantes. No puede ser el general del ejército.

Autodidacta: las vivencias Heinrich lo han convertido en una persona de mente abierta, dentro de lo que cabría esperar de un Hierofante. Heinrich Ritcher tiene un hechizo adicional que puede ser de cualquiera de los ocho saberes de la magia. El saber es a elección del jugador y se seleccionará el hechizo de manera habitual.

jueves, 22 de agosto de 2013

Aventuras por el Viejo Mundo (capítulo siete)


Séptima Entrada
Cazadores cazados


Nuestro camino a través de la Garganta de la Roca Negra nos había hecho llegar a las puertas de la parte superior de las montañas. Abandonamos el hogar de los enanos con renovadas energías y con los ánimos listos para enfrentarnos a las penalidades del camino. La travesía hacia lo alto de las montañas comenzó a tornarse blanca por la nieve y el camino, aunque transitable, se hacía costoso.



Pasamos cinco días de viaje por las montañas sin percances. Aquella noche habíamos acampado bajo el cobijo de un saliente de roca en una zona próxima al camino cuando empezamos a escuchar una ronca y tosca melodía. Conforme se iba acercando a nosotros escuchaba que la canción hablaba del sabor de las razas del viejo mundo. Bajo la luz de Mannslieb aparecieron las siluetas de seis ogros que arrastraban un carro de prisioneros. El desafortunado final que seguro iban a padecer desafortunados prisioneros de los ogros nos animó a librar al mundo de aquellos carnívoros maleantes. Sin perder mucho tiempo me adelanté a los ogros por la ladera de la montaña y coloqué una de mis trampas en el camino oculta bajo la nieve. Regresé junto con mis compañeros, que habían seguido mis pasos hasta una zona oculta. Por desgracia los ogros pasaron junto a la trampa sin pisarla, de modo que tuvimos que idear un nuevo plan para distraerlos.



Heinrich y yo nos adelantamos a los ogros nuevamente mientras Grimnioz vigilaba nuestra retaguardia. Llegamos a la parte trasera de un montículo a varios metros del camino. Comencé a imitar los sonidos de un rumiante con la esperanza de atraer la atención de alguno de ellos. Supe que el reclamo obtuvo el efecto deseado cuando Grimnioz desde la distancia nos avisó de que uno de los ogros se dirigía a nosotros. Cuando el ogro estuvo lo bastante cerca Heinrich le lanzó un hechizo que hizo que el ogro casi me cayese encima mientras roncaba. Aproveché la ocasión para rebanarle la garganta de un tajo con el cuchillo. Por fortuna sus compañeros no le habían esperado mientras se aventuraba a cazar cabras y habían continuado su marcha.

Una vez pasado el peligro hicimos señas a Grimnioz para que siguiese a los ogros desde la retaguardia. Mientras tanto Heinrich y yo atajamos por la ladera nevada hasta que encontramos una cueva que, muy probablemente, le sirviera de cobijo a los ogros. Por desgracia los ogros llegarían en poco tiempo de modo que Heinrich y yo nos apresuramos a buscar posiciones desde las cuales nos fuese fácil tenderles una emboscada. Heinrich utilizó sus artes mágicas para conjurar un hechizo que le permitió volar hasta una posición elevada sobre la cueva. Yo, que soy un ser humano más
corriente, me tuve que conformar con refugiarme tras unos arbustos que se encontraban al lado mismo de la entrada a la cueva y apuntar al blanco con más posibilidades de ser abatido.

Los ogros se aproximaban a la cueva y si no hacíamos algo pronto sería el final de los ocupantes del carromato enrejado. Heinrich fue el primero en lanzar un ataque mágico a uno de los ogros cuando se hallaban en el punto intermedio entre Grimnioz y nosotros. Acto seguido, Grimnioz ocupó una posición en la retaguardia para disparar su pistola al mismo tiempo que yo. Era de esperar que ambos escogiésemos el mismo objetivo que Heinrich, pues parte de nuestro adiestramiento en las filas enanas consistía en elegir bien los objetivos. Nuestro ataque dejó muy debilitado al ogro. Los otros cuatro restantes se sobreponían a la sorpresa del ataque y rápidamente soltaron las cuerdas atadas al carro para sacar sus armas y prepararse para el combate.

El grupo ogro se dividió para atacar los tres puntos por los que estaba siendo atacado. Dos de los ogros se dirigieron hacia Grimnioz. El ogro herido y otro se encaminaban en una pesada carrera hacia mi posición, mientras que el último de los ogros se frustraba mientras intentaba trepar hasta el saliente al que Heinrich había conseguido llegar utilizando artes arcanas. Yo había cambiado la pistola por el arco, cuya velocidad de recarga no se podía comparar a la del arma de pólvora. Clavaba flechazos certeros en el cuerpo de los otros, pero eso apenas lograba detener su inexorable avance. Heinrich, consciente del peligro que yo corría, lanzó un nuevo ataque mágico hacia el ogro que ya se encontraba herido. Ese ataque, unido al flechazo que me dio tiempo a lanzarle, consiguieron abatir de una vez por todas a la criatura. No era un alivio saber cuánto daño eran capaces de soportar estas criaturas, pero si que lo fue la idea de tener que enfrentarme solo con una de ellas.

Los ogros de la retaguardia llegaron hasta Grimnioz al mismo tiempo que otro de ellos llegaba hasta mi posición. Por suerte para Heinrich, el ogro que le había elegido como objetivo no podía hacer otra cosa que lanzarle improperios mientras era objetivo de los proyectiles mágicos que le lanzaba. Esta ventaja propiciaba a Heinrich tiempo suficiente para mermar las energías de nuestros iracundos adversarios. Por desgracia no podía cubrir a Grimnioz desde la distancia. ¡Bastante tenía con aguantar los garrotazos que me propinaba aquella mole! Solo podía distinguir entre rápidos movimientos al enano bloqueando como podía los garrotes, o en ocasiones rodando por el suelo para
tratar de esquivarlos.

Por suerte vi venir bastantes golpes de cuantos me lanzó el ogro, y siempre que tenía la oportunidad trataba de asestarle los míos. Claro está que cuando el ogro lograba propinarme un solo golpe, bastaba para que saliera despedido varios metros y la cabeza me diera vueltas. Con la ayuda de Heinrich logré abatir a la corpulenta mole que me atacaba. En ese instante pude ver que Grimnioz había hecho caer a uno de sus oponentes, pero estaba malherido y el ogro que quedaba en pie se disponía a asestar a mi compañero el golpe definitivo. Antes de que eso pasara le lancé un flechazo y Heinrich le hizo objetivo de sus hechizos. Conseguimos retrasar el ataque del ogro lo suficiente para que Grimnioz lograse esquivar el golpe. Desgraciadamente estos hechos propiciaron que el ogro que antes se hallaba a los pies de Heinrich decidiera olvidarse del mago y correr hacia mí. El ogro logró propinarme un fuerte golpe que a punto estuvo de dejarme sin conocimiento. Heinrich se apresuró a acabar con el ogro que se enfrentaba con Grimnioz. Aún estando malherido, Grimnioz no dudó en acudir en mi auxilio. Yo estaba tirado en el suelo, bloqueando y desviando como podía con mi hacha los garrotazos del ogro que quedaba en pie. La apestosa mole agarro el garrote con ambas manos y se dispuso a aplastar mi cráneo, cuando vi aparecer una sombra entre el arco de sus piernas. La expresión burlona del ogro ante su oponente derrotado se tornó en otra cargada de incredulidad y agonía, para finalmente derrumbarse de espaldas. Ahora podía ver un jadeante Grimnioz, lleno de golpes y cubierto por su propia sangre y la de sus oponentes.



Grimnioz se sentía eufórico tras la batalla. Ni siquiera quiso esperar a que Heinrich liberase a los prisioneros cuando quería explorar el interior de la caverna. Con semejante panorama y mientras Heinrich se ocupaba de abrir los cerrojos del carro me apresuré a seguir a Grimnioz hacia la oscura entrada de piedra. Di alcance a mi maltrecho compañero. Pensé en aconsejarle que fuese cauteloso debido a su estado, pero preferí no molestar al enano herido con algo que seguramente tendría asimilado. Conforme avanzábamos una tenue luz nos hizo mantenernos alerta, además de una voz
ronca que resonaba por la cueva preguntando si le traíamos la cena.

Tras la curva natural que formaba la cueva nos encontramos a una hembra ogro de tamaño descomunal, postrada sobre varias balas de paja. Seguramente sería la madre del corpulento grupo que había estado a punto de despacharnos fuera de la cueva. Con un rápido vistazo observe que las piernas de la madre de los ogros apenas rozaban el suelo, de modo que me coloqué con total tranquilidad al otro extremo de la caverna.

Por otro lado, no sé si Grimnioz había recibido un duro golpe en la cabeza durante el combate anterior, o bien sintió la necesidad de enfrentarse al último de sus orondos oponentes en honroso combate. El caso es que Grimnioz no se lo pensó mucho y se lanzó hacia el monstruoso saco de carne y grasa que retozaba entre paja y heces mientras blandía su martillo sobre su cabeza. Logró propinar a la ogro un fuerte golpe, pero no bastó para dejarla fuera de combate. Comencé a lanzar flechazos al monstruo mientras observaba cómo extendía su mano para agarrar a Grimnioz.



Apenas hubieron transcurrido una veintena de segundos que pasaron ante mis ojos como si todo se hubiese ralentizado a mi alrededor. Mientras lanzaba flechazos al cuerpo de la ogro, observé cómo ésta agarraba a Grimnioz con una sola mano y lo levantó del suelo, dejándolo boca abajo. Mi sentimiento de impotencia crecía. Pude ver al monstruo abriendo sus fauces llenas de romos dientes podridos, y la manera en que tras morder el brazo de Grimnioz, este le quedaba colgando de un hilo. Grimnioz gritaba y se retorcía por el dolor, mientras intentaba molestar con mis flechas a la ogro todo lo posible para que no terminase su cena. Por fortuna para nosotros, Heinrich apareció corriendo en el interior de la cueva, alertado por los gritos. Entre los dos conseguimos por fin acabar con la ogro, pero para cuando eso había ocurrido Grimnioz yacía en suelo, desmayado a causa del dolor y con el brazo colgando de unos pocos tendones.

Poco después aparecieron desde el exterior tres de los cuatro prisioneros que custodiaban los ogros. Uno de ellos acudió rápidamente en auxilio de Grimnioz y comenzó a examinarle. Se trataba de Bongo, un halfling que demostró tener un valor o una locura innata. Tras asegurarse de que la vida de Grimnioz no corría peligro, sacó un pequeño estuche que contenía una serie de elementos quirúrgicos y se dispuso a coser el brazo, que poco le faltó para ser amputado de un mordisco.

Yo, por mi parte, poco más podía hacer. Me limité a recoger la trampa que había colocado y me eché a descansar en el interior de la cueva mientras los recién liberados montaban las guardias como agradecimiento. Mientras conciliaba el sueño intentaba asimilar por qué habíamos corrido un peligro tan innecesario. No digo que no me sintiera bien librando a aquellas personas de su fatal destino, pero lo ocurrido con Grimnioz... supongo que todos realizamos actos impulsivos alguna vez.

Bongo se encontraba exhausto debido a las penurias que habían sufrido él y sus compañeros montaraces, Hans y Klaus. Mucho más que ellos incluso, pues apenas había tenido tiempo para descansar, ya que había pasado buena parte de la noche remendando el brazo de Grimnioz. Fue una gran suerte que hiciese gritar con mis ataques a la ogro en el momento en que mordía el brazo de Grimnioz, pues nuestro compañero habría tenido que buscarse un trabajo como escriba o algo parecido. Incluso peor, pues durante un breve instante llegué a imaginarme a Grimnioz por completo dentro de aquellas enormes y apestosas fauces.

Le agradecimos a Bongo que, además de salvar la vida de nuestro amigo, nos proporcionase vendajes. Nos confesó que el ímpetu que demostró con nuestro compañero se debía no solo a su profesión de médico, sino a que el cuarto miembro de su grupo falleció mientras los transportaban. Mark, el cuarto miembro de su grupo, había sido herido gravemente en un costado cuando fueron capturados. Los ogros le habían quitado sus instrumentos y no hubo nada que pudiese hacer para salvarle la vida.

Algo que me sorprendió de Hans y Klaus fue su habilidad para sacar provecho de cualquier situación. Uno de los montaraces había estado recogiendo las pocas hojas de los arbustos de la zona mientras el otro comenzó a separar partes de la carne de los ogros a machetazo limpio. Al cabo de un rato, mientras que el carnicero se disponía a sazonar y cocinar la carne de ogro que había seleccionado, el otro se dedicó a preparar una improvisada tumba en la que enterrar a su difunto compañero.

Pasamos el resto del día en la cueva mientras disfrutábamos de un merecido descanso. Aprovechamos para recoger las armas que portaban los ogros y equipamos a los montaraces y al propio Bongo. Ellos tenían asuntos que atender en dirección opuesta a la nuestra, pero ambos grupos juramos amistad y guardamos un grato recuerdo de cómo nos habíamos ayudado los unos a los otros.
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